Romeo y Julieta Untold: La última congregación 25. Romeo #3
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25. Romeo #3

Los Rápidos que nos han servido han regresado a la sala, en silencio.

Cada uno se coloca frente a un Iniciado.

Selina está de pie frente a Terencio y él traslada el peso de un pie al otro más de una vez.

Raras veces lo he visto nervioso. El Rápido que debería quitarme el hambre debe de tener mi edad.

Después de que me haya saciado, ¿cuántos solasterios mostrará su rostro?

Estoy a punto de juntar mis labios con los suyos cuando una mujer joven le toca el hombro.

Él está un poco sorprendido y empieza a comunicarse con ella en su extraña lengua.

Parece contrariado, pero la joven recién llegada está muy resuelta a obtener algo de él.

Al fin se rinde y le cede el puesto delante de mí.

Su rostro me resulta familiar, pero no logro desentrañar dónde lo he visto, a pesar de que ella parece conocerme, por cómo me mira.

Me quería a mí. Desconozco el motivo. Y no me importa.

Mi garganta se abre, deseosa.

Ella se quita el bozal.

Me aprieta la muñeca con la mano y luego me besa en la boca.

Y yo como.

No noto nada. Ningún dolor. Ningún recuerdo. Ninguna emoción.

Las imágenes que me llegan son las de unos cincuenta divanes que los Rápidos llaman camas dispuestos uno al lado del otro. En ellos, nuestros servidores descansan.

No quieren dejarnos recuerdos ni emociones, solo quitarnos el hambre.

Funciona. Mi hambre se aplaca.

La visión continúa. En la gran sala donde todos parecen dormir, entra una Alta Maestra. Tiene la piel del color del ébano oscuro y el pelo blanco rizado muy corto. Es casi tan alta como Terencio y, como a él, sus músculos revolotean cuando aplaude.

—Despertad —vocea. Todos abren los ojos.

Luego parece que me mira.

—Ahora deja de comer —grita.

Instintivamente, echo la cabeza hacia atrás, pero la Rápida presiona fuerte sus labios en mi boca.

No me suelta. Y los recuerdos empiezan a fluir de nuevo, solo que ya no está tumbada en una cama.

La veo caminando por la Academia. Está a oscuras.

Noto su preocupación, que se convierte en la mía.

A menudo mira atrás. En las esquinas se detiene y se asegura de que no haya nadie al doblarlas.

Sigue alerta mientras pasa de claustro en claustro, tensa pero concentrada.

Son ambientes que nunca he visto. Llega a uno lleno de mariposas; hay tantas que apenas se vislumbra el jardín.

Apoya la mano en una pared y la acaricia despacio, alerta a que alguien la vea.

En la pared hay un pequeño hueco, apoya ahí un anillo del color de la plata y empuja la piedra.

Creo que está impregnado de Pertenencia porque las paredes se mueven abriendo un pequeño pasaje, en el que se escurre.

Ahora está dentro de un largo pasillo estrecho y bajo y se mueve con rapidez.

Es una senda que conoce bien. Cambia de dirección a menudo, doblando a derecha y a izquierda.

A lo largo del camino hay pequeñísimas aspilleras horizontales.

Se detiene para mirar por una. Yo con ella.

Todas las aspilleras dan a los claustros de la Academia.

Increíble. Esta crujía es un pasaje secreto que permite andar por el castillo sin ser visto.

Lo atraviesa casi por entero. Me pregunto a quién sirve.

Tal vez a los Rápidos, pero parece demasiado preocupada para que sea a ellos.

Oye un ruido. Se detiene. Nos pegamos juntos contra la pared, aunque no sé quién vendría aquí.

Al tercer viraje, el pasillo acaba en un callejón sin salida.

La Rápida vuelve a usar el anillo para apartar la pared lo justo para permitirnos el paso.

Estamos fuera de la Academia. Frente a nosotros hay un gran prado que se extiende hacia el valle.

En el centro hay otros muros de piedra, con puertas de madera a unos veinte pasos unas de otras.

Un bosque espeso cubre la parte más al Norte.

Y es allí a donde nos estamos dirigiendo.

Ella camina rápido, siempre mirando atrás.

Es noche cerrada y la mayor parte de la luna sigue descansando, dejando brillar solo su hoz más sutil; y sin embargo, ella se mueve con la seguridad de quien conoce bien el camino aun a oscuras.

En el bosque toca algunos árboles. Con un símbolo arriba.

Cuento diez, con diez símbolos. Y luego se detiene bajo un gran roble.

Mete las manos en la tierra y donde antes no había nada ahora ha aparecido una trampilla.

Está impregnada de Pertenencia Aeteriana: oculta a la vista de quien ignora que está ahí.

Ella la abre con el pequeño anillo y descendemos a través de una escalera excavada en la tierra.

Y descendemos. Y descendemos. Hasta que llegamos a una galería.

Descendemos siempre más abajo. Está oscuro.

La oscuridad la protege, no la asusta. Andamos.

Yo dentro de su recuerdo y ella por la galería.

A cada viraje parece que se gira hacia mí.

Se asegura de que yo memorice el camino.

Llegamos a una sala. Y allí, en el centro, está Rosalina.

—Ven a verme. Te espero aquí esta noche. Date prisa.