Romeo y Julieta Untold: La última congregación 23. Romeo #2
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23. Romeo #2

Al fin cedemos. El primero en caer es, por supuesto, Terencio, que se quita la ropa a toda prisa y se zambulle en la pila.

«Pues sí, qué demonios; si tengo que morir, mejor que sea con una Rápida desnuda al lado», habrá pensado.

Nosotros lo seguimos. Nos dejamos desnudar y nos sumergimos con más cautela que mi amigo.

Laurela es la última en entrar en la pila.

Cuando se quita la ropa, un ligero velo de vergüenza le cruza el rostro.

Lo ahuyenta echándose el pelo detrás del hombro y muestra su habitual sonrisa descarada.

Creo que es pudor hasta que me da la espalda y veo un mapa de largas cicatrices que la marcan.

No quisiera equivocarme, pero parecen latigazos.

Vi las mismas marcas en un Rápido con fama de ser un vulgar ladrón.

Me pregunto qué hay detrás de esas marcas y por qué ningún Traslador las ha curado.

Se apoya en la pila y deja que un Rápido la cuide sin apartar los ojos de Terencio.

El agua es agradable. Así como las fragancias. Los Rápidos se unen a nosotros y nos lavan, con delicadeza. Me duele cada condenado centímetro del cuerpo, y a pesar de que sus manos son suaves y ligeras, tengo la sensación de que me están abofeteando.

—A mí no me lava ningún hombre —ruge Teobaldo apartando de un empujón al Rápido que estaba tratando de quitarle el barro de encima.

—Tienes un horizonte muy limitado, Teobaldo.

Casi igual que tu habilidad con la esgrima.

—Mercucio suelta las palabras con arrogancia.

Está en una esquina de la pila, con los brazos abiertos encima del borde, y sonríe, socarrón, mientras un hombre y una mujer lo lavan con mucha dedicación.

Teobaldo hace ademán de abalanzarse sobre él, pero Folco lo detiene.

Mercucio chasquea la lengua un par de veces o tres.

—No he dicho que debas ampliar horizontes conmigo. —Se ríe socarronamente. Folco se ríe a su vez. Teobaldo sale del agua ofendido, todavía sucio de barro.

Me deslizo hacia mi nuevo amigo.

—Das muchos discursos, pero luego eres el primero que provoca —sentencio.

Suelta un poco de aire.

—Lo sé. Pero chinchar a Teobaldo es irresistible. Se enciende en un segundo.

Me acomodo a su lado en la pila.

—Se respira tensión en el aire… —susurra cómplice, acercándose a mi oído.

—Si por tensión te refieres a que después de cenar usaremos los cuchillos para matarnos…

Agita la mano con despreocupación.

—Las guerras familiares, las refriegas, las batallas, el poder, nada es comparable a lo que el amor desata en el ánimo de humanos o Edenitas.

Es como un fuego que resplandece centelleando en los ojos de los amantes, pero si no es correspondido se convierte en un mar de lágrimas del enamorado.

Y al fin acaba siendo una hiel que estrangula.

Y entonces que se apiaden de las refriegas y las guerras familiares. Que se apiaden de todos nosotros.

No entiendo a qué se refiere hasta que veo a la Valfiero, que no aparta los ojos de Terencio mientras una Rápida lo lava.

—Es una Valfiero; no es propensa al amor, sino al odio —digo.

—Tal vez el odio sea su mejor virtud, pero el amor puede convertirse en su pecado.

—Le diré a Terencio que se mantenga alejado de ella.

—Demasiado tarde, mi joven Romeo, demasiado tarde. El nido ya está listo en su corazón, el pajarito reclama su comida, y ella lo alimentará con pasión, esperanzas, atenciones, deseo y por supuesto posesión y… —Mercucio indica con la barbilla a la Rápida que está lavando a Terencio— celos.

Las mandíbulas de la Valfiero están contraídas mientras el rostro de Terencio muestra una sonrisa de oreja a oreja.

No se la dirige a ella, sino a quien lo está lavando con dulzura.

Él le habla sin parar y ella se ríe de vez en cuando; lo veo por los espasmos de su espalda.

Me imagino lo que le está diciendo. He visto muchas veces a Terencio desplegar su seducción.

Mientras Benvolio las embelesa con el intelecto y Mercucio con la fascinación turbia que emana, mi amigo las hace reír.

—Quien se ríe es feliz. Y quien es feliz es más propenso a abandonarse al placer. Y eso significa que Terencio está en peligro de muerte —sentencia Mercucio.

—No creo que la Valfiero…

—La Valfiero será el menor de nuestros problemas si el gigante se acuesta con una Rápida.

—Ya estaría mil veces muerto —digo riéndome socarronamente. Él no lo conoce.

—Estos Rápidos son distintos… ¡Terencio! —grita en su dirección.

No está contento de que lo interrumpan, y se alza no tanto porque sea nuestro Capitán quien lo llama, sino porque en estos días se ha ganado su respeto.

El agua le llega apenas a los muslos, y todos notamos hasta qué punto las risitas han surtido un cierto efecto; la Valfiero también se percata y entorna los ojos, molesta.

Mientras camina por la pila hacia nosotros me hace pensar en la estatua de Poseidón que hay en mi jardín, solo que Terencio es un poco más musculoso.

Se nos sienta al lado con decisión, creando unas cuantas olas, y hay alguno que se mosquea. Luego refunfuña:

—¿Qué quieres?

—No lo sabes, ¿eh?

—¿Qué? —le responde él.

—Los Rápidos de la Congregación son cianuro.

Pruébalos, sexualmente hablando, y morirás entre dolores atroces.

Son considerados una especie de adeptos a una secta.

Incluso tienen una lengua propia. —Nos señala a dos servidores que están hablando moviendo las manos—.

Y leyes escritas para ellos. Una de esas es que son intocables.

—Mercucio advierte mi ceja alzada. A mí no me parecen muy intocables, dado que los tratan peor que a las bestias—.

Les puedes pegar, pero no follar —añade Mercucio con desprecio—.

Como ya habrás entendido, la Congregación es la letrina de la misericordia.

—Bueno, puesto que no me gusta zurrar a quien está indefenso, diría que voy a tener que quedarme a dos velas. —Terencio se acomoda a nuestro lado, pero se queda con la vista clavada en la Rápida, que hemos descubierto que se llama Selina.

—¿Has hablado con Benvolio? —me pregunta entre susurros.

—Todavía no —respondo mirando a mi primo, que está poniendo morros en una esquina de la pila—. Déjalo hacer la chiquillada un rato más. Luego se le pasará.

Terencio se acomoda mejor apoyando la cabeza en la piedra, goza del baño y cuchichea con Mercucio.

El agua resbala por mi cuerpo mientras me acerco a mi primo.

Soy más reservado que Terencio y no me he puesto en pie para presumir de mi cuerpo desnudo, así que camino un poco con las manos, dejando que mis piernas floten en la pila.

Él se da cuenta de que me estoy acercando y se aparta.

Imita un claro y seco no con la boca, que me detiene en el centro.

Esta vez soy yo el que me irrito. No quieres hablarme y prefieres macerarte en el rencor.

Pues ya te puedes ahogar en él. Yo empiezo a estar harto de odiar.

Me apoyo en un lado de la pila para estar solo con mis pensamientos.

Pero frente a mí tengo a Julieta. Está con la espalda apoyada contra la pared de mármol, con los párpados cerrados.

Deja que el agua de la cascada le caiga encima.

Esboza una sonrisa algo torcida dirigida a un pensamiento que no revela, pero que la hace feliz.

Evoco el primer día de la Congregación, cuando la vi bajo la lluvia y no sabía quién era, y su sonrisa me infundió alegría.

Parece que hayan transcurrido centurios, y en cambio no han pasado más que un puñado de días.

Su sonrisa me provoca de nuevo ese efecto.

Desde que nos hemos zambullido, he tratado de no mirarla.

Me lo he impuesto. Pero ahora que la tengo delante no puedo evitar rendirme.

El agua la cubre en parte, pero yo sé que está desnuda.

Procuro no pensar en sus formas, pero mi mente se muere de ganas de hacer travesuras y se va a lugares prohibidos.

Imágenes de ella me invaden la imaginación.

Respiro despacio mientras mi corazón bombea la sangre a toda velocidad.

Piensa en otra cosa, Romeo.

Piensa. En. Otra. Cosa.

Se lo ordeno a mi cerebro. Fracaso clamorosamente.

¿Habrá entrado un Ardefrío en la sala? No, porque aunque el agua empieza a hervir, o al menos me lo parece, soy el único que arde como cuando de niño tenía fiebre.

Y sin embargo sé perfectamente que no estoy enfermo.

¿Por qué sigo mirándola? ¿Por qué me pierdo en el agua que le acaricia los hombros y en el color blanco de la piel moteada de pecas que parecen estrellas?

¿Por qué se me ocurren frases idiotas que ni siquiera un poeta callejero podría concebir?

¡Por la diosa! Cuanto más la miro, más advierto calor por todas partes.

«Deja inmediatamente de pensar en ella», me digo.

Tengo la voluntad de una oruga. O más bien una oruga tiene mucha más que yo, puesto que logra transformarse en mariposa, mientras que yo no consigo mudar ni un maldito pensamiento.

—La Capuleto, ¿eh…? —suspira Mercucio. Terencio se ríe de buena gana.

Estaba tan absorto en ella que no los he oído llegar.

No respondo y salgo de la pila como si quemara; las carcajadas de mis amigos me siguen. Los demás nos miran sin comprender. Me envuelvo en un paño de lino y me seco. El agua de mi cuerpo se va; la sensación de que hay algo profundamente erróneo en mí, en cambio, persiste.