23. Romeo
Romeo
Los Rápidos nos hacen adentrarnos en un largo pasillo de piedra negra jalonado por puertas de madera maciza y taraceada.
Están todas abiertas, y cada una cuenta en su interior con ornamentos de estilos diversos pero todos preciosos, con terciopelos, sedas, damascos, tapices.
Bajo las ventanas hay pequeños escritorios de madera de calidad; y encima, papel y tintero.
Me pregunto de qué servirán, dado que no podemos comunicarnos con el exterior.
Pero creo que los han colocado ahí para dar una sensación de normalidad en un lugar aberrante.
En una esquina hay una chimenea encendida que refleja luces y sombras en las paredes pintadas con figuras geométricas rojas y verdes, las mismas figuras que están cinceladas en las vigas del techo.
En el centro de cada habitación hay un gran diván de madera tallada y encima resplandece nuestro nuevo uniforme.
Las botas son de piel marrón y a la altura del tobillo tienen algunas hebillas para ajustarlas.
Los pantalones son más suaves y la camisa de lino, más gruesa.
La chaqueta es del color de los granos de uva olvidados bajo el sol, y del mismo modo que estos se decoloran, el rojo vino de la casaca se diluye en la parte final, que llega hasta las botas, a modo de capa.
En la parte anterior, la chaqueta se cruza cerrándose con cordones y cinturones, dejando las piernas al descubierto.
En la espalda se ha conservado el dibujo en relieve del círculo astillado, pero esta vez en el centro ya no están las flores de nuestras casas, sino un hermosísimo árbol hecho solo de ramas.
Seguramente los movimientos serán más ágiles.
Gracias a la diosa. El cuello de piel es alto, pero no cubre el pescuezo por entero.
Al lado del uniforme hay una bufanda de algodón grueso, descolorida como la chaqueta; me pregunto para qué servirá.
No hay hombreras ni chalecos. Ningún brazal.
Estoy completamente desprovisto de protecciones.
Lo cojo. La piel está bien curtida, es flexible.
Fuera en el pasillo, alguien ríe y juega. Yo también voy, y como los demás, entro y salgo de las habitaciones. Nos volvemos como niños, peleándonos para quedarnos con la mejor. De hecho, todas son espléndidas. Después de lo que hemos pasado, incluso un establo sería perfecto.
Solo mi primo se arrastra por el pasillo, poco interesado en los aposentos, y nos mira como si fuéramos una panda de mocosos.
—¡Esta es mía! —grita Terencio desde quién sabe qué estancia—. Quiero la que tiene el diván más grande, ya me entendéis.
—Folco, ni se te ocurra —retumba la voz de Teobaldo, pero bajo el tono de desdén distingo el juego familiar entre dos hermanos.
Incluso Baltasar, siempre tan esquivo, juega a robarle a la Valfiero la habitación que había escogido.
Entramos y salimos de los distintos cuartos riendo con una despreocupación que estábamos convencidos de haber perdido, cuando nos esperaba agazapada entre las paredes de un lugar que, después de días, nos hace sentir a salvo.
Terencio sale de la habitación que ha escogido con los brazos abiertos en señal de victoria acercándose a Benvolio.
—Amigo, ¡ven a ver el espectáculo! El diván es tan grande que puedes rodar varias veces sin correr el riesgo de caer.
Y no estoy hablando de estúpidas cabriolas.
—Le pone el brazo encima del hombro, pero mi primo lo aparta con brusquedad.
Raros son los momentos en los que riñen, y cada vez que ocurre Terencio parece empequeñecerse y caer en el desánimo por haber hecho algo que lo haya ofendido.
Mientras que con los demás se muestra susceptible y colérico, con Benvolio es como un perro con su amo: si pudiera, en este momento bajaría las orejas y metería la cola entre las patas.
—¿Qué te pasa? —pregunta, confuso.
—Si no lo entiendes es que eres más estúpido de lo que pensaba.
—Lo ha herido, lo ha hecho adrede. Terencio no es estúpido, al contrario, pero siempre se ha sentido inferior respecto a Benvolio, por sus estudios, sus conocimientos, la rapidez con la que llega a las soluciones.
Veo en mi primo un destello de arrepentimiento, pero es tan fugaz que no cambia su estado de ánimo.
—¿A qué ha venido eso? —Está abatido, mi gran amigo—. ¿Qué he hecho? ¿Por qué se comporta así?
Le pongo una mano en el hombro.
—Se le pasará, deja que se desahogue un poco, verás como todo se arregla. Creo que es por la elección de la Tropa. Hablaré con él. Le diré lo que me dijiste. —Sonríe entregándome su confianza. Suspiro.
No será fácil explicar la situación a Benvolio.
—¿Seguro? —me pregunta, tras haber dado dos pasos adelante.
Asiento.
—Seguro. Venga, diviértete, escoge la habitación que quieras. A Benvolio se le pasará, siempre se le pasa.
Se ríe esperanzado y vuelve a jugar a la mejor habitación. Doscientas libras de músculos y yo siempre quiero protegerlo.
—Pues si no os parece mal, yo me quedo con la habitación que da al Este. Me encanta el amanecer. —Amleto me pasa por delante y entra en una habitación.
—A mí no me parece mal, pero a nuestros simpáticos Maestros sí —grita Alena desde la habitación del fondo—. Ya han elegido por nosotros.
Sale al pasillo y la veo con su uniforme entre las manos, mientras nos muestra el nombre imprimido en la solapa. Miro la que yo tengo en la mano y me doy cuenta de que es enorme. Al menos para mí.
—Terencio, creo que tengo tu uniforme —digo.
—¿En qué habitación estaba?
Se la señalo y me río para mis adentros. Es la más pequeña y angosta que he visto hasta el momento.
—Por la diosa —exclama apenas se asoma dentro—. Parece una cripta. Seguro que lo han hecho adrede. ¿Cómo descanso yo ahí? —dice saliendo de nuevo al pasillo.
—¿De pie con las manos cruzadas sobre el pecho? —Alena me guiña un ojo.
—Toma mi habitación, Terencio. Es amplia y espaciosa y es la única con balcón. Yo aquí estaré la mar de bien.
Julieta entra en la habitación con aire distraído, llevándose el uniforme consigo. No nos tiene en cuenta. No nos mira. Intenta mostrarse superior a nuestros juegos.
—¡Gracias, Pelirroja! —Terencio trota alegre hacia su conquista—. ¡El balcón es un toque de clase!
—No me llames Pelirroja —le ruge Julieta.
Basta un batimiento para oírlo quejarse de nuevo.
—Por la diosa, ¿qué diablos es esta peste infecta? —grita Terencio tras haber dado una vuelta de reconocimiento a su nuevo cuarto.
Julieta se ríe socarronamente y aparece en el umbral, apoyándose en el marco.
—Glicina. Tienes una planta trepadora justo aquí fuera, en la pared. Y es fragancia, no peste. Pero si quieres recupero la habitación.
—No, no. Cierro las ventanas. Mejor vivo con la peste a flores que muerto allí dentro. Gracias, Pelirroja. —Terencio asoma la cabeza por la puerta mostrando una gran sonrisa que enseña todos sus dientes blanquísimos.
—Ya te he dicho que no me llames «Pelirroja» —masculla entre dientes Julieta, antes de entrar y cerrar tras de sí dando un portazo.
Terencio se encoge de hombros.
—Un cielo, ¿eh? —Chasquea la lengua y me guiña un ojo.
Yo niego con la cabeza.
—Oye, que nosotros…
—Sí, sí…, lo que tú digas —me interrumpe, y arrebatándome el uniforme se aleja tarareando una canción obscena que conoce.
—Venid a ver —grita Folco desde el fondo del pasillo tras haber abierto una puerta—. Venid a ver qué maravilla.
Corremos atraídos por su voz y por la cautivadora fragancia que percibimos, y al llegar nos agolpamos unos sobre otros en la entrada conteniendo el aliento por temor a hacer cualquier ruido que pueda hacer desaparecer lo que tenemos delante.
Es un enorme salón, con una pila central llena de agua.
Del ligero vapor que se alza y de la fragancia a lavanda que se disemina en la sala, me imagino que está calentita y perfumada.
A lado y lado de la pila hay dos paredes de mármol negro, de las que cae una cascada de agua que acaba dentro del lavacro, pero sin acabar nunca de llenarlo del todo.
Los techos están pintados al fresco y el pavimento es de mosaico: nos muestra escenas de Edén, las más bellas, el mar del Sur, los grandes arrecifes del Norte, los bosques del Oeste y las altas montañas del Este.
Una decena de rápidos nos esperan a lo largo del borde.
Pero nuestros ojos están todos puestos en la mesa larga y estrecha repleta de todos los alimentos que mi mente ha podido imaginar durante estos días.
Me llegan sus olores y mi estómago protesta.
No es el único. Todos tenemos hambre. Frente a la puerta de entrada, al lado de la pila y de las mesas, los Rápidos nos observan.
No se han ido. Me pregunto si se irán alguna vez.
Hacemos ademán de precipitarnos hacia la comida, pero los Rápidos nos señalan la pila con firmeza. No nos dejan ni siquiera beber.
—Yo ahí no me meto —espeta Teobaldo—. Deberéis arrojarme a la fuerza dentro de otra pila llena de agua.
—Y cruza los brazos como un niño caprichoso.
Mercucio contiene mal una carcajada y él lo mira con mala cara.
No se está riendo de él, pero explícaselo a un Capuleto.
Sea como sea, entiendo perfectamente el razonamiento de mi enemigo.
A pesar de sentirme mugriento, a mí tampoco me apetece otro baño.
Una de las Rápidas se acerca al agua. La reconozco de inmediato por la mancha de color vino que tiene en el rostro: es la misma que llevó el brasero a la ceremonia.
Advierto que no hace ruido cuando se mueve.
Es hermosísima. Menuda y delicada, ocupa un espacio muy preciso, como si fuese una espiga.
Su esencia es enorme. Se quita la ropa despacio y se queda desnuda con ese bozal que le cubre la boca.
Se sumerge en la pila. Nos está mostrando que no hay nada que temer.
Sin embargo, nosotros ya hemos aprendido que a la Academia le encanta sorprendernos.