21. Julieta #3
—¿Y cómo sabréis quién no lo merece, eh?
—Es Paris, de nuevo, quien hace la pregunta.
Su voz resuena por toda la Arena, quiere parecer fuerte después de haberse mostrado temeroso.
Me pregunto por qué le da tanta importancia, y cuando mi mirada se detiene en Baltasar, su hermano, lo entiendo: se aguanta el brazo pegado al cuerpo, casi lo quiere esconder, asustado e increíblemente diferente de Alena, que, a su lado, lleva con orgullo la órbita vacía como si fuera un trofeo.
—No tengas prisa, hijo de Escalo —responde Lorenzo—.
Vosotros, que habéis llegado hasta aquí, encontraréis las respuestas dentro de poco, cuando empecéis el entrenamiento.
Para los que no lo han logrado, en cambio…
—mientras habla alarga el brazo para señalar el cadáver de Sansón—, se ha tratado de una especie de selección natural, ¿verdad, Julieta Capuleto?
Miro al Decano, me muerdo el labio mientras me agarroto de nuevo y la rabia se vuelve a inflamar, como brasas adormiladas bajo las cenizas.
—Tú has elegido que Sansón encontrase a Alyaster. Habrías podido salvarlo y en su lugar has optado por un Montesco. Has preferido a una casa rival a la tuya en vez de a la sangre de tu sangre, ¿por qué?
Noto el sabor de la sangre en la boca cuando mis dientes penetran en mi labio. Quisiera tener una respuesta simple, pero no existe. Guardo silencio y trato de ignorar el peso de las miradas de Teobaldo, Florencia y Folco. Las noto clavadas en mi espalda como flechas envenenadas.
—Te digo yo por qué —continúa Lorenzo—, porque sabías que Sansón era débil, y dentro de ti estabas segura de que no merecía vivir y mucho menos convertirse en Extrema Sangre.
Sabías que no era de fiar. ¿Y sabes lo que te digo?
—El Decano hace una pausa—. Muy bien hecho: has comprendido que el Enemigo que combatimos es uno solo, y que más vale dejar atrás las guerras fratricidas y las escaramuzas, que son propias de los Rápidos.
Porque nosotros hemos nacido para combatir una guerra eterna y no podemos permitirnos fallar ni siquiera una vez.
Es por eso por lo que solo los mejores sobreviven…
Y por lo que respecta a los peores, bueno, la mayor contribución de Sansón a la causa ha sido morir y disgustaros con sus entrañas.
De este modo, al menos tendréis una mínima idea de lo que sentiréis cuando os toque enfrentaros a los Incorpóreos.
—¿Los Incorpóreos? —pregunta Folco.
—Las legiones del Enemigo —apunta Benvolio.
—Exacto —dice Netria—. Los soldados que se manifiestan cada vez que el Enemigo lanza uno de sus ataques.
No importa que la Catástrofe toque Verona, Londres o París, o una de las demás Asonancias…
, los Incorpóreos siempre comparecen. Soldados capaces de luchar como los mejores de vosotros, animados solo por el odio a Alyaster y por todo lo que la diosa protege.
Espíritus de rabia y rencor capaces de arrancaros el corazón con sus palabras falaces, antes que con sus malditas armas: los Incorpóreos son emanaciones del Enemigo y cuando atacan toman la forma de vuestros seres queridos.
Podrían aparecer como vuestra madre o vuestra hermana. Pero no son ellas.
—Suena fantástico —comenta Mercucio—. Justo lo que deseábamos.
—Volveremos a hablar de ello cuando los hayas conocido, Volterra.
Eso si sobrevives lo suficiente —lo fulmina Lorenzo.
Luego su voz se suaviza, como si no hubiera intentado aterrorizarnos durante todo el discurso—.
Ahora, cuidaos de seguir a los Rápidos hasta vuestros aposentos. Mañana empezará vuestro entrenamiento.
Bajo la mirada de los Altos Maestros, poco a poco, los Iniciados empiezan a seguir a los Ensiferios hacia el exterior de la Arena y hacia el túnel por el que vinimos.
Hago ademán de unirme a mi Tropa, pero no sé si reunirme con Teobaldo, que ahora ni siquiera se digna a mirarme, mientras que los Montesco ya se ríen y bromean, todos vivos.
Podría acercarme a Baltasar o Alena, o descubrir más sobre el Albino.
O bien quedarme sola, como estoy acostumbrada.
En cambio, noto que me agarran de la muñeca. Al girarme, me encuentro frente a Netria.
—Estaba ocurriendo de nuevo, ¿verdad? —me susurra a un palmo de mi rostro. Noto su inquietud.
—No quería, he procurado contenerme —digo.
—Pero yo me he dado cuenta, Julieta. Y los demás también lo habrían hecho si no me hubiera encargado de ello. —Echa un vistazo a mi cuello, intentando que no la vean.
—¿Qué hay? —Deslizo el dedo sobre mi Marca. La piel parece arrugada, como si hubiera una cicatriz que no tendría que estar—. ¿Tía?
Netria echa una ojeada a su alrededor. Algunos Iniciados nos lanzan miradas, pero creo que todos saben quién es ella y quién soy yo. Pensarán que me está ayudando, que me está dando pistas sobre pruebas de las que ellos todavía no saben nada.
—Tienes que venir a verme esta noche —dice mientras me desliza algo en la mano. Un anillo, liso—. Úsalo para abrir las puertas. No digas nada a nadie y que nadie te vea.