Romeo y Julieta Untold: La última congregación 26. Julieta
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26. Julieta

Julieta

En el claustro, todos descansan en sus habitaciones o bien se relajan en las pilas.

Todos salvo yo.

Después de lo que me ha dicho mi tía, el latido de mi corazón no se ha apaciguado, ni cuando nos hemos nutrido, ni durante la refriega, ni cuando me he peleado a puñetazos, ni cuando estaba en el agua, con los ojos cerrados, y notaba la mirada de Romeo sobre mí.

Incluso ahora que estoy en mi habitación y debería solo descansar antes del inicio de los entrenamientos, no lo consigo, y no porque esta habitación sea minúscula y debería habérsela dejado a Terencio y quedarme con la que cuenta con balcón.

No.

Porque no entiendo lo que he visto.

Camino de un lado a otro y vuelvo al espejo plateado que hay encima del tocador. Entorno los ojos mientras me inclino y la veo de nuevo: es a lo que aludía mi tía en la Arena.

Parece una cicatriz, solo que de un tono más claro que mi piel, y sin embargo sé que no lo es. Ninguna cicatriz puede ser tan regular. Líneas rectas que se cruzan, formas geométricas que se superponen y rozan mi círculo de Arquitiempo.

Todos hemos oído hablar de las Marcas indecisas, pero no recuerdo que nadie jamás haya desarrollado más de una Pertenencia, y llego a preguntarme si algo salió mal en mi Primer Paso, si yo también corro el riesgo de transformarme en Selfiera como hubiera podido sucederle a Folco.

Vuelvo a evocar los sucesos de la noche anterior a la Congregación y a lo que sentí en la Arena mientras descuartizaban el cuerpo de Sansón.

No sé qué me está ocurriendo, pero esta noche obtendré mis respuestas.

Dejo transcurrir algunos esimios tratando de calmarme, porque no me puedo permitir errores.

Doy vueltas a la esfera entre los dedos, hago deslizar las secciones que dividen su superficie y oigo el clic cuando parece que han encontrado la posición adecuada, pero luego enseguida vuelven a deslizarse.

Es un juego de niños, una manera de ganar tiempo sin pensar en nada más, pero funciona.

Cuando me siento preparada, vuelvo a guardarme la esfera en un bolsillo del uniforme y abandono mi habitación andando de puntillas.

Espero no toparme con nadie, pero vislumbro a Baltasar sentado en una esquina, y me pregunto si se ha quedado ahí desde que estalló la riña.

Debería detenerme para consolarlo y hacerle entender que es normal tener miedo y sentirse débil, pero no puedo.

Ahora no. Hago una respiración profunda cuando desciendo los peldaños que me llevarán fuera de nuestros aposentos.

Él por un batimiento alza la mirada hacia mi dirección.

Esbozo una sonrisa, pero es como si ni siquiera me viera.

Me pica un poco el cuello mientras de golpe noto que un nuevo cansancio me cae encima.

Aguanto la respiración por el estupor: es como cuando quería esconderme de Laurela y Florencia.

Es la Pertenencia, más fuerte aquí en la Academia.

Y yo todavía no he recibido el entrenamiento.

¿Qué ocurriría si no lograra detenerme? ¿Me consumiría hasta convertirme en polvo, como un Rápido de quien alguien se ha nutrido demasiado?

Dejo atrás nuestro claustro mientras la campana de la que ha hablado Netria repica y anuncia el toque de queda y, por un batimiento, me parece percibir una vibración, ligera y oculta pero presente, y no sé de dónde proviene.

Me giro, esperando ver quién sabe qué, pero lo único que hay es el portal de nuestros aposentos.

Sellado ahora. Debo apresurarme: si me encuentran merodeando, me imagino que el castigo no será leve.

Me adentro en el dédalo de claustros y pasillos en busca de las escaleras que conducen a la cuarta planta, donde se encuentran los aposentos de los Altos Maestros.

Con las plantas trepadoras y los parterres, me resulta fácil fingir que estoy en mi jardín.

Me imagino que sigo sus setos laberínticos y me da la impresión de que, haciéndolo así, mis pasos son más sigilosos, como si la antigua piedra sobre la que ando quisiera ayudarme a esconderme.

Cuando alcanzo el portal que conduce a las plantas superiores, en concreto al cuarto piso, donde mi tía ha dicho que se encuentran los aposentos de los Atadores, está cerrado a cal y canto.

Me percato apenas bajo la mirada y veo una barra de piedra a la altura del suelo.

Es tan gruesa como mi pierna e impide que el portón se abra.

Debe de haber otra igual al otro lado, entiendo cuando intento darle un empujoncito.

Solo los Altos Maestros y sus servidores pueden acceder.

Y yo, pienso mientras saco el anillo que me pasó mi tía en la Arena. Busco un símbolo y lo encuentro en una columna situada al lado del portal, un pequeño triángulo grabado a la altura de la barra. Al pasar el anillo por delante, la piedra se retira en el suelo.

Al fin libre, el portal se abre al tocarlo. Aguzo el oído para comprobar si hay alguien acercándose y, cuando estoy segura de estar sola, cruzo el umbral. A pocos pasos, alcanzo las escaleras que llevan a las plantas superiores.

Los peldaños pulidos por miles de pies a lo largo de decenas de centurios reflejan las luces de las esferas aeterianas con la misma claridad que un estanque mientras los asciendo en silencio.

A cada paso, el corazón me retumba en el pecho y me siento como una Rápida que entra en una catedral por primera vez.

En este lugar, la presencia de Alyaster permea cualquier cosa, y es como si la pudiera notar en cada piedra y en cada planta que trepa por las paredes de los claustros que cruzo, uno tras otro, y en cada mariposa que se apoya en las gárgolas y sobre las canaletas como si fuera pleno día.

Oigo pasos de Rápidos arrancados del sueño en nombre de sus mansiones, pero sé que están lejos, y cada vez que oigo que se acercan, espero y me escondo y los evito hasta que estoy segura de volver a estar sola.

Paso por debajo de un arco que marca la frontera entre un claustro poblado de arces de hojas rojas, replicados hasta el infinito en los frescos que adornan las paredes, y por otro pasillo.

Ahí, me pego contra la pared al percatarme de que dos Rápidas vienen a toda prisa en mi dirección, cargando sacos de yute sobre los hombros, pero no parecen pesados.

Aguardo a la sombra de una alcoba cuando me pasan por delante, porque ellas también caminan hacia las escaleras que llevan a lo alto.

Logro captar solo algunos de sus gestos; creo que hablan de comida, pero no estoy segura.

Espero a que estén a bastante distancia y luego les voy detrás en silencio.

Cuando llego al cuarto piso, ya las he perdido de vista y sus pasos se desvanecen en la lejanía seguidos de un ruido de piedra sobre piedra que me provoca un escalofrío. Demasiado similar al chirrido continuo que oíamos en la gruta, inmersos en el agua y en la luz.

Me tranquilizo solo cuando llego frente a una puerta de roble, decorada con un bajo relieve que retrata rosas enrollándose alrededor de círculos de Aeterianos.

A la madera todavía la recorren gotas de savia que se deslizan y, cerca de los goznes, logro distinguir dos tímidas hojas que brotan de una entalladura, junto a una minúscula bellota.

Una puerta eternamente viva, un prodigio de los Arquitiempos.

La puerta que conduce a las estancias de mi tía.

Miro a mi alrededor, no hay nadie. Tamborileo flojito con los dedos cerca de la aldaba, también de la misma madera que la puerta, y esta se abre.

Nada más entrar, Netria se alza del sillón forrado de seda azul en el que estaba sentada.

—¿Te ha seguido alguien? —me pregunta.

Niego con la cabeza.

—Bien.

Cierro la puerta a mi espalda y echo un vistazo alrededor.

La habitación no es muy distinta de las nuestras.

Tapices en las paredes, una gran mesa de piedra que parece surgir directamente del pavimento y un diván, cerca de una chimenea donde no resplandecen llamas: en su interior, una pequeña pirámide de piedra incandescente difunde el propio calor sin la posibilidad de provocar incendios, impregnada del poder de los Ardefríos.

En el diván hay una Rápida tumbada, con el bozal de cuero aflojado, que revela las profundas arrugas que le surcan el rostro.

Sus ojos acuosos están perdidos en los pocos recuerdos que le quedan.

Netria debe de haberse percatado de que me he quedado mirándola, porque la señala con la cabeza.

—Esconder un secreto propio corriendo el riesgo de que sea revelado tiene un precio muy alto, también aquí —dice en tono distante.

Aprieto los labios.

—Has sido tú la que ha impedido que los demás vieran lo que me estaba ocurriendo en la Arena. Por eso nadie se ha dado cuenta de nada. Es culpa mía.

—Los Rápidos que viven aquí saben lo que les espera, y de todos modos su vida es más digna de la que podrían tener en el exterior de estas paredes —continúa Netria, buscando un tono más comprensivo.

Evoco a la mujer que vendió a los perros para que los mataran aquella noche. Su casucha de madera, y el barro y el frío. Pero también evoco esos gritos y carcajadas que oí merodeando por Verona. ¿De veras una vida sacrificada para la salvación del mundo puede ser mejor que una vida en libertad?

Netria se acerca; para ella, el asunto está zanjado. Me alza la melena para ver mejor la Marca, aunque no sería indispensable: no ha crecido mucho estos días. Creo que lo hace más que nada para hacerme sentir el peso de mi gesto: haber ido contra las Tradiciones de los Capuleto.

La oigo refunfuñar mientras pasa los dedos por las cicatrices.

—¿Qué has hecho?

Me giro bruscamente hacia ella.

—¿Qué he hecho? —repito, recalcando las palabras—. Nada. Solo lo que tú y los demás nos habéis obligado a hacer: ¡sobrevivir! —La miro a los ojos y tengo el impulso de morderme el labio, pero me contengo—. Creía que me ibas a dar respuestas —digo a regañadientes.

Netria niega con la cabeza, despacio, culpable.

—Me dijiste que en la Academia lo entendería todo.