24. Romeo
Romeo
Los Montesco no usan la Pertenencia para sanar a sus hijos, a menos que sea algo grave.
Yo me raspaba las rodillas y se curaban solas, para luego raspármelas de nuevo.
Así, cuando entran los Trasladores me debato entre la curiosidad y el temor.
Al mismo tiempo, me alivia la idea de paliar el dolor que a estas alturas ya hace cadencias que cargamos, a pesar de que, desde que estamos aquí, nuestro cuerpo parece más vigoroso, más garrido.
Hace apenas unos días, ni siquiera habríamos logrado movernos.
Si el cambio ya ha empezado, mis músculos se han olvidado de crecer.
Nos vamos cada uno a nuestra habitación, seguidos por un Traslador.
Quien me cura es una mujer. Sus delicadas manos se apoyan en mi cuerpo, y mientras lo acarician, veo mis heridas retroceder en el tiempo hasta que desaparecen.
Es bastante doloroso, pero del mismo modo en que se rebobinan abrasiones, heridas y moratones, el dolor también parece ir hacia atrás.
Parte intenso y luego se desvanece. Cuando llega a las costillas, oigo el ruido de una rama que se rompe, y mientras mi costado guarece, me doy cuenta de que ella tiembla ligeramente.
Aquel ruido provenía de su cuerpo. No le veo el rostro, pero me resulta fácil imaginar la mueca de dolor.
No me quedaré de brazos cruzados esperando a que alguien se rompa por mí.
—No —digo con decisión—, así está bien.
—Cuánta presunción, joven Romeo. —El sonido de su voz tras la máscara me llega distorsionado—.
¿No te estarás permitiendo compadecerte de mí?
Lo que has sufrido tú yo ya lo he vivido y he salido victoriosa.
Soy una Extrema Sangre orgullosa de mi Pertenencia.
Y desde luego no serán un par de huesos rotos los que van a poder conmigo, al menos no como esta Congregación podrá con vosotros.
Y sí, volveré a reparar tus huesos para que puedan romperse de nuevo, y una vez más, y otra, y otra.
Hasta que, querido mío, no aprendas primero a compadecerte de ti. Y lo aprenderás. Vaya si lo harás.
Me pasa los dedos por el costado y repara el otro hueso mientras el suyo se rompe. No dice ni mu.
—Crees que mi Pertenencia es una desgracia, ¿verdad?
No hay ninguna desgracia en salvar una vida.
Y soy yo quien elige a quién guarecer y de qué manera.
Cada uno paga un precio por sus propias decisiones.
Pero son las que determinan quién eres. No es en tu físico, que hay debilidad, sino en tus acciones.
Los más débiles sucumben y los más fuertes encuentran una salida.
Esa frase… La frase que decía siempre mi abuelo. No puede ser una coincidencia. Le agarro el brazo y aprieto. No quiero que se vaya. Ahora no.
—¿Conocías a mi abuelo?
No le veo el rostro, pero estoy convencido de que está sonriendo. Su voz se suaviza y se carga de aflicción.
—Conocía a tu abuela. —Contiene la respiración y luego lo suelta todo—. La echo de menos. Profundamente. Y odié a tu abuelo porque me la quitó. —Guarda silencio. Quizá recuerda, y yo me quedo callado para darle tiempo a esos recuerdos.
En Verona todo el mundo conoce su historia.
Tras una sangrienta batalla, llevaron a mi abuelo a casa agonizando, con un aliento de vida en la boca, tal vez retenido para un último beso.
Cuando mi abuela lo vio, no tuvo ninguna duda sobre lo que debía hacer.
Dicen que cuando ella empezó a hacer recular el tiempo, él gritó que no lo curara.
Ella no le hizo caso y continuó moviendo velozmente los dedos sobre su cuerpo, zurciendo la piel lacerada, juntando huesos rotos, cosiendo venas, recreando el Vínculo entre su cuerpo y su Pertenencia.
Y a medida que las heridas desaparecían en él, encontraban un nuevo hogar en el cuerpo de ella.
Él se salvó y ella se fue, sin siquiera tener tiempo para aquel beso.
—Asistimos juntas a la Academia. —Su voz es dulce cuando retoma la conversación conmigo—.
Verás, joven Montesco, cómo las alianzas que aquí trabes serán para toda la vida, así como lo serán las guerras familiares y los odios.
Aunque vosotros, Montesco y Capuleto, sabéis algo de eso…
Ambas nos convertimos en Trasladoras. Es lo que las dos deseábamos.
—La Alta Maestra Netria nos dijo que no se puede elegir…
—afirmo un poco para cambiar de tema, un poco porque me ha picado la curiosidad.
—Lo sé, lo sé: sé lo que dicen aquí dentro.
Es la tensión, el ímpetu, el miedo, lo que hace cantar tu sangre.
—Chasquea la lengua—. Paparruchas, si quieres saber mi opinión.
Yo creo que la sangre canta solo por ti, por tus deseos, creo que entiende quién eres y qué quieres y te lo ofrece.
Nosotros sufrimos una metamorfosis. Como tantas otras especies, no solo las mariposas.
Es la naturaleza la que obra el milagro, no una horrible pesadilla en la que nos arrojan.
Pero la naturaleza no cambia lo que eres.
—Me toca el corazón—. Y lo que tú eres no tiene nada que ver con la Pertenencia con la que saldrás de esta Academia.
Creo que nacería igualmente, quizá con más armonía y menos… —No termina la frase.
—Pero entonces ¿por qué? ¿Por qué toda esa sangre?
—Porque la anhelamos. Porque la mayor parte de nosotros ama la guerra, el heroísmo, coquetear con el peligro.
Ama matar. No te olvides de que nos llamamos Extrema Sangre.
Extrema no significa solo última, sino también exceso, apogeo.
—Me acaricia la cabeza—. Echo de menos a tu abuela.
Te pareces mucho a ella. Y cuando la perdí lloré.
Los Edenitas no lloran, pero a nosotros, los Trasladores, ese lema nos lo ahorran.
Y sí, antes de que me lo preguntes, también conocía a tu abuelo.
Solía sentarme con él en el Jardín de los Encantos.
Mi rostro no logra ocultar mi estupor.
El sonido de una risita.
—Sabemos ser muy discretos. Pero a menudo estaba con él. Hablábamos de tu abuela, mientras tú jugabas a nuestros pies. —Baja el tono, igual que su cuerpo, que inclina hacia mí. La máscara me roza el oído—. Le prometí que te cuidaría.
Se pone en pie, abre la puerta, echa un vistazo al pasillo y al cerrarla gira la llave dos vueltas. Se me acerca.
—No tenemos mucho tiempo. Pero yo debo hacerte algunas preguntas. Debes responderme con sinceridad.
—Por supuesto.
Y empieza a hacerme preguntas, la mayor parte sin pies ni cabeza, para mí. Si a menudo tengo cambios de humor. Si lloro sin ninguna razón o me enfado con frecuencia. Yo no sé responder bien a estas preguntas. Pero digo siempre que sí.
Se detiene. Piensa durante unos batimientos. Luego baja un tono la voz, a pesar de que estamos a solas.
—¿A veces te sientes cansado?
¿Me está tomando el pelo? ¿Qué debería responder, después de haber atravesado el infierno? Asiento sin más.
Ella suspira.
—¿Qué es lo que siento?
No entiendo qué es lo que quiere de mí, así que me encojo de hombros.
—Concéntrate, Romeo. ¿Qué estado de ánimo tengo ahora?
—No soy adivino —respondo.
Ella ríe.
—Nadie lo es. No hablo de juegos de caseta de feria. Hablo de sensaciones. ¿Nunca te pasa que sabes más que tus amigos qué sentimientos albergan los demás?
No respondo enseguida. La pregunta me toma por sorpresa. Últimamente he advertido claras intuiciones de las emociones de quien tengo al lado. ¿No les pasa a los demás?
Asiento.
—Como a todos.
—No, Romeo. No como a todos. ¿Qué estoy sintiendo?
Me parece un juego infantil, pero la complazco y trato de concentrarme en ella.
No percibo nada. Erro en la oscuridad en busca de estúpidas sensaciones, solo para contentar a una mujer que se está despedazando por mí.
Y entonces veo un color. Flota a su alrededor. Es un gris niebla, que gira en torno a ella.
—Tienes miedo —digo.
—Continúa.
A través de ese gris veo brillar un rosa tenue que se parece a las flores del melocotonero cuando brotan de las ramas, listas para los frutos. Casi percibo su olor. Pero es poca cosa en comparación con la niebla, que se hace más espesa, junto con su olor acre.
—Sientes afecto, pero ahora sobre todo estás asustada. —La miro a los ojos y lo comprendo—. Yo te asusto.
—Santa diosa. —La Trasladora exhala las palabras como una oración. Chasquea la lengua—. Pronto, demasiado pronto. —Se me acerca, su voz es un susurro tras la máscara, me cuesta trabajo distinguir las palabras—. ¿Ya has empezado a dormir?
—No tengo la Enfermedad. —He alzado la voz y ella me aprieta el brazo.
—Habla flojito y respóndeme. ¿Ya has empezado a dormir?
—Te he dicho que no tengo la Enfermedad —susurro yo también esta vez. Lo digo a regañadientes, porque me irrita que ella pueda incluso pensarlo—. Ni siquiera sé lo que significa dormirse.
—Los párpados se vuelven pesados. Resulta casi doloroso mantenerlos abiertos, mientras que cerrarlos te proporciona alivio.
El cuerpo se abandona y te apagas. Y pareces muerto.
Tus sentidos están menos atentos. A veces dormir es peligroso.
Cuando abres los ojos, no tienes la percepción de cuánto tiempo ha transcurrido. Más o menos debería ser así.
Ella espera una respuesta de mí. Yo entro en pánico. No puedo tener la Enfermedad. Significa una muerte certera.