25. Romeo
Romeo
Entramos en el salón con el mal humor todavía encima. Y parece que no somos los únicos que llevamos este traje hecho de nervios.
Mercucio ruge enfurecido mientras, con el torso desnudo, se dirige como una bala hacia la puerta de donde han salido nuestros sanadores. Pero la puerta está cerrada a cal y canto. Da fuertes golpes con los puños contra la madera maciza…
—¡Desgraciados! Volved aquí, putos desgraciados.
Alena Chentacro le va detrás y lo detiene.
—¡Te he dicho que no! Odio cuando no me escuchan, Mercucio.
No entiendo qué está ocurriendo hasta que me doy cuenta de que a ella todavía le falta un ojo. La han curado dejándola en parte ciega.
—Ellos deciden. Y nada podrá hacerles cambiar de idea —dice Alena poniéndose la chaqueta, sin que el hecho de tener una órbita vacía la preocupe.
—Es una injusticia y yo no la tolero —rebate Mercucio, indignado.
—Pero es asunto mío, no tuyo. —El tono de su voz es casi burlón, pero bajo su superficie hay una firmeza a la que Mercucio no puede hacer más que rendirse.
—Somos amigos. También es asunto mío —responde, casi rogando.
—Si eres mi amigo, ayúdame a abrocharme el uniforme y deja ya esta escena de caballero, que es totalmente inútil.
No sacarás nada ni de mí ni de ellos. —Alena se aparta la melena y se gira de espaldas—.
No te disgustes, amigo mío, las cosas importantes son únicas. Ojos tengo dos… o, mejor dicho, tenía.
Mercucio se resigna, lo único que puede hacer es atarle la chaqueta, mal, dado que está entrelazando los cordones de manera totalmente errónea. Creo que son los nervios.
—Deja, ya lo hago yo. —Folco aparta a Mercucio—. La que estás montando con estos cordones.
El otro gruñe algo y se dirige hacia su habitación mientras sigue farfullando.
—¿Puedo? —le pregunta Folco a Alena acercando las manos.
—¡Por la diosa, que alguien me anude esta condenada chaqueta!
Folco se ríe socarronamente y con delicadeza se pone a desanudar los cordones de cuero para volver a atarlos.
Quisiera consolarla, pero la lección sobre la compasión que acabo de recibir me hace guardar silencio. Dejo de clavarle la vista y me acerco a la mesa. Los demás también hacen lo mismo después de que ella haya mirado con cara de malas pulgas a todo el que la estuviera observando.
Por fin podemos sentarnos a comer y a beber, y lo hacemos con voracidad. Me había olvidado de lo rica que era el agua; me apaga la sed de estos días. La comida es deliciosa. Tengo que decir que en la Congregación son tan buenos cocinando como matando.
Nos hemos desperdigado en grupitos, y nosotros, los Montesco y los Capuleto, nos mantenemos a distancia, casi en lados opuestos de la sala.
Mercucio y Folco, en cambio, charlan amablemente sentados sobre cojines, para demostrarnos que podemos acortar distancias.
Limar asperezas. Tender puentes. Pero el agua que corre debajo está hecha de sangre.
Podemos fingir que no está, pero cuando el río se desborde nos enfangará de nuevo con nuestros odios y nuestros rencores.
Alena se sienta en medio de ellos, neutral. Ríen y hablan de nada.
Yo mordisqueo unas uvas blancas mientras escucho a Benvolio, distraído.
Se ha apaciguado respecto a hace un rato y ha vuelto a hacer de estudiante aplicado mostrándonos un plano pequeño del edificio, que ha encontrado en su habitación.
Es realmente inmensa, la Academia. Cuando Amleto nos lo señala, Benvolio emprende un largo discurso sobre la historia de Verona, de los Edenitas y de cómo la Academia ha evolucionado en los solasterios, partiendo justamente de aquella galería por la que anduvimos.
Quizá las riñas y el malhumor de antes sean agua pasada.
Lo escuchamos un poco todos; es obvio que sabe más que nosotros, y queremos estar preparados cuando inicie el próximo tormento.
Terencio zampa con avidez y bebe con idéntica buena gana y de vez en cuando echa un vistazo a Selina mientras ella va de un lado a otro trajinando platos.
En cambio, la Valfiero a menudo posa sus ojos en mi gigantesco amigo, sopesando músculos y otras cosas.
Amleto se limpia las uñas con un cuchillo, lo que me parece bastante repugnante.
Me recuerdo a mí mismo que me fije en dónde deja el cubierto, para evitar cogerlo por error para cortar una manzana.
Mis pensamientos están lejos de cómo nació la Academia o cuándo empezarán las lecciones.
Ya he echado un ojo al mapa y solo están señaladas las aulas.
En cambio, a mí me gustaría saber dónde están alojadas las Vestales.
Un pensamiento que me guardo para mí; de lo contrario, me atarían a una columna.
Necesito reafirmar mis certezas; mi amor por ella siempre ha sido un lugar donde hallar confirmación.
Los Rápidos nos rellenan los cálices, nos retiran los platos vacíos para regresar con otros rebosantes de deliciosos manjares y avivan el fuego en la chimenea cuando hace demasiado frío.
Ningún jueguecito de Pertenencias, solo velas, madera que arde y mantas de pieles repartidas aquí y allá.
La consciencia de tener la Enfermedad hace que me estremezca de vez en cuando, y sufro ligeros sobresaltos que me hacen tomar aire de una sola bocanada.
Me toco el pecho para asegurarme de que el collar esté en su sitio.
Pienso en los Rápidos y en su sueño. Me parece horrible que deban pasar la mitad de sus vidas, ya breves de por sí, inmóviles en un lecho.
Y sin embargo, parece que obtienen un gran placer y que su privación es de veras una tortura. ¿Será así también para mí?
—En tu opinión, Romeo, ¿cuál puede ser? —dice Benvolio devolviéndome a la conversación. Se comporta como si no nos hubiéramos zurrado hace solo unas pocas cadencias.
Tengo cara de quien no ha escuchado nada. Mi primo se da cuenta y su decepción es manifiesta.
—No has escuchado nada de lo que he dicho.
—No, no. Escuchaba.
—Mentiroso.
Sonrío a regañadientes.
—Puede que esta sea la próxima prueba. Quieren ver cuánto logramos engullir. —Terencio muerde un jarrete de cerdo y el aceite le resbala por el mentón. Se limpia con el dorso de la mano.
—En serio. Debemos estar preparados. Razonar. Estudiar.
Benvolio insiste y Mercucio lo apoya.
—Benvolio tiene razón. Tenemos que averiguar cuáles son las mejores características de cada uno de nosotros y sacarles partido la próxima vez. Así no estaremos desprevenidos.
—¿Y quién eres tú para dar órdenes? Lo haces desde que salimos de aquella maldita gruta y me pone de los nervios.
Te comportas como si fueras el jefe aquí.
¿Y si yo no estuviera de acuerdo? —Florencia se cruza de brazos y sus palabras chirrían, como un clavo sobre el hierro.
Su nariz aguileña se frunce para ofrecer lo que sería una expresión de repugnancia.
No puedo decir que sea fea, a pesar de tener los ojos demasiado juntos y la cara chupada.
Pero la malicia la vuelve horrenda. Es fácil de odiar, Florencia; lo sería incluso si no fuera una Capuleto.
—¿Quieres hacerlo tú? Has estado espléndida antes, llorando y ahogándote durante la prueba.
Apuesto a que todos te ven como a una verdadera Capitana.
—Es la primera vez que Baltasar usa ese tono desdeñoso.
Quizá es la primera vez que habla. Durante la elección tampoco ha abierto la boca.
Estaba demasiado exhausto, demasiado herido, demasiado cercano a la muerte.
Ahora que los Trasladores lo han guarecido, vuelve a estar en forma y muestra un lado de su carácter que no me imaginaba.
Como era de esperar, uno de sus brazos sigue siendo más pequeño que el otro.
No se cura a los hijos de quien, desatendiendo las preferencias del Coro, juega con los embarazos.
Él no tiene la culpa, desde luego, pero en nuestra sociedad más que en cualquier otra, las culpas de los padres recaen sobre los hijos.
—Nadie ha pedido tu opinión, tullido —espeta Florencia.
Baltasar hace caso omiso del insulto y la ignora.
Pero bajo su indiferencia yace un dolor antiguo.
Seguramente no es la primera vez que alguien lo llama así.
No lo estoy conjeturando. Lo estoy percibiendo.
Deja un eco en mi interior que me cuesta trabajo acallar.
La costumbre te crea la ilusión de tener una armadura, pero está hecha de paja y en cualquier momento puede convertirse en cenizas.
Me pregunto qué chico sería Baltasar sin la ilusión de ser inmune a los sufrimientos: ¿alguien que pueda nacer de esas cenizas, o que pueda ser sofocado por ellas?
—Yo creo que lo más justo es que fuese Romeo o bien Julieta. El mérito de que hayamos salido de allí es suyo… —prosigue él.
—A mí no me manda ningún Montesco —protesta Florencia.
—Lo mismo digo de una Capuleto —rebate Benvolio.
Baltasar esperaba estos comentarios para ahondar.