Romeo y Julieta Untold: La última congregación 22. Romeo
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22. Romeo

Romeo

Penetramos de nuevo en las galerías, por donde reptamos junto a alguna cucaracha, a lo largo del dédalo de grutas y conductos que se meten unos dentro de otros.

Avanzamos en silencio y agotados. Rendidos, en cierta manera.

Todo lo que ha sucedido es un saco de yute repleto de piedras que vamos arrastrando, cargando el peso mientras la tela áspera nos rasguña la piel.

Los gritos de alivio que salieron de la gruta se perdieron entre los sollozos frente a la enésima muerte sin pies ni cabeza.

Ninguno de nosotros lo olvidará. Me pregunto cómo pudieron hacerlo nuestros padres.

¿Superaron la Congregación y mandan alegremente allí a sus propios hijos?

Benvolio avanza con la cabeza gacha y la mirada que se arrastra por el suelo más que sus pies.

Para él, más que para nadie, toda esa masacre no tiene ninguna explicación.

Se ha pasado la vida entre libros y ahora, en lugar de hacer alarde de su cultura, debe tratar de no perder el pellejo, aunque el precio que pagar sea la vida de los demás.

Quisiera poder darle ánimos, pero no tengo calma para ofrecerle, solo tristeza.

Los Ensiferios nos han dejado en manos de los Rápidos con los bozales, solo que aquí los perros somos nosotros, que seguimos a nuestro amo sin conocer el camino.

No tienen espadas, pero me dan miedo igualmente.

Y el mayor miedo es que llegue el hambre.

¿Qué sucedería? ¿Lograríamos todos resistir o les arrancaríamos los bozales y los consumiríamos?

Destierro este pensamiento y sigo andando.

A medida que avanzamos, me doy cuenta de que he perdido completamente el sentido de la orientación.

Doblamos a derecha y luego a izquierda mientras otras posibilidades de caminos se extienden frente a nosotros.

La red subterránea se me antoja infinita.

Es un laberinto con paredes onduladas y pequeñas explanadas de las que parten sendas que podrían ser las patas de una araña.

A veces, el techo es tan bajo que Terencio debe agachar la cabeza.

Hay pasajes tan angostos que para cruzarlos nos vemos obligados a avanzar de lado, con la roca rozándonos la cara.

No es el mismo trayecto que recorrimos cuando nos llevaron al banquete, ni el que nos condujo al agua.

Me pregunto lo grande que es lo de aquí abajo, hasta dónde se extiende.

Seguramente por toda Verona y tal vez incluso más allá.

Sin los Rápidos que nos muestran el camino podríamos perdernos y morir de inanición antes de que alguien nos encontrara.

Cuando llegamos a una especie de escalera excavada en la roca, ascendemos.

Es bien entrada la mañana y el sol resplandece en lo alto del cielo deslumbrándonos un poco, pero es agradable ver la luz.

Hemos salido al campo de entrenamiento. Si piensan hacernos batir en duelo están mal de la cabeza.

Magullados como estamos no lograríamos ni siquiera sujetar una espada, mucho menos alzarla para asestar un golpe.

La hierba refresca mis pies y es placentero andar encima de ella después de la dura roca que hemos pisado.

Los rumores eran ciertos: el campo de entrenamiento es un enorme prado verde esmeralda.

Segado de manera excelente, ocupa casi toda la plaza y está interrumpido por cuadrados de piedra perfectamente pulidos, que miden casi tres pértigas por lado.

Parece un enorme tablero vacío. No hay espinas como sospechaba, sino insoportables margaritas cándidas que lo motean de blanco y amarillo.

En la plaza nos dividen por Tropas y nos acompañan en direcciones diversas.

Cuando nos separamos, Paris mira a su hermano Baltasar, que camina pasito a pasito con dificultad detrás de Amleto.

Advierte que lo estoy observando y me hace una señal con el mentón.

A lo mejor es un saludo, o tal vez una advertencia.

Respondo con el mismo gesto mientras él estudia al variopinto grupito en el que su hermano ha ido a parar.

Estará pensando que muchos de nosotros estaremos fuera de juego antes de que el sol vuelva a ponerse.

No va desencaminado.

Nos habíamos prometido mantenernos lo más lejos posible de los Capuleto y en cambio nos los hemos metido en la cama.

A ver quién es el primero en joder al otro.

No puedo tomarla solo con Terencio. La mayor parte de nosotros ha hecho elecciones sin pies ni cabeza.

Pero hemos llevado a cabo acciones sin pies ni cabeza, vivido situaciones sin pies ni cabeza.

Estaremos muy ocupados luchando entre nosotros, y las demás Tropas podrán estar a salvo.

Para colmo, parecemos una panda de leprosos en lugar de Iniciados.

Descalzos, con la ropa hecha jirones y sucios de agua, lodo y sangre.

Caminamos en una hilera desgarbada sosteniéndonos los unos a los otros.

Mercucio obviamente encuentra el tiempo de recoger una margarita que desflora pétalo a pétalo.

¿Muero o no muero?

Amleto vuelve su rostro hacia el sol y entreveo una leve sonrisa.

Gracias a la diosa, la lluvia ha cesado.

Creo que he tenido bastante agua para al menos un solasterio entero.

Pasamos por debajo de las murallas y al fin nos encontramos frente a la Academia propiamente dicha.

Ahora que estoy cerca puedo verla en toda su magnificencia.

Una espaciosa plaza aloja una larga escalinata que lleva hasta la entrada del edificio, que desde la cima domina toda Verona.

Mirándolo ahora es imposible pensar que no fuera visible desde Ponte Pietra.

Es gigantesco. No está hecho de toba y mortero, no parece que esté esperando a despedazarnos, sino que quiera acogernos con dulzura.

Tiene al menos cuatro pisos de altura, con ajimeces y pequeños balcones esculpidos.

La fachada está íntegramente pintada al fresco con imágenes de caballeros y flores.

La parte alta cuenta con almenas dispuestas a lo largo de todo el edificio.

—Vaya, primero las margaritas y ahora esto. Diría que si no nos hubieran reducido a la mitad matándonos de diversas y variopintas maneras, podríamos tragarnos que se trata de un lugar delicioso y acogedor. —Mercucio observa la Academia con las manos en las caderas.

—En mi tierra crece una flor de lo más bella —dice Amleto subiendo las escaleras—.

Está hecha de pequeños pétalos violáceos.

Los Rápidos la llaman «el cabello de Odín».

Pero su verdadero nombre es «acónito». Es maravillosa y sin embargo podría matar a un hombre con facilidad.

—Se detiene, no se gira, pero sigue hablando—.

Es la flor de mi casa —dice, retomando la marcha.

Está bien, punto final: Amleto es introvertido y extremamente peligroso.

—Ah, así que te consideras bello —se ríe Mercucio.

—Más bien letal, diría yo —responde Amleto.

—Si tuviera bien ambos ojos y el hombro funcional, te retaría a un duelo. Y ya veríamos quién es letal. —Mercucio juega—. Solo porque os enseñan a cazar a cuatro monstruitos que han perdido totalmente el juicio no significa que no se os pueda vencer con facilidad.

—No veo la hora de ponerte a prueba —responde Amleto con tono divertido.

Alena pasa por el lado de Julieta y la coge del brazo para apartarla.

—Hombres, siempre queriendo demostrar quién la tiene más larga.

—Lo hace parecer un paseo por el bosque entre damas de la alta sociedad.

Julieta se gira para mirar a los suyos un poco como pez fuera del agua, pero tengo la impresión de que Alena es de las que te hace hacer siempre lo que ella quiere.

—Toda Verona sabe quién tiene el récord del pene más grande —responde Terencio desde la retaguardia.

Nos reímos socarronamente. Flojito. Casi como si nos avergonzáramos de poder vivir todavía. Luego Terencio se pone a hacer una especie de bailecito imitando el sexo desenfrenado. Y entonces echamos a reír libres. Porque sí, porque estamos vivos, porque honraremos las muertes con nuestra vida.

—Querido Terencio, ¿nunca te han dicho que no cuenta el caballo, sino el caballero? —La voz alegre de Folco nos llega del grupito de los Capuleto, que está a unos pasos de distancia.

Ah, error, Folco no se imagina hasta qué punto mi amigo es adorable…

por lo general… pero terriblemente susceptible.

Por un batimiento el aire parece convertirse en lana cocida, apelmazada y áspera.

Difícil de respirar. Estoy seguro de que todos podríamos abalanzarnos unos contra otros y hacernos papilla solo por el tamaño de una verga.

Mercucio suaviza los ánimos con una carcajada cristalina.

Se dirige hacia Folco con maneras alegres y lo coge del brazo, exactamente como ha hecho Alena con Julieta.

—¿Sabes que esta frase la dicen los hombres que la tienen manifiestamente pequeña?

Teobaldo hace ademán de abalanzarse sobre él, pero su hermano lo detiene con la mirada y él retrocede.

Mercucio se planta en la escalinata y nos mira de hito en hito.

—Yo no tengo nada que ver con vuestra guerra familiar.

Sinceramente, me importan un carajo vuestras familias y sus disputas, con o sin sangre.

—Es jovial y autoritario a la vez—. Pero desde luego sí me importan esta Tropa y sus posibilidades.

Nos han dividido en escuadras, nos han obligado a dividirnos en escuadras.

Esta Tropa ha pagado un precio para poder continuar.

Ahora bien, no me interesa saber cómo carajos hemos acabado aquí todos juntos, dado que la última vez que lo estuvimos tratamos de matarnos.

No saben de qué habla Mercucio. La Valfiero mira a Florencia con aire interrogativo, pero esta se encoge de hombros. Sin embargo, yo sé perfectamente a qué se refiere. Nos está pidiendo una tregua. No sé si seremos capaces de dársela.