26. Julieta #2
—No sé qué te está ocurriendo: tu Marca está cambiando, y muy deprisa. Esas líneas… Podrías ser una Ardefrío, o una Aeteriana, pero también una Arquitiempo —dice—. Jamás había visto nada similar.
—¿Y los Trasladores? ¿Y la Lectora? ¿El Decano? Alguien sabrá algo. —Mi corazón se acelera, se me entrecorta la respiración.
Netria lo advierte, porque me toma las manos.
—No sé qué está ocurriendo —repite—, pero sé que le juré a tu madre que te protegería.
—¿Mi madre? —Abro los ojos como platos. ¿La misma madre que me dio la espalda en el Primer Paso? ¿La que se negó a verter su sangre y no me ha vuelto a dirigir la palabra?
—Tu madre te quiere, aunque no lo sepas —susurra mi tía—. No quiere que te pase nada malo —añade, con el tono más resoluto—. Por eso tienes que estar alerta y mantenerte alejada de los Montesco. Quédate con tu primo, con la sangre de tu sangre.
—Ellos no son como crees. Sin ellos, la sangre de tu sangre sería un cadáver flotando en una gruta.
Sin ellos, yo sería poco más que un esqueleto acurrucado en el lodo —espeto—.
Sin los Montesco, yo no estaría aquí contigo, así que no me digas que me mantenga lejos de ellos.
No me digas que me mantenga lejos de Romeo.
Netria da un paso atrás y me observa de pies a cabeza como si estuviera frente a una desconocida. Y no estoy segura de que no sea así.
—Tienes dieciséis años, Julieta. No puedes pretender entender una guerra familiar que empezó hace centurios.
—¿Y en cambio tú sí?
Netria guarda silencio por un batimiento.
—No —dice—, pero no lo cuestiono: todo forma parte del diseño de Alyaster, como todas las cosas que suceden en Edén.
—¿Incluso lo que me está sucediendo a mí?
—La diosa camina entre nosotros, encarnada en la Lectora.
Si Alyaster te quisiera junto a ella, en lugar de viva, no te habría hecho nacer.
—Netria desvía la mirada y la fija en la piedra de la chimenea—.
No es de la diosa de quien debes preocuparte, Julieta, sino de los Edenitas.
Harían cualquier cosa para ganar esta guerra: si descubrieran que eres diferente…
No lo puedes permitir. ¿Estás usando la esfera? ¿Funciona?
—A veces. Me tranquiliza, pero no consigo averiguar para qué sirve en realidad… ¿Qué es?
—Tu madre quería que la tuvieras.
—¿Así que lo sabía? ¿Por qué no me la dio ella? —Alzo el tono, involuntariamente. Se me quiebra la voz.
Netria lanza una mirada a la puerta. Su Marca brilla débilmente mientras comprendo que está atenuando los sonidos de modo que nadie pueda oírnos.
—Tenía que ser un secreto para todos —dice—. Es importante que la uses, que la comprendas… Dijo que solo tú puedes hacerlo.
Bajo la mirada.
—He venido aquí porque creía que me ibas a dar respuestas, tía, y en cambio no me estás diciendo nada.
—Porque todo lo que sé ya te lo he dicho, Julieta. Todo cuanto puedo hacer, ahora, es protegerte.
Con un movimiento rápido de los ojos hacia abajo, desvía la mirada.
Pero antes de que pueda preguntarle si lo que me ha dicho es cierto, vuelve a tomarme las manos.
Quisiera escabullirme, todo me parece una tomadura de pelo, quisiera gritar que no necesito protección, que no puede ofrecerme nada, que por lo que a mí concierne la esfera puede romperse en mil pedazos y la bestia en mi interior puede rugir y arrasarlo todo.
Porque la rabia y la furia que la animan me dan miedo, sin duda, pero son emociones directas, sinceras.
No se esconden detrás de mentiras y medias verdades.
Pero sé que no es exactamente así: mi tía tiene razón. No tengo ninguna intención de acabar descuartizada como Sansón, despedazada para entender qué hay de diferente en mí, así que la dejo hacer.
Su Marca de Aeteriana brilla con tal intensidad que parece que dentro de la habitación estemos a pleno día.
Una luz fría e invernal que hace que todas las cosas parezcan de hielo.
Coloca la palma de su mano en mi cuello y cierra los ojos.
De sus labios sale un lamento susurrado, y veo cómo envejece frente a mí.
Se le hunden los ojos, dos arrugas se le esculpen desde la nariz hasta los lados de la boca y se le esclarece el pelo mientras pequeñas marcas de un marrón claro le aparecen en la frente.
Veo cómo sacrifica decenios por mí y me avergüenzo de casi haber preferido a la bestia.
—Tía… —digo. Me llevo los dedos a la Marca: las cicatrices se han desvanecido.
—Eso es —responde, con la voz ronca—. Ahora ningún Aeteriano menos poderoso que yo podrá ver la verdad.
Netria se aparta de mí y cojea hasta la chimenea.
Sus manos buscan el calor de la piedra. Luego se vuelve hacia la Rápida tumbada en el diván.
La aferra por el cuello y la levanta. Abro la boca para decir algo; hay una violencia en su gesto que solo he visto durante el banquete.
Con la otra mano, le arranca el bozal y la besa.
La besa y se nutre, y el cabello de la Rápida se vuelve ralo y blanco y se cae. Su piel se tensa sobre los huesos, cada vez más rígida, como pergamino, y mientras mi tía recobra fuerzas y la vejez la abandona, ella se convierte en polvo delante de mis ojos.
Es ella, no mi tía, la que se ha sacrificado por mí.
—Era su destino… Y de este modo nadie sabrá jamás que has estado aquí —dice Netria cuando intercepta mi mirada—. Recuerda: mi Pertenencia cela la verdad, pero no la hace menos real. No pierdas el control, Julieta.