25. Romeo #2
—Motivo por el que diría que Mercucio es el más indicado.
En la gruta enseguida ha resuelto lo que debía hacerse.
El plan no era perfecto, pero ha tenido una intuición.
Además, goza del respeto de los Montesco y ha logrado entablar una buena relación con Folco.
Lo que no es moco de pavo. Todos conocen su terrible genio.
—Folco resopla, pero le sigue el juego—.
Con Alena se han hecho inseparables, y hace hablar hasta al príncipe Amleto, que quizá es hasta más callado que yo —continúa Baltasar—.
Por último, es mi primo. De él hay un montón de cosas que no me gustan.
La primera es que es desvergonzadamente guapo.
—Todos nos reímos socarronamente, incluso los Capuleto—.
La segunda es que a veces está un poco como una cabra.
La tercera cosa que se me antoja insoportable es que con la espada es condenadamente hábil, y que ama la poesía y el sexo de manera intercambiable.
Debería haber una diferencia, ¿no? —Mercucio hace una pequeña reverencia, y en la sala las risas continúan—.
Pero es leal. Jamás traicionaría a ninguno de nosotros.
Y no puedo afirmar lo mismo por nadie más de esta sala.
Por un momento se hace el silencio, que Folco rompe alzando el cáliz.
—¡Que así sea! Por nuestro Capitán. —Terencio y Benvolio lo siguen y brindan, pero mi primo me mira a los ojos. Yo asiento y brindo en su dirección. Al cabo de poco, casi todos tenemos el cáliz alzado.
—Por la espada más peligrosa de la Congregación —digo.
—Esperemos no tener que arrepentirnos. —La Valfiero habla con la boca pequeña, pero todos la hemos oído, y ella también alza la copa. Florencia no está brindando. Cuando toma su copa, la arroja contra el suelo. Su desaprobación es más clara que el agua.
Mercucio mira a Teobaldo.
—A mí me da igual —responde el Capuleto encogiéndose de hombros—. Pero disculpa si no brindo por quien se arrastra con los Montesco. —Mientras lo dice se toca la pierna. No ha olvidado la espada que la atravesó.
Florencia se alza bruscamente y choca con Selina. El estruendo de la bandeja que se cae al suelo nos sobresalta. Los vasos y los platos que se hacen añicos contribuyen a aumentar el estrépito.
Florencia se abalanza sobre la Rápida y la coge por el bozal, zarandeándola.
—Eres una inepta. Ni siquiera sirves para sostener una bandeja.
—La mujer tiembla de miedo tanto como la Capuleto de rabia—.
Recoge tu mierda —le ladra, empujándola al suelo.
Selina se pone a recoger los vidrios apresuradamente.
La Capuleto le está encima, ni más ni menos que como un buitre, del que toma su sobrenombre, aunque grazna como una oca.
—Capuleto, déjalo ya. No la tomes con ella si el rencor te corroe —dice Mercucio enrollándose un rizo rubio. De su boca, incluso una orden suena aterciopelada.
—Me ha ensuciado el uniforme —se lamenta, mostrando el vino sobre el cuero.
—En la próxima prueba regresarás mugrienta de nuevo, no hagas un drama —la rebate Mercucio.
Florencia se pone lívida; no le gusta que la desmerezcan, como está sucediendo ahora, en especial frente a una Rápida.
—Recoge tu mierda —le dice, propinándole una patada.
La mujer empieza a hacer gestos con las manos, a toda velocidad. Florencia se irrita todavía más.
—Estate quieta con las manos, ¿qué haces? —le grita a la cara—. Te he dicho que pares.
Pero cuanto más grita ella, más aumenta el ritmo Selina.
—¡Te he dicho que te estés quieta! —sigue chillando.
La coge por el bozal y la levanta. Es demasiado cobarde para desahogar su rabia contra uno de nosotros.
Los demás Rápidos nos miran sin decir ni pío, pero el odio en sus miradas vale más que mil palabras.
No puedo mantener la promesa que le hice a Mercucio.
Habrá una refriega, pero no puedo seguir con la boca cerrada.
—Ahora basta.
Florencia me mira con desdén.
—Montesco, tengo para ti también, si no paras —dice mientras sostiene a la Rápida por el bozal.
Selina llora, Florencia le está haciendo daño. Hago ademán de aferrarla y Teobaldo arremete contra mí.
—A mi hermana ni la roces. —Intenta golpearme, pero yo me agacho y cargo con todas mis fuerzas, lo agarro de la cintura y lo lanzo. Se cae sobre los vidrios. Lo golpeo en toda la cara.
—Déjalo. —Julieta grita y me salta encima. Me agarra del cuello y tira. Me estoy asfixiando. Veo que Benvolio corre en mi auxilio, y nos abalanzamos unos contra otros.
No es una lucha refinada ni elegante. Nos comportamos como niños callejeros, tirándonos por encima incluso comida y vino.
Puñetazos mal dados, patadas al azar. Hasta que vienen a separarnos.
Volvemos a estar sucios y heridos; es verdad que los añicos del suelo no han ayudado.
Folco mantiene a raya a sus hermanos, mientras Alena trata de calmar a Julieta.
Mercucio y Terencio nos frenan a nosotros.
Cuando ven que dejamos de agitarnos, nos sueltan. Florencia se quita comida del pelo.
—Os lo tomáis muy a pecho por una que vale lo mismo que la manzana que te estabas comiendo. Ellos son sirvientes y alimento.
—Mi abuelo me dijo una vez que los Capuleto son como manzanas podridas; aunque les cortes un trozo, el gusano sigue allí. —En realidad dijo justo lo contrario, pero ahora no me sirve el juicio de mi abuelo, sino su rabia.
—Tomarla con los más débiles es de gallinas —dice Benvolio.
—Puede que tengas razón, los Montesco son de lo más débiles.
—Julieta tiene el pelo empapado de vino y le sale un poco de sangre por la nariz.
No sé si por mi culpa o la de mi primo. En cambio, yo no abro un ojo, y no me cabe duda de que el puñetazo me lo ha propinado Julieta—.
No le vuelvas a poner una mano encima a Teobaldo; de lo contrario, también te dejaré el otro ojo negro.
—Jadea por el cansancio y la ira, con la mirada furiosa y los puños cerrados.
Y yo… yo pienso que es preciosa. Maldita sea.
Me lo asestaría yo solito, un puñetazo en la cara. Quisiera saber qué me está ocurriendo.
Me siento a la mesa, nervioso y furioso, más conmigo mismo que con los demás, y bebo un poco de vino de una de las copas que han quedado intactas.
Miro a mi alrededor. Menudo follón hemos armado.
Hay comida por todas partes y vidrios rotos; un asco, y yo necesitaría de nuevo a una Trasladora.
Pero Benvolio se ríe de nuevo y sigue hablando con Terencio.
Ha valido la pena recibir algunos puñetazos.
Selina se acerca a Florencia, moviendo las manos como hacía antes. Florencia se pone en pie de un salto y creo que dentro de nada volveremos a pelearnos. Toda ocasión es buena.
—Te está pidiendo disculpas —dice Amleto, aburrido de todo esto—.
No tienen lengua, se comunican con gestos.
Y te está pidiendo disculpas. Lo está haciendo desde el principio, pero estabas demasiado concentrada en transformarte en bruja para intentar entenderlo.
—Se gira hacia ella y mueve las manos. No sé qué le ha dicho, pero Selina asiente.
—Entonces es cierto. Tienen una lengua propia. ¿Cómo la conoces? —pregunta Terencio, de pronto atento a la conversación.
—En el Norte, cuando vamos a cazar, usamos los signos en lugar de la voz para comunicarnos. Es nuestra segunda lengua; para cazar se requiere silencio. Los signos son los mismos.
Amleto gesticula, Selina responde veloz y luego hace una reverencia y se esconde.
—¿Qué te ha dicho? —pregunta Florencia con su arrogancia habitual.
Amleto no responde, recoge una uva del suelo y se la come andando hacia un diván. Me da un poco de repugnancia, pero Amleto es así, al parecer.
Florencia resopla como un toro; cuando quiere, puede ser una bruja, pero no tiene un pelo de tonta. Fastidiar a Amleto no le conviene.
—Más vale que se mantengan a distancia, con o sin signos —farfulla. Se tumba en un diván y nos da la espalda.
Julieta se vuelve a sumergir en la pila, para quitarse la suciedad de la lucha; yo, en cambio, creo que la voy a soportar: no vuelvo a meterme ahí dentro con ella.
Transcurren algunas cadencias. Afuera el sol se está poniendo y sus reflejos coloran la estancia de naranja.
He vuelto a bañarme y me he quitado la suciedad de la riña.
Solo me ha quedado un gran moratón bajo el ojo.
Lo toco y me duele. Menudos puños tiene Julieta.
No me he vuelto a tumbar, pues no quería correr el riesgo de quedarme dormido.
En esta sala, al menos la mitad me denunciaría sin el menor remordimiento.
Así que soy el primero en ponerme en pie de un salto cuando llega…
… el hambre.
Los demás también han dejado de charlar.
Benvolio está ahí, con el mapa de la Academia entre las manos, mirando a su alrededor.
Nos observamos uno a otros con terror. Mis compañeros han notado la misma hambre y en sus ojos veo idéntica preocupación. La última vez que nos apeteció ese particular tipo de «comida», muchos de nosotros perdimos la cordura y los demás, incluyéndome a mí, sufrimos las penas del infierno.
Pero el Decano dijo la verdad: el deseo no es como la otra vez, es más un apetito, soportable, pero está.