24. Romeo #3
Me giro para mirar de nuevo fuera de la ventana, pero Julieta ya no está.
Suspiro y presto atención a mi primo. Su rostro está más pálido de lo habitual y el nuevo uniforme rojizo lo hace parecer de veras un vampiro que apenas ha terminado su banquete.
Lleva el pelo del color del carbón peinado hacia atrás.
—Ayúdame. —Le alargo los cinturones de cuero que cuelgan de la chaqueta. Él toma el primero y me lo pasa por detrás de la espalda, luego lo ajusta por delante. Lo ciñe un poco demasiado. Hago ver que la provocación me pasa por alto.
—Te estás comportando de un modo infantil —digo.
Él ata el otro cinturón sin contestarme.
Vuelvo a pensar en lo que ha dicho la Alta Maestra sobre los Trasladores e intento averiguar cómo está en realidad, en qué piensa, y así, sin darme cuenta, me descubro escarbando en su estado de ánimo.
El color gris es el primero que emana, luego en el suelo aparecen fragmentos de hojas quemadas por el camino.
Ennegrecidas y consumidas por las brasas, pero incapaces de prender fuego.
Así es la rabia de Benvolio, subterránea, latente.
Es una rabia que incuba y cava. Se trata de una rabia peligrosa.
Lo miro a los ojos.
—Lo digo en serio. Debes dejar atrás lo que ha ocurrido.
—Si tuviera mi Cortamontes ya lo hubiera dejado atrás, después de haberlos ensartado.
—Terencio… —empiezo, intentando explicarle lo que movió a nuestro amigo, pero él me interrumpe.
—Terencio pudo matarte. —Benvolio escupe la frase como si hubiera tragado hiel—.
¡Pudo matarte! Ya sé que estás más enamorado de la muerte que de Rosalina y que siempre has tenido la sensación de que te aguarda a la vuelta de la esquina, pero eso es solo porque eres un pesimista de mucho cuidado, no porque de veras tengas que morir.
—Todos pudimos morir. Todos. Ha sido un mero golpe de suerte que hayamos acabado todos en la misma Tropa. Y tal vez se lo debamos precisamente al chalado de Terencio.
Se alza bruscamente.
—¿Un golpe de suerte? ¿Para ti es una suerte estar en la misma Tropa que ellos?
—Señala el vacío con la mano apuntando fuera de la habitación—.
Yo he estudiado durante solasterios. Mientras vosotros os divertíais como idiotas fingiendo que erais Extrema Sangre, yo estudiaba para convertirme en uno de verdad.
¿Qué crees que sucederá? ¿Que en un pispás seremos uña y carne convirtiéndonos en la Tropa más fuerte?
—A ver si lo entiendo, Benvolio, ¿estás tan enfadado porque podíamos haber muerto o porque hemos acabado en una Tropa que consideras perdedora? Porque son dos cosas distintas.
—No lo son. No aquí en esta Academia. Pero salta a la vista que a ti vencer te da absolutamente igual, puesto que estás listo para morir, ¿no?
—Escupí agua, barro y orgullo dentro de aquella condenada gruta, ¿cómo puedes decir que me da igual?
—Porque estás compinchado con quien mató a tu hermano. ¿O te has olvidado de Bastiano? Si no me equivoco, lo asesinó ni más ni menos que el padre de la que tú te follarías, si supieras cómo se hace.
Si quería darme un golpe bajo lo ha logrado, me ha partido las piernas, pero también ha encendido mi rabia.
Él sigue despotricando sin darse cuenta de que mi mirada ha cambiado, de que mis ojos lo observan con los párpados entrecerrados.
Alrededor ya no veo hojas quemadas, sino fuego vivo.
No presto atención a las señales, ni siquiera a las que distingo con la mente. Si él quema, yo soy una pira en llamas.
—Parece que te da absolutamente igual la guerra familiar, que te da absolutamente igual esta guerra…, mientras que yo…
Lo interrumpo hecho una furia.
—Por favor, Benvolio, no me tomes por imbécil. A ti Edén te importa una mierda. Solo necesitas ser el primero de la clase, para sentirte al nivel de casas como las de los Capuleto que dices que odias, pero en realidad pagarías por ser uno de ellos.
Benvolio me arrea un puñetazo en la cara.
No lo esquivo. Me caigo hacia atrás apoyándome en el escritorio, que se desploma en el suelo junto a mí y a la tinta del tintero, que se desparrama sobre la piedra.
Puede que me lo haya merecido. Pero él también se ha pasado de la raya.
Su rostro pierde el color. Nunca me había pegado. Jamás. Ni para bromear.
—Yo… lo siento… —Me alarga una mano para levantarme, la rechazo y me las apaño yo solo.
A lo mejor es cierto que le sabe mal, pero eso no es suficiente para detenerme. Arremeto contra él inmovilizándole las piernas y tirándolo al suelo conmigo. Le pego un puñetazo y él me lo devuelve. Podríamos seguir así, pero la puerta se abre de par en par y Terencio entra en la habitación.
—Por la diosa. ¿Acaso habéis perdido la cabeza? —Terencio me aleja a rastras. Benvolio se pone en pie arreglándose el pelo. Tiene el labio abierto. Yo tendré un ojo a la virulé, me imagino, por lo que me duele el pómulo. Jadeamos.
—¿Dónde ha ido a parar nuestra regla? «Si ellos tienen las leyes, nosotros tenemos nuestra amistad» —pregunta Terencio.
—La has mandado tú a hacer puñetas cuando has pensado en tu pene en lugar de en tus amigos. —Benvolio se pone bien la chaqueta y sale dando un portazo.
—Se le pasará —digo masajeándome la cara. Pero no estoy tan seguro.