22. Romeo #2
—Pero si estamos aquí es porque lo hemos elegido nosotros —continúa mientras lo escuchamos en silencio—. No todos, quizá, pero cada uno ha hecho sus propias valoraciones y ha decidido a quién manda a morir y a quién salva.
Julieta cambia el peso de un pie al otro y se refriega las manos. Sé que llegará un momento en el que deberemos hablar de ello, pero por ahora podemos esperar.
—Habrá otras pruebas, y nosotros deberemos estar unidos si queremos salir vencedores.
Yo no estoy aquí ni para perder ni para morir.
Por lo tanto, quien rompa los pactos, quien reme contra la escuadra, tendrá que vérselas conmigo, que a lo mejor no tengo la verga más grande de Verona, pero seguramente sí la espada que más duele.
Mercucio concluye su discurso con una sonrisa complacida y sigue subiendo las escaleras rápidamente junto a Folco.
Alena lo sigue del brazo de Julieta. Creo que he entendido a qué juegan.
Están intentando unirnos. Nos piden que olvidemos.
¿No puedo hacerlo? La sangre derramada de mi hermano Bastiano grita.
Y mi rabia se incendia. Trato de apagarla.
Puede que no logre olvidar, pero si este odio continúa moriremos todos aquí juntos.
Y últimamente tengo unas extrañas ganas de vivir.
Apenas entramos por la puerta central, mi mirada se dirige hacia lo alto.
El claustro está a cielo abierto. Cuatro pórticos dispuestos alrededor del perímetro se erigen uno sobre otro.
El sol filtra la abertura recortada en el cielo acariciando los últimos pisos.
Las arcadas están sostenidas por columnas esculpidas con motivos florales.
En el centro hay un jardín cuidado hasta el mínimo detalle.
Este sitio es tan perfecto que tengo la sensación de mancharlo con nuestros pies sucios y los uniformes hechos harapos.
Vamos dejando pisadas en el suelo a medida que avanzamos de claustro en claustro.
Uno, dos, tres, son infinitos, como infinito se me antoja el edificio de la Academia.
Cada claustro es similar al primero y en cierta manera diferente.
Los colores, las plantas y el sonido de las fuentes hacen que sean lugares únicos.
El primero estaba hecho solo de follaje; el segundo, de flores; el tercero, de fruta; el cuarto, de plantas que nunca había visto.
La temperatura cambia en cada claustro, no para adaptarse a nosotros, desde luego, sino a la naturaleza que alberga.
Toda ocasión es buena para hacernos comprender que la única vida que cuenta es la de Edén.
Nosotros no somos más que instrumentos. A veces entrevemos otras Tropas que se mueven a lo largo de los pórticos en diferentes pisos.
Pero no nos detenemos en ellos, estamos demasiado ocupados admirando lo que nos rodea.
Rara vez nos cruzamos con algún que otro Rápido de servicio.
Al pasar, se pegan a la pared, como si quisieran desaparecer en su interior.
Bajan la vista, y sin embargo noto que nos miran de reojo.
Somos un grupito singular y mal combinado de andrajosos, con un Capitán a la cabeza que parece un dios griego, aunque repleto de moratones, al lado de un chico que de un momento a otro puede transformarse en monstruo.
Una chica sin un ojo pero con un gran coraje que va del brazo de un enigma que creo que no voy a resolver pronto.
Un puñado de enemigos, todos con el mismo odio en el bolsillo, a los que siguen un estudioso decepcionado y una montaña de músculos con el corazón igual de grande.
Poco detrás trota la muerte, con el cabello rubio y la sonrisa de un príncipe, que sostiene al hijo de un rey con un trono que jamás será suyo.
Y por último un pesimista nostálgico, que intentaba mantener juntos los añicos de su corazón con las manos, pero a cada paso perdía un trozo, hasta que ha comprendido que para hacerlo latir de nuevo solo debía tener ganas de vivir.
Una compañía de actores ambulantes listos para entrar en escena en un espectáculo en el que el destino ha comprado todas las entradas.
Al fin subimos una escalera que nos conduce al piso de arriba. Terencio afloja el paso hasta que lo alcanzo.
—La Valfiero, ¿eh…? —digo, negando con la cabeza.
—La Capuleto, ¿eh…? —me reprocha, imitándome.
—¿Qué insinúas?
—Yo no insinúo. Percibo. Te ha salvado la vida. La hija de Reinaldo Capuleto ha salvado la vida a Romeo Montesco. Si no lo hubiera visto no me lo creería. —Niega con la cabeza haciendo vibrar sus labios.
—¿Crees que mientras te tiras a la Valfiero también le contarás cómo murió su hermano? —le susurro, cerca.
—Estás cambiando de tema. Pero te entiendo. No debe de ser fácil pasar de Rosalina Corvato a Julieta Capuleto. Yo tenía razón. El amor no existe. Más vale un sano revolcón.
—¡Yo amo a Rosalina! —digo con demasiado fervor.
Julieta se gira, solo un momento. Terencio la saluda con la mano, la provoca. Ella no responde, le da la espalda de nuevo y retoma la marcha.
—No puedes tirarte a una Capuleto, de veras, amigo mío. A esos solo se los liquida.
Resoplo; esta conversación no nos está llevando a ninguna parte.
—Yo no quiero tirarme a nadie. Me siento agradecido por estar vivo. Y la Capuleto tenía una cuenta pendiente con su primo. Ha sido solo una coincidencia que yo estuviera allí.
—¿Tú habrías hecho lo mismo? Si hubieran sido Benvolio y ella, ¿la habrías elegido a ella? —me pregunta, alzando la ceja.
Me ofende que me haga semejante pregunta.
—Por supuesto que no. Pero Benvolio no ha intentado matarme y él y yo somos como hermanos.
—¿Y qué sabes tú de la relación que tenían ellos dos? Tú das por sentado un montón de cosas. Y te equivocas.
No alzo la voz, pero mi tono se intensifica.
—Oye, que todo ha empezado contigo y con tu real pene, que a menudo piensa más que tu cabeza.
Se detiene. Espera a que Amleto nos adelante y luego me mira de hito en hito.
—Oye, hermano, me acuerdo perfectamente de cómo murió el Valfiero. Recuerdo cada maldito grito. Y en cierta manera decidí cómo iban a matarlo.
Intento replicar, pero él no me lo permite.
—Tal vez, si no hubiera sido tan fanfarrón, se lo habrían cargado igualmente, pero no de aquella manera. Los Valfiero no me caen bien y la Loba es una cabrona de mucho cuidado. Pero ha perdido a un hijo y no lo sabe, me parecía justo intentar salvar a su otra hija.
Me quedo boquiabierto. No me había imaginado en absoluto nada por el estilo.
—Y no. No le diré nada a Laurela, porque, aunque nosotros tengamos razón, lo único que obtendríamos, explicando los hechos, sería que nos acusaran de haber empuñado las armas contra nuestra raza, y no creo que nos expulsaran de la Academia; creo que nos matarían, visto lo que cuenta la vida aquí dentro.
—Se acerca a mi oído—. Que siempre me comporte como un imbécil no significa que lo sea.
—Soy idiota, perdóname —suspiro.
Asiente con la cabeza.
—Lo sé. De hecho, tú no tenías ningún motivo para elegir a Folco.
—Estoy vivo gracias a él. En el agua me salvó el culo —digo, no muy convencido.
Terencio refunfuña.
—Esperemos que no piense que la deuda está saldada y acabe contigo.
Se aleja y yo sé que le he mentido. Elegí a Folco no porque me salvara la vida, sino porque a Julieta le importa. Maldita sea.