24. Romeo #2
—Romeo, es muy probable que duermas. Hoy no, mañana tampoco, tal vez tampoco este lateluna, pero lo harás.
Cuando suceda, debes venir a verme. Solo a mí.
No te fíes de nadie. Ni siquiera de tus amigos más queridos.
Y todavía menos de tus enemigos. —Niega con la cabeza—.
La razón por la que has acabado en esa Tropa solo la sabe la diosa.
Pero lo que está hecho hecho está. —Refunfuña algo, tal vez una maldición—.
Capuletos y Montescos en la misma escuadra.
Si no lo veo, no lo creo… Intentad buscar la manera de colaborar; de lo contrario, moriréis.
—Guarda silencio por un batimiento—. Y ten cuidado con los Rápidos.
Muchos de ellos traicionarían a cambio de algún favor.
Como recuperar la lengua, por ejemplo. O poder huir de aquí.
Hurga en su bolsillo. Saca un cordón de cuero negro trenzado, con un colgante en forma de rombo. Es de hierro, bordeado de latón. En el interior de la figura hay otro rombo más pequeño, dorado, que encierra a su vez uno pequeño de madera.
—Llévalo bajo el uniforme. Procura que no te lo vea nadie. Cuando duermas, este colgante te permitirá despertarte enseguida.
Acepto el abalorio, pero no me lo pongo.
Ya lo había visto, estaba en el cuello del Rápido con la garganta lacerada.
Eso si era un Rápido. Y ahora que sé para qué sirve, mis dudas se vuelven certezas.
Era un Edenita y tenía la Enfermedad del Sueño.
Pero entonces ¿cómo podía hacerse pasar por un Rápido?
Cada vez que mis pensamientos regresan a esa noche tengo la sensación de que el asunto todavía no está zanjado. Pero ahora tengo otros problemas.
—¿Cuánto me queda? —pregunto, sin ocultar mi aprensión.
Chasquea la lengua de nuevo, creo que es una especie de manía.
—No se muere por la Enfermedad.
La miro con los ojos como platos.
—Pero entonces…
Ella me interrumpe.
—Después de haber visto esta Academia, ¿te sorprende que escondan y manipulen la verdad?
—Se alza y se dirige hacia la ventana con una ligera cojera—.
Algunos jóvenes Iniciados que tienen la Marca de los Eternantes en el cuello, al entrar en la Academia y empezar la sangre su canto, desarrollan una aptitud singular para comprender los estados de ánimo de los Edenitas.
No les ocurre a todos los Eternantes, pero a muchos sí, en especial a los Montesco.
Esos Iniciados en particular a menudo se duermen.
Tu abuelo siempre ha sabido que tenías la Enfermedad.
Te vio dormir cuando eras un niño. No le di crédito hasta que no me llevó ante ti.
Nunca había visto a un niño durmiendo. Jamás.
—Se gira hacia mí. Yo la estoy escuchando, atónito—.
Me pidió que hiciera algo para detenerla, para retardarla.
Un adulto puede esconder el trastorno si es listo, ¿pero un niño?
La Trasladora interrumpe su relato. Hablar le cuesta trabajo, no físicamente, sino en su interior. No me cabe duda. Lo percibo. Veo el color de su estado de ánimo. En el suelo, por un batimiento aparece tierra seca y luego se desvanece.
—Se me pasó por la cabeza denunciarlo. Que la diosa me perdone.
Se me pasó de verdad por la cabeza denunciar al marido de mi mejor amiga, hacer ajusticiar al hombre por el que ella murió.
Fue el recuerdo de ella lo que me lo impidió.
Y fue por ese mismo amor por lo que decidí ayudarte a ti.
Pasamos cadencias, latelunas, buscando una manera de no hacerte dormir.
Costó… mucho. Pero al fin averiguamos más o menos cómo hacerlo.
Cada vez que iba a verte de pequeño te tocaba la cabeza, aquí debajo, donde inicia tu espina dorsal.
Creemos que la Enfermedad anida ahí. Y cada vez la detenía.
Luego dejaste de dormir. Pero tu abuelo sabía que cuando ingresaras aquí todo se desataría.
Me confió esto y me rogó que te lo entregara una vez hubieras entrado en la Academia. He cumplido mi cometido…
Observo el abalorio.
—Si no es contagiosa, ¿por qué se los llevan? ¿Por qué los matan?
—No sé si quiero saberlo. —La Trasladora se alza y hace ademán de irse, pero la vuelvo a detener.
—¿Qué es el collar? ¿De qué Pertenencia está impregnado para permitir que me despierte?
—Ni lo sé ni quiero saberlo. —Se arregla el vestido—. Tu abuelo guardaba secretos. Y en un lugar como este, los secretos son sentencias de muerte. Esconde lo que eres, Romeo. Esta es la última cosa que me dijo que te recordara.
Hace ademán de ponerse en pie, pero se detiene.
En un abrir y cerrar de ojos, se arremanga la túnica.
En su brazo veo claramente que se le graba un símbolo.
La sangre empieza a brotar. Y caigo en la cuenta: ella es una Inseparable.
No veo su rostro, cubierto por la máscara, pero no me hace falta.
En la estancia huele a hierro y óxido y ella emana el mismo color abrupto del hierro enfermo. Preocupación. No. Angustia.
Se levanta. En el mismo momento, oigo unos ligeros golpecitos en la puerta. Digo «adelante» sin pensar, todavía estoy desnudo.
Entra una Trasladora; por cómo anda, recta y veloz, debe de ser joven, pero con las máscaras, la edad siempre es difícil de estimar. Se arrodilla.
—Alta Maestra, perdonad la molestia, pero se trata de un asunto de máxima importancia.
¿Alta Maestra? ¿La mujer que se ha roto para permitir que yo sane es la Alta Maestra de los Trasladores?
—Lo sé. Acabo de recibir el mensaje, desde la tercera Asonancia…
La otra Trasladora asiente.
—También la sexta, Alta Maestra. —Se arremanga. En su brazo hay un corte rojo, grabado con precisión. Ella también es una Inseparable. Enfrente tengo a dos de los diez Inseparables que quedan.
—Santa diosa…
—¿Cuántos en la sexta?
La joven agacha la cabeza. Su voz es un susurro.
—Muchos.
La respiración a través de la máscara se vuelve profunda.
—Espero que el sacrificio haya valido la pena. Diles a los nuevos que se preparen para viajar esta noche.
No debería preguntar, pero el óxido de la estancia se ha transformado en cieno, denso, negro. Dolor. Hay un infinito dolor.
—Alta Maestra —la detengo acariciándole el brazo—, ¿qué ocurre?
Ella se queda un poco en vilo. Creo que está indecisa entre decírmelo o no. Al fin elige.
—Dos ataques. Hemos ganado, pero los Trasladores han pagado el precio más alto.
Se gira y sale de la habitación, sin dirigirme ni una palabra más, ni siquiera una salutación.
La otra Trasladora hace lo mismo.
La guerra ha contado de nuevo sus muertos.
Me paso una cadencia entera sentado en el diván, cavilando sobre este encuentro.
Me alzo a duras penas y empiezo a vestirme, pero al coger los pantalones me tiemblan las manos. Me pongo la chaqueta y por último el abalorio, que escondo bajo la camisa. Lo acaricio con los dedos.
Quisiera hablar con alguien de la Enfermedad, pero solo obtendría preocupaciones de mis amigos, y no me apetece. Se ríen y los oigo a través de las paredes de las estancias. No quiero ser un aguafiestas.
Me asomo a la ventana. El sol ya se está poniendo. El ocaso es maravilloso.
—Mi primo Teobaldo dice que el mundo se divide en dos: los que aman los atardeceres y los que aman los amaneceres.
—La voz proviene de mi izquierda. Julieta está asomada a la ventana admirando el espectáculo que el cielo nos está ofreciendo.
Al haberse intercambiado la habitación con Terencio, ahora la suya está pegada a la mía.
Me incomoda—. ¿Tú de qué categoría formas parte?
—Creo que del alba. Cada día abre nuevas posibilidades. ¿Y tú qué prefieres?
Respira despacio. Se vuelve hacia mí y sus ojos de color castaño me escrutan algunos batimientos.
—Yo prefiero la noche.
La puerta se abre de golpe y porrazo. Benvolio irrumpe. No pide permiso y se sienta en mi diván.
—Querías hablar conmigo —dice.