Romeo y Julieta Untold: La última congregación 21. Julieta #2
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21. Julieta #2

—¿Veis? —continúa el Alto Maestro—. El triángulo indica que Sansón Capuleto era un Esencial, como la mayor parte de los miembros de su familia.

Lamentablemente, nunca sabremos a cuál de los tres tipos habría pertenecido —dice, dejando escapar una sonrisita.

Creo que, si pudiera, Teobaldo le saltaría al cuello—.

El primer tipo —prosigue Alberico— es el de los Graves, después vienen los Ardefríos, y por último, los Leviantes, que controlan la presión y los movimientos del aire.

Con indiferencia, agita una mano y la sábana que cubría a Sansón se alza por el aire a causa de un viento del que no ha habido ningún indicio.

Valfiero sonríe.

—Eso que acabo de hacer puede parecer un mero truquito, pero un Leviante y un Grave particularmente duchos podrían, bueno, volar…

Desde luego, ello costaría numerosos centurios, incluso en una coyuntura en que la diosa se manifiesta, como en la Academia o cerca de otra Asonancia, y nuestras Pertenencias se ven reforzadas.

Alberico toma aliento y aprovecha para mirarnos. Muchos Iniciados están examinando las Marcas de sus compañeros.

—En cambio, si aquí hubiera habido un círculo, de bronce o bien negro, el destino de Sansón habría sido el de los Temporales: podría haberse convertido en un Traslador como la Alta Maestra Cleo…

—Y entonces me señala—: O bien habría sido un Arquitiempo, capaz de acelerar, ralentizar o hacer retroceder el Tiempo de un objeto inanimado, creando maravillas como este infalible puñal —dice Alberico, jugueteando con el arma, antes de trazar un cuadrado en el hombro de Sansón.

Y mientras lo hace, noto que la rabia crece en mi interior, que gruñe silenciosa como un perro encadenado, y le clavo la mirada como si quisiera matarlo.

Porque es cierto que he sido yo la que ha condenado a Sansón, pero él no tiene ningún derecho a tratar su cuerpo como un juguete, como si se divirtiera cortando, serrando y rompiendo huesos.

Y todavía peor: como si no mostrara respeto por la Estirpe de Alyaster, y me pregunto cómo pueden los demás Altos Maestros permitir semejante blasfemia.

Inspiro y el tórax se me hincha mientras me percato de que tengo los puños tan apretados que me he clavado las uñas en las palmas y los nudillos están blancos y me duelen, y no sé si es por lo que estoy viendo o por lo que he —lo que hemos— pasado estos días, pero siento que la tierra a mi alrededor se hace más pesada.

Como aquella noche con Laurela, cuando temí haberla matado.

Noto que la tierra se agrieta a mi alrededor y me empieza a escocer el cuello, a quemar.

Me llevo la mano a la Marca mientras me muerdo el labio por el dolor.

La arena en torno a mí se eleva y permanece inmóvil en el aire a la altura de mis ojos, como polvo iluminado por el sol, y pronto se añaden pequeños guijarros y grava mientras la rabia en mi interior empieza a ceder lugar al miedo de lo que podría suceder. De lo que podría hacer.

Aprieto los ojos y los dientes. Tiemblo mientras me obligo a aplacar las emociones que me invaden, deslizo la mano en el bolsillo del uniforme, acaricio la esfera, me concentro en el movimiento de sus secciones, minúsculas rotaciones que requieren toda mi atención, pero es difícil, y me noto el sudor en la espalda, en la camisa húmeda.

Y sin embargo nadie parece darse cuenta. Nadie, salvo Netria.

Mi tía tiene la mirada en mí y se masajea el índice con el pulgar mientras Alberico Valfiero prosigue como si nada estuviera ocurriendo.

—Un cuadrado de plata indicaría, en cambio, la Pertenencia a los Aeterianos, que pueden esconder a la vista cualquier cosa o revelar los secretos más ocultos, o incluso tejer ilusiones tan vívidas que engañarían hasta a sus propias madres.

—En el otro hombro de Sansón, a continuación, traza una simple línea—.

Por último, una línea significa que se pertenece a los Eternantes…

—¡Que no sirven para una mierda! —exclama Lisandra, provocando una risotada mucho más escandalosa de lo que su ocurrencia merece. Al menos hasta que la silencia la voz del Decano.

—Sin Eternantes, Corvato, muchos más Esenciales fallecerían en combate y, por si fuera poco, nos veríamos obligados a pedir a Edén un precio mucho más alto para su protección.

Por lo tanto, si te hace reír que alguien pueda ponerse a disposición de los demás, entonces te invito a enfrentarte a una Catástrofe sin los Eternantes… Eso si sobrevives a la Academia, claro.

Lisandra baja la mirada, pero no lo hace para esconder la vergüenza, sino para aplacar la rabia. Veo cómo aprieta la mandíbula, segura de que superará este solasterio.

Alberico espera un batimiento antes de proseguir.

—Como decíamos, los Eternantes: Edenitas que no pueden hacer nada para oponerse a las Catástrofes ni para curar los cuerpos despedazados, pero capaces de acumular en su corazón mucho más Tiempo que un Edenita corriente, centurios y centurios que pueden ceder a los demás Extrema Sangre.

Advierto un movimiento a mi lado. Romeo se está pasando la mano por el cuello y se acaricia la marca.

Una línea oscura, nada más. Si yo me hubiera convertido en una Eternante, habría perdido el respeto de mi familia al completo.

Ciertamente, sé que la sangre de los Montesco es débil, más débil que la de los Capuleto, pero tal vez ni siquiera ellos estaban listos para semejante deshonor.

Paris se aclara la voz, repetidas veces, como si temiera hablar.

—¿Es cierto que las Marcas pueden cambiar?

En el rostro del Decano se esboza una sonrisa, mientras el Alto Maestro Valfiero hunde el puñal en el tórax abierto de Sansón.

—Si tu pregunta tiene que ver con tu posible futuro, Aguaviva, que sepas que es muy difícil que un Eternante se descubra siendo otra cosa.

Sin embargo, en general depende de cómo vuestra sangre decida cantar: estos latelunas en la Academia os pondrán a prueba, porque solo a través del dolor…

—dice mientras hace girar la hoja en la carne ya muerta, vacía— y solo cuando os veáis obligados a rebasar vuestros límites, vuestra sangre cantará y encontrará su Pertenencia en Alyaster.

Por supuesto, la dominaréis por completo solo después del Vínculo.

Alzo la cabeza, nunca había oído esta palabra, y parece que los demás Iniciados tampoco. Susurros y murmullos pasan entre nosotros como el viento sobre las espigas de trigo.

—Si me permites… —se entromete el Decano.

Valfiero asiente con la cabeza y se coloca junto a los demás Maestros, seguido de la Trasladora.

El cuerpo de Sansón se queda allí, olvidado y ahora inútil.

Parece que casi todo esto esté preparado como un espectáculo teatral.

Pero esto no es ningún espectáculo: nos acaban de decir que la gruta y las elecciones que hemos sufrido no son más que el inicio de nuestras torturas.

—Solo el peligro empuja a la sangre a cantar, y solo de esta manera podemos descubrir quién es digno de convertirse en Extrema Sangre.

Me duele decíroslo, pero, de hecho, no todos vosotros sobreviviréis a este solasterio.

—Lorenzo hace una pausa y deja que sus palabras se nos peguen encima como cera, como resina—.

Solo los mejores de entre vosotros recibirán el Vínculo: unos serán merecedores de llamarse Extrema Sangre y otros, en cambio, tendrán el honor de ofrecer su propia sangre durante la Unión para que el Vínculo de los Elegidos sea Eterno.