Romeo y Julieta Untold: La última congregación 25. Romeo #4
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25. Romeo #4

Un aguijón se me clava en la carne. No es un recuerdo, sucede ahora.

Me aparto de golpe de sus labios. Ella suelta mi brazo.

El aguijonazo provenía de su anillo. Un método eficaz para interrumpir la conexión.

Sus ojos no se apartan de los míos. Es fácil intuir su petición.

Asiento. Mantendré la boca cerrada. Ella se vuelve a poner el bozal y se va, pero antes de abandonarme deposita en mi mano un pequeño anillo de latón.

Cierro el puño para que los demás no lo vean.

Detrás de mí percibo el chismorreo de todos.

Están sorprendidos de lo que ha ocurrido, pero al mismo tiempo aliviados de que esta vez el «banquete» no haya sido doloroso.

Yo estoy plantado como una estaca en la tierra.

—Amigo, creía que la estabas devorando. —Terencio me pone la mano en el hombro—. ¡Una sensación increíble! No quisiera decirlo, pero es casi mejor que el sexo. —Se me acerca y me susurra al oído—: Bueno, ha sido fantástico… Debo decir que me ha abierto otro tipo de apetito.

Me giro hacia él, que malinterpreta mi mirada: cree que estoy trastornado por lo que me está diciendo.

Alza las manos.

—Pero no quiero morir, así que no quiero ver ninguna preocupación en tus ojos. Desahogaré mis bajos instintos en otra parte. —Veo cómo se aleja dando saltitos en dirección a la Valfiero.

Pero en este momento no me importa nada ni nadie. Solo un pensamiento se repite una y otra vez como una oración en mi cabeza: sé dónde se encuentra Rosalina.

Aguardo a la noche.

Cuando estoy solo en mi habitación, abro la ventana.

Maldita sea. Estamos demasiado arriba y la pared es lisa como si alguien la puliera todos los días.

Corro el riesgo de caerme. Si ya fuera un Extrema Sangre probablemente me las apañaría con alguna que otra magulladura, pero mi cuerpo todavía no ha cambiado, y un salto así es de locos.

Sin embargo, estos últimos días, la locura ha sido mi mejor amiga.

Entro en la habitación de Terencio sin llamar a la puerta. Y me arrepiento. Mi gigante amigo está fuera en el balcón mostrando las estrellas a la Valfiero.

Ya sabía del interés de mi amigo por Laurela, pero verlos juntos, abrazados mientras Terencio finge ser astrónomo…, bueno, me arranca una carcajada que reprimo a duras penas.

Ellos advierten mi presencia solo cuando empiezo a bajar por la glicina que ha crecido en la pared.

Sus ramas son gruesas y robustas y sirven perfectamente para mi objetivo.

Los saludo con un gesto de la cabeza e inicio el descenso.

Cada paso me acerca a Rosalina. Más de una vez me escondo para evitar que me pillen.

Nos han dicho que no salgamos. Nadie vigila, pero no está dicho que no nos estén observando: aquí en la Academia las excusas para matarte son como las cerezas…

una lleva a otra. Al fin llego al claustro de las mariposas.

Hay tantas y son tan bonitas que por un batimiento me olvido de dónde estoy, de por qué estoy aquí. Y ese batimiento lo pago caro.

—¡Romeo! —La voz de la Alta Maestra de los Trasladores me hace volverme.

No lleva la máscara y veo su rostro espeluznantemente desfigurado.

Debo recurrir a todo mi autocontrol para no estremecerme.

La mitad de su rostro está repleta de cicatrices.

La otra mitad todavía es hermosa. Perfecta.

A pesar de mi torpe intento de disfrazar mi incomodidad, ella se percata.

Sonríe. Solo se le mueve una parte de la boca, la otra ya no tiene labios. Solo se le ven las encías.

—La Pertenencia escoge dónde golpear. Jamás toca una mitad de mi rostro.

Tal vez para recordarme cómo era. No sé si es un regalo o una maldición.

—Me mira con severidad—. ¿Sabes qué te ocurrirá si te encuentran aquí?

Vuelve de inmediato a tus aposentos. —Alarga una mano—.

Dame el anillo. No te pediré que me digas quién te lo ha dado ni a dónde te diriges, aunque teniendo en cuenta que estabas a punto de adentrarte en los pasillos reservados a la Lectora y a sus Vestales, no me cuesta mucho imaginármelo.

Le tiendo el anillo, soy un niño caprichoso que ha robado algo prohibido. Ella se acerca.

—Rosalina es una Vestal. Olvídala. Sufrirás menos.

—Por favor —digo mirando el anillo. Pero ella se lo guarda en el bolsillo.

—Te he salvado la vida dos veces esta noche. —Se gira y avanza entre las mariposas hasta que desaparece de mi vista.

Me maldigo por haber perdido el tiempo, por haber sido sorprendido. Pero no me doy por vencido. Mañana lo volveré a intentar. Solo tengo que encontrar un anillo impregnado de los Graves. Fácil, ¿no?

Un ruido de pasos. Me escondo detrás de una columna justo a tiempo, por los pelos, con el corazón a mil esperando que no sean Ensiferios.

No lo son. Es Julieta. Merodea, cautelosa.

A pesar de que está prohibido, somos muchos los que arriesgamos la vida.

Me pregunto qué es lo que la empuja a ella a hacerlo.

Por un batimiento estoy tentado de seguirla.

Querría saber a dónde se dirige la Capuleto, pero el sentido común prevalece y regreso a mis aposentos, con la sensación de que no volveré a ver a Rosalina tan fácilmente.