21. Julieta
Julieta
—Veinte Tropas —vocifera Lorenzo cuando la selección ha terminado, cuando hemos acabado de mandar a morir a nuestros compañeros—. El futuro de Edén, que luchará contra el Enemigo y permitirá a este mundo continuar sobreviviendo, centurio tras centurio.
Nos han dejado una cadencia para recobrar el aliento, para buscar un rincón y alejarnos de las demás Tropas mientras los Ensiferios se ocupaban de los cadáveres, para conocer mejor a nuestros nuevos compañeros.
Como si nosotros, en la Tropa de Mercucio, no nos conociéramos ya.
Como si entre nosotros no serpenteara ya el odio.
Una bandada de aves sobrevuela la Arena; la sigo con la mirada para distraerme, hasta que desaparece más allá de las gradas.
—Guerreros que protegeréis Edén durante los próximos centurios, que lo sacrificaréis todo por el futuro de este mundo, yo os saludo —continúa el Decano, pero no lo escucho.
¿Por qué todavía no nos han llevado a la Academia? ¿Qué es lo que debemos esperar?
—¿Cómo estás? —me pregunta una voz. En un inicio pienso que es Teobaldo, que todavía no me ha hablado desde que hice mi elección. Pero en el momento en que me giro, descubro que es Romeo.
—Quisiera no estar aquí —le respondo.
—Y en cambio no logras alejarte de nuestro Romeo, ¿eh? —se entromete Terencio Malvecio—. Pobrecita, me temo que su corazón ya está comprometido con otra —dice con un tono hasta demasiado trágico.
Lo escudriño arqueando una ceja.
—Lo superaré.
Romeo abre la boca, como para decir algo, pero los Ensiferios baten las armas contra el suelo. A estas alturas lo hemos entendido: esa es la señal para que cerremos la boca.
El Decano debe de haber concluido su discurso, porque los demás Altos Maestros se han colocado a su alrededor, dispuestos en semicírculo hacia nosotros.
Han dejado un espacio vacío frente a ellos, y después de lo que hemos vivido estos últimos días, solo puedo pensar que será para algo terrible. Me estremezco.
Dos Altos Maestros dan un paso adelante y se separan del grupo.
Uno es el Valfiero de pelo negro, con la cabeza alta y el mismo porte que Laurela, mientras que el otro es irreconocible, a causa de la máscara de oro que le cubre el rostro por completo.
Y sin embargo, es precisamente este objeto lo que nos permite a todos nosotros comprender que por fuerza tiene que ser el Alto Maestro de los Trasladores.
Me pregunto qué se esconde bajo esa lámina de metal, qué sufrimientos ha tenido que padecer a lo largo de su dilatada vida, de qué cicatrices se ha hecho cargo.
—Yo soy Alberico Valfiero, Alto Maestro de los Leviantes y Almanario —dice el primero.
Parece que nos observa uno a uno. Yo sigo su mirada.
Vislumbro el cansancio en los rostros de los Iniciados que ocupan la Arena y me detengo cuando encuentro a la Tropa de Paris.
Lisandra está cerca del hijo de la Primera Voz.
Está mirando a Teobaldo, y luego su mirada se desplaza a Romeo.
Sé que ella no habría tenido nada en contra si yo hubiera muerto de la mano de Sansón.
No es de las que tienen problemas con la muerte, como ya demostró en la escalera de piedra, y no ha tardado mucho en olvidar que en el banquete estaba pendiente de cada palabra de mi primo; ahora ya se ha amoldado a su nueva Tropa.
—Conmigo —continúa Alberico Valfiero— está Cleo Aspidi, Alta Maestra de los Trasladores.
Es una mujer. Ni siquiera me había percatado; me doy cuenta con un escalofrío. Quién sabe qué atrocidades debe de haber soportado.
La Alta Maestra Cleo hace un pequeño gesto con la cabeza, y luego Valfiero retoma el discurso:
—Hoy empieza una nueva vida para vosotros, una vida hecha de cambios, a partir de vuestros cuerpos. Nuevos cuerpos que deberéis conocer.
—Yo el mío lo conozco —dice Terencio—, quisiera conocer otros.
Se producen algunas risas a nuestro alrededor, nerviosas, una manera de soltar el miedo y la tensión, pero los Ensiferios enseguida restablecen el orden.
—No hablo solo de vuestros músculos, que se desarrollarán y que os harán más fuertes y veloces que cualquier Rápido, sino de nuestra esencia más profunda.
De lo que nos hace ser lo que somos y que se esconde precisamente en el cuerpo.
Y no hay mejor manera de conocer un cuerpo que observar uno —concluye Alberico.
Un murmullo de curiosidad serpentea entre nosotros, los Iniciados, mientras cuatro Ensiferios hacen su entrada. Sostienen una camilla en la que hay algo tumbado. Lo cubre una sábana inmaculada, pero no es difícil intuir de qué se trata: el tejido descansa sobre las formas. Cabeza, brazos, piernas.
Nos quedamos en silencio y aguantamos la respiración.
Los Ensiferios colocan la camilla entre los dos Altos Maestros, dejando la sábana inmóvil.
Porque retirarla es el cometido del Alto Maestro, y Valfiero lo hace con un gesto delicado que sin embargo me azota como una hoja fría en la boca del estómago.
Porque el cuerpo que revela es el de Sansón Capuleto.
Íntegro, limpio. No hay rastro del espadazo que lo ha cizallado en dos. Si fuera un Rápido, se diría que está durmiendo, pero eso no impide que me quede boquiabierta.
Alberico extrae un puñal, idéntico al que me confió Netria antes de la Congregación, y lo hinca en la base del cuello de Sansón, donde las clavículas se encuentran.
—¡¿Qué es esta barbarie?! —grita Teobaldo.
El Alto Maestro alza la mirada hacia él y no logra ocultar una sonrisa.
—Esto, joven Capuleto, es ciencia.
Teobaldo quisiera responder, pero Folco le apoya una mano en el brazo y niega con la cabeza. Veo cómo mi primo aprieta la mandíbula y luego me lanza una mirada que me deja helada. Noto que se me humedecen los ojos, pero vuelvo a observar a Sansón.
El cadáver de Sansón.
Yo he sido la causa de su muerte, es justo que mire mientras Alberico arrastra el puñal a lo largo de su esternón.
La hoja corta piel, carne y hueso sin hacer ruido.
Se desliza ligero como el pincel de un pintor sobre el lienzo y deja detrás dos tiras de piel que se abren como los pétalos de una flor.
Cuando Alberico apoya el puñal en la camilla y usa ambas manos para abrirle el tórax a Sansón, para romperle los huesos, me viene una arcada. No soy la única: Baltasar se desploma en la arena, cetrino.
—Así es —dice el Alto Maestro—, por dentro somos así, es importante que lo sepáis si queréis sobrevivir a esta guerra.
Hago un esfuerzo para no cerrar los ojos, pero es difícil. Sansón era estúpido, servil, violento, pero yo me crie con él. Que lo abran en canal, como a un cerdo en el matadero, es un destino que nadie debería merecer.
—Este es el corazón —dice Alberico, usando el puñal para señalar el órgano—.
Es igual al de los Rápidos, bombea la sangre por todo el cuerpo.
Sin el corazón, se muere de inmediato. —Y le clava el puñal—.
Según los Rápidos, el corazón también es el lugar donde se albergan los sentimientos.
«No tiene corazón», dicen de quien es malvado. Pero los Rápidos no saben nada.
Alberico usa la mano con la que sujeta el puñal para inmovilizar el corazón de Sansón y mete la otra debajo del órgano.
Hurga, como se hurga en un cajón en busca de un dedal perdido, y luego, con delicadeza, extrae una especie de esfera blanca de pocos pulgares, de la que se devanan infinitos filamentos que parecen enrollarse y seguir las venas que se alejan del corazón.
Uno de esos filamentos es más grande y asciende hasta la garganta.
—Este es el corazón de la diosa, y solo nosotros, los Edenitas, contamos con uno. Es aquí donde el Tiempo y los recuerdos de los Rápidos se alojan cuando nos nutrimos. —Luego dirige una mirada a su colega—. Por favor, Alta Maestra Cleo.
La Trasladora se acerca. Ahora advierto que cojea, por mucho que trate de disimularlo. Casi me parece poder sentir su dolor constante, y me percato de que también Romeo, a mi lado, aprieta los dientes.
Cleo Aspidi pasa una mano cubierta con un guante blanco por encima del corazón de Sansón; por un momento este parece latir, y los filamentos se iluminan con una débil luz azul que enseguida se desvanece.
Alberico retoma la explicación. Su voz resuena en el silencio de la Arena:
—Es en el corazón de la diosa donde el Tiempo se transforma en poder, la Pertenencia se expande por todo vuestro cuerpo y os mantiene fuertes y os posibilita hacer cualquier cosa.
—Luego alza la mirada hacia nosotros—: No, antes de que me lo preguntéis: a pesar de la increíble demostración que nos ha ofrecido la Alta Maestra, es imposible infundir suficiente poder para restituir el latido de un Edenita.
Nadie puede devolver la vida, y eso vale tanto para los Extrema Sangre como para los Rápidos y para todas las criaturas de Alyaster.
Esta vez el puñal se abate sobre el corazón de la diosa de Sansón.
—Si perdierais el segundo corazón, lo perderíais todo: los recuerdos, la Pertenencia, la longevidad. Seríais como los Rápidos, pero todavía más inútiles, ni siquiera podríais servirnos de sustento: un terrible destino para quien incluso la muerte es preferible.
El Alto Maestro deja que sus palabras sedimenten en nosotros, hasta que el silencio se rompe.
—Pero si el corazón de la diosa es igual para todos, ¿cómo es que nuestras Pertenencias son distintas?
—pregunta una voz. Me giro: es Benvolio Montesco.
Está interesado, como un estudiante aplicado.
Como si aquello no fuera el cadáver de una persona, sino sencillamente la demostración de un teorema matemático.
—Aquí tenemos a un perfecto hombre de ciencia. —Alberico sonríe—. Porque la Pertenencia depende de la Marca del Alma, el símbolo que ha empezado a aparecer en vuestro cuello a partir del Primer Paso.
Alberico hace rodar el cadáver de Sansón para colocarlo de lado, de modo que todos podamos ver su Marca del Alma. Un triángulo dorado, por supuesto.