Romeo y Julieta Untold: La última congregación 20. Julieta #3
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20. Julieta #3

Ahí está, mi primo Folco Capuleto, culpable del asesinato de un Rápido.

En el centro de la hilera de Iniciados. Dicen las malas lenguas que lo mató solo para saber qué se sentía; algunos sostienen que la víctima era el hermano de una mujer con quien Folco tenía una relación; otros, en cambio, hablan de deudas de juego.

Pero yo no me lo trago: mi primo siempre ha sido obediente, cumplidor con las reglas.

Recuerdo sus entrenamientos, porque siempre le han fascinado los duelos.

Y siempre ha sido bueno. Su deseo siempre ha sido el de luchar con honor, ganarse la aclamación del gentío.

Con los hombros anchos y la fuerza de un león, no habría tenido problemas para matar, pero eso no significa que quisiera hacerlo.

¿Y entonces por qué lo hizo?

¿Por qué se deshonró con ese delito? ¿Por qué tuvo que desaparecer un solasterio, poniendo en peligro su futuro?

Ahora está resignado, porque en la Congregación la justicia de Edén se inclinó a su favor, pero en este momento otra hoja amenaza con caerle sobre el cuello. Y nadie, después de lo que ha sucedido, lo elegirá.

Tiene los brazos desganados, las manos juntas delante de la pelvis, los ojos cerrados.

A su lado está la Iniciada con la cabeza rapada que chocó conmigo nada más salir de la galería.

Al otro lado reconozco a un Iniciado de una familia de Transalpino, célebre por el entrenamiento al que somete a todos sus vástagos.

Y luego hay chicos y chicas que en cualquier otro momento habrían temido por sus vidas, pero que ahora son casi felices.

Porque saben que están a salvo. Saben quién de ellos morirá.

Quisiera correr hacia mi primo. Abrazarlo por última vez. Preguntarle qué lo empujó a deshonrarse con aquel delito.

Quisiera protegerlo, ahora, porque del guerrero que recordaba no queda nada.

—Folco Capuleto.

Cuando Romeo habla, incluso el Decano Lorenzo parece ojiplático por un batimiento. De la Tropa de Paris llega la carcajada de Lisandra, y otras se elevan, esmirriadas, de las demás Tropas e incluso de los grupos de Iniciados que todavía esperan su suerte.

Porque tiene que ser una broma, es lo que todos piensan. Como si hubiéramos alcanzado el colmo con mi elección y ahora estuviéramos resbalando hacia la farsa.

Y sin embargo Romeo está serio.

—Folco Capuleto —repite.

Mercucio alza el extremo de un labio esbozando una media sonrisa que le da un aire de zorro de Esopo. Asiente en silencio.

Folco abre los ojos y mira a su alrededor. Ni siquiera él da crédito. No se esperaba tener que andar y casi se tropieza mientras viene hacia nosotros.

Florencia es la primera en abrazar a su hermano, le rodea el pecho y apoya la cabeza en su hombro. No la había visto nunca así.

Romeo se queda ahí y lanza un suspiro de alivio como si hubiese pasado más miedo él que Folco.

Quisiera tomar sus manos entre las mías y darle las gracias.

Es probable que lo haya hecho solo para saldar su deuda conmigo, pero su mirada parece decir lo contrario, como si pensara honestamente haber hecho lo correcto.

Yo noto algo en la boca del estómago, una ligera presión que me dificulta la respiración. Pero no es una sensación desagradable.

—Esto no va a traer nada bueno —oigo que susurra Benvolio—. ¡Os habéis vuelto todos majaretas! —grita, por encima del murmullo en la Arena.

Lo miro como si pudiera arrancarle la lengua, y él cierra la boca.

—Tiene la Marca —sentencio.

—¿Te crees que eso lo arregla todo? —pregunta Teobaldo a Romeo—. ¿Crees que de esta manera olvidaré…?

—No eres siempre el centro del mundo, Teobaldo —lo reprende Mercucio—.

Las motivaciones de su elección son suyas y de nadie más…

Por más que me gustaría saber cómo es que todo el mundo ha tomado mi Tropa por un espectáculo de Carnaval…

—Su mirada pasa de Romeo a mí, hasta Terencio—.

No es que tenga nada en contra: me gusta el Carnaval, aunque eso signifique tener la peor Tropa posible. Pero será divertido.

—¿La peor posible? —pregunta Terencio. Bajo su camisa, todavía húmeda, hincha los músculos del pecho.

—Podría ser la mejor —le concede Mercucio—. Pero veremos cuánto tiempo tardáis en acabar luchando en el barro.

—Como si tú fueras ajeno a eso —murmura Teobaldo.

Mercucio le lanza una mirada seráfica.

—¿Cuerpos entrelazados en el barro? No, en efecto, diría que no.

Mientras las elecciones de los Iniciados prosiguen y las Tropas crecen cada vez más, me pregunto de qué están hablando.

Hay algo que se cierne entre todos ellos que tiene mucho más peso que la guerra entre nuestras familias y que la ocurrencia de Mercucio no logra ocultar.

Algo que todavía no comprendo del todo, como un enigma del que no poseo todas las piezas.

Folco tiene la cabeza gacha cuando le toca a él señalar al Iniciado que se unirá a nosotros.

Frente a él, los últimos que quedan son una chica sinuosa como una serpiente lista para atacar, con el pelo oscuro que le rodea el rostro anguloso, como para querer esconder en balde una cicatriz que la marca de la mandíbula al mentón, y el Albino.

Al principio, me parece que sus ojos rojos están fijos en Folco, pero pronto me percato de que está mirando a Romeo, a su espalda.

Folco permanece en silencio, me mira de reojo, busca a Florencia y a Teobaldo. No quiere escoger. No quiere causar una muerte.

El Albino hace un movimiento con el pie, casi imperceptible. Traza una sutil línea sobre la arena y sigue mirando a Romeo. Cierra un puño y lo envuelve con los dedos de la otra mano. Parece un saludo, y un movimiento de una danza de guerra, y un gesto de protección.

Folco lo señala. Solo un gesto con la barbilla, pero es suficiente para que el Albino venga hacia nosotros mientras Lorenzo anuncia:

—Amleto Selvalancha.

—Si sucediera —dice Folco a Amleto, cuando él lo alcanza—, si me transformara, quiero que estés cerca de mí. No quiero hacer daño a nadie; dame una muerte rápida.

Porque Amleto es un Cazador, por eso lo ha llamado. Folco ha elegido a la persona entrenada para matarlo, en el caso de que no lograra recibir el Vínculo.

—No será necesario —digo, pero ahora el miedo de Folco mora también en mí.

La chica, que se ha quedado sola, se deja caer de rodillas y toda su aura de amenaza desaparece como por arte de magia.

Llora, la desesperación le rompe la voz mientras ruega a Lorenzo que le perdone la vida.

Pero el Decano es sordo a sus imploraciones, y los Ensiferios son servidores que cumplen su deber con celo.

Aparto la vista cuando la hoja cae sobre ella.

Cerca de mí, oigo la voz de Amleto:

—No lo olvidaré —susurra.

Me giro hacia el Albino, pero él ya se ha alejado. Está a unos pasos de Romeo, desde donde puede ver con claridad a todos los demás componentes de la Tropa.

No da demasiada importancia cuando le toca elegir a él el primero, ni siquiera se mueve: su decisión es rápida y evidente.

—Alena Chentacro —llama, con su acento áspero.

Esta vez, mientras la chica con un solo ojo se une a nosotros, Mercucio esboza una sonrisa que es imposible pasar por alto. Los vimos todos, a ese par, en el agua.

Me pregunto si hay algo entre ellos.

Me pregunto cómo puede nacer el amor en un lugar de sangre como este.

Alena agita su larga melena. Se la aparta, no tiene ninguna intención de esconder la órbita vacía.

—Bien —dice—. No podría desear nada mejor. —No está bromeando, está dispuesta a afrontar cualquier reto. Sería una perfecta Capuleto. Más que yo, quizá.

Las Tropas están casi al completo. Once Iniciados han sido ajusticiados desde que entramos en la Arena. Su única falta: no haber sido considerados dignos por sus semejantes. Demasiado asustados, demasiado insignificantes, demasiado débiles.

Y es por eso por lo que Baltasar Aguaviva morirá.

Paris profiere un grito de rabia cuando Lisandra Corvato no lo elige.

No quiere un estorbo en su Tropa, ella. Tanto le da que sea el hijo de la Primera Voz, no respeta ni las Tradiciones ni los pactos entre las casas, no da importancia a las ventajas que podría sacar.

Cuanto más la observo, delgada y tensa como el aguijón de un escorpión, más creo que le pega el nombre de su familia.

Ella ha nacido para darse un banquete con los cadáveres.

—Gilipollas —dice Mercucio. Hasta Benvolio se moja, usando un epíteto mucho más ofensivo.

Paris mira a su alrededor. Aunque sea el más fuerte de entre todos nosotros, y el más noble, eso no cuenta para nada. Ahora en sus ojos solo hay miedo.

Baltasar parece minúsculo, un niño en medio de gigantes. Se aguanta el brazo inútil contra el pecho. Busca a su hermano con la mirada y murmura una disculpa.

Porque nació lisiado, porque la Academia no está hecha para los que son como él. Hay que ser perfectos para convertirse en Extrema Sangre.

Baltasar morirá, y una muerte ahora será más rápida y clemente de la que podría aguardarlo en el solasterio que viene.

Romeo aprieta los puños, veo que querría oponerse.

Si por él fuera, hoy no habría muerto nadie.

Para él, todos tienen derecho a servir a Alyaster.

Pero no puede hacer nada, porque no es él quien debe elegir.

Busca con la mirada a Mercucio, como si nuestro Capitán pudiese interceder, y quisiera que así fuera.

Hay nobleza en salvar a los últimos, ya sean un estorbo como un cachorrito de perro bajo la lluvia.

—Cuántas monsergas —dice Alena. Ella es la última que debe elegir—. Baltasar Aguaviva —vocaliza bien—, ven con nosotros.

El chico alza el cuello escuchimizado.

—Tu brazo no funciona, yo he perdido un ojo. Puede que ni siquiera juntos logremos manejar un arco, pero no es una razón para abandonar la esperanza.