20. Julieta #2
Parpadeo. Todos tienen la vista puesta en mí: los Altos Maestros, los Iniciados, mis compañeros de Tropa. El Decano Lorenzo frunce el ceño mientras me examina. Es como si, en los últimos batimientos, no hubiera estado aquí.
Han llevado a otro grupo de Iniciados frente a las Tropas y han hecho las demás elecciones mientras yo trataba de expulsar a la bestia a las profundidades ocultas de donde proviene. Diecinueve Iniciados se han reunido con sus compañeros, y solo dos se han quedado sobre la arena ensangrentada.
Me toca a mí elegir quién hallará la hoja del verdugo.
Uno es Sansón, que traza círculos con el pie en la arena y me mira mordiéndose el labio como diciendo «¿A qué esperas?».
Pero el otro Iniciado es Romeo Montesco.
Benvolio grita a mi espalda.
—Estúpido idiota, ¡lo has condenado a muerte! —No la ha tomado conmigo, sino con Terencio. Noto movimientos detrás de mí, un gruñido del Malvecio. Benvolio debe de haberse abalanzado sobre él.
Pero mi corazón late e inspiro hondo, porque siento un calor que me aviva el pecho, un calor que no conozco, no de este modo. Deben de ser los recuerdos de la nodriza, todavía anidados en mi interior.
Observo sus ojos verdes. Ahora que el sol los ilumina, logro distinguir sus tonalidades.
Musgo y tallos de hierba oscura que se encuentran y se entrelazan alrededor de sus pupilas.
Tiene el pelo todavía húmedo, gotas de agua le resbalan por la piel, recorren el perfil de sus labios, que destacan en la tez clara.
Mi respiración se acelera. Es el enemigo, Romeo Montesco.
No se fía de mí aunque le haya dado mi puñal.
¿Por qué tengo que sentir este calor por quien debería odiar?
Cierro la boca.
Sansón hace ademán de avanzar hacia nosotros, pero un Ensiferio le corta el paso con su espada.
—Ey —dice él.
El Ensiferio le clava los ojos en silencio.
Sansón. Sansón, que quiere matar a los Montesco. Uno a uno. Degollarlos. Infringir la Ley. Sansón, que se acerca en el agua.
Sansón, a quien le trae sin cuidado si yo muero, si eso significa asesinar a Romeo Montesco. Sansón, que está tan seguro de que todo saldrá bien. Que cree que puede hacer lo que quiere. Cree que puede sacrificarme.
Sansón, mi primo. Si lo dejo aquí, si complazco a mi corazón, Teobaldo no me lo perdonará jamás. Le destrozaré la vida, además de la de Sansón.
Los Capuleto no fracasan, me repito. Los Capuleto son una familia nacida para la guerra. Nacida para mandar. Somos mejores que los demás, Alyaster nos ha elegido. Todo lo que hacemos lo hacemos por la familia. Tanto da lo ineptos que sean nuestros consanguíneos. Esta es la enseñanza de mi padre.
Y entonces ¿por qué se me antoja tan equivocada?
Romeo no me mira. Mira a sus amigos, como para saludarlos por última vez.
Sabe cómo acabará, pero en él no hay resquemor, porque ellos siguen vivos.
Eso le basta. Eso es lo que le importa, incluso ahora.
Porque, si pudiera, él salvaría a todo el mundo.
Susurra algo que no entiendo, tal vez un nombre. Sus labios se mueven.
—Estoy listo desde que nací —dice, cuando finalmente su mirada se posa en mí—. Haz de mí lo que quieras, Julieta Capuleto.
Mi corazón late cada vez más fuerte. Me tiemblan las manos. Incluso la bestia que mora en mí guarda silencio ahora.
Algo en mí muere. Otra cosa nace.
—Romeo Montesco —digo.
Sansón pone los ojos como platos y abre mucho la boca para gritar, pero no se oye nada. En cambio, Teobaldo reniega y tira de mí. Incluso a Terencio se le escapa una blasfemia. Florencia me agarra del hombro.
Luego al fin Sansón recupera la voz.
—¡¿Te has vuelto loca?! —me vocifera—. ¡Maldita zorra, no eres nada más que eso!
Pero al Ensiferio todo eso le trae sin cuidado y blande su hoja sobre Sansón, y por un batimiento me parece que yo no estoy aquí.
Pero la conciencia de lo que he hecho cae sobre mí de inmediato.
El cuerpo de Sansón yace en la arena. En su rostro todavía hay una expresión de rabia mezclada con estupor.
El corte perfecto que la hoja del Ensiferio le ha infligido no ha logrado borrarla.
Siento que se me graba en los ojos, inmortal, y sé que no me abandonará jamás, así como sus últimas palabras.
No oigo los comentarios y los gritos de sorpresa de los Iniciados que abarrotan la Arena.
El hielo se esparce por mi cuerpo, me invade como si me hubieran arrojado a un lago helado.
Como si yo misma estuviera muerta. El corazón acelera su latido mientras me estremezco al sentir, a la perfección, la última chispa de vida abandonar lo que queda de mi primo.
La que todavía se aferraba a Edén. Su sangre se derrama y es absorbida lentamente.
Se transforma en un barro oscuro, de un violeta que me recuerda al brocado de un vestido que mi padre hizo confeccionar por mi sexto solasterio, para una fiesta de máscaras que organizamos en el Palacio de los Capuleto para celebrar una gran victoria que había obtenido.
Una conquista que costó la vida de una reserva de la que ni siquiera recordaba el nombre.
Casi me deslizo en los recuerdos: es mi mente, que intenta huir de lo que he hecho.
Porque el pecado que he cometido no tiene perdón.
No he ido contra las Leyes de Edén, no he violado los mandamientos de Alyaster, no he permitido que una Disonancia llevara a cabo la obra del Enemigo.
No.
He hecho verter la sangre de mi familia. He preferido un Montesco a un Capuleto, e incluso antes de oír el rugido de Teobaldo, sé que nada volverá a ser como antes.
Mientras Romeo pasa junto a mí, con el pelo largo que se mueve a cada paso que da, me lanza una mirada de asombro. Todavía no da crédito a que lo haya salvado. A pesar de las cadencias pasadas encadenados juntos, todavía se esperaba que lo sacrificaría.
Y entonces Teobaldo se abalanza sobre mí.
—¿Por qué? —grita.
Pero Romeo da un paso al lado y se planta frente a mí con los puños cerrados y los músculos del cuello tensos.
Como si yo lo necesitara: mi cuerpo reacciona con un instinto que no parece propio de mí. Al hielo de la muerte lo repele el fuego de la rabia. Clavo mis ojos en los de mi primo, lista para atacar.
Teobaldo está fuera de sí y resopla como un toro, mientras que el rostro de Florencia se ha transformado en una máscara de odio.
A nadie le importan las palabras de Lorenzo. Antes de que los Ensiferios puedan intervenir, otra sangre regará esta arena. Sangre de Montescos y sangre de Capuletos.
Pero entonces una carcajada, cristalina como un arroyo montano, colma el aire. Es errónea, inoportuna, pero Mercucio no hace nada para ahogarla.
—Perdonad —dice—, pero si ya queréis haceros trizas ahora como gallos un poco demasiado crecidos, os ruego que me aviséis: renunciaré a mi rol de Capitán y cambiaré de Tropa.
O más bien, iré directamente a arrojarme desde una peña mejor que teneros a todos en la consciencia antes incluso de que la Academia haya empezado.
Veo que Romeo relaja los hombros y afloja los dedos.
Los Ensiferios han dado un paso hacia Teobaldo, pero ahora mi primo retrocede.
—Bien, veo que todos somos personas razonables —dice Mercucio—. Romeo, bienvenido a mi Tropa. —Le guiña un ojo.
Y así, bajo la mirada de Lorenzo, Romeo se reúne con sus amigos. Terencio lo abraza y lo alza a fuerza de brazos. En cambio, Benvolio me escudriña como si quisiera descubrir todos mis secretos.
Cuando Terencio vuelve a dejarlo en el suelo, Romeo me dirige solo un breve gesto con la cabeza, y con su mirada siento que la rabia que me quemaba por dentro se apacigua.
Se ha acabado, Mercucio lleva razón. Desde ahora somos una Tropa y deberemos dejar de lado las guerras familiares. Y sin embargo, más que una Tropa, tengo la impresión de observar un dique a punto de ceder.
Y creo que mi tía piensa lo mismo. No tengo el valor de volverme hacia ella, pero noto su mirada sobre mí.
Me pregunto si le contará a mi padre lo que he hecho, o si su juramento a la Academia será más fuerte que el vínculo de sangre.
Sea como sea, sé que cuando salga de aquí tendré que afrontar las consecuencias de mi acto.
Lorenzo se aclara la voz, y esta retumba por toda la Arena.
—Si habéis acabado de comportaros como Rápidos impúberes, podemos proceder. Romeo Montesco, haz tu elección.
Una parte de mí quisiera desaparecer después de lo que he hecho, pero hay otra parte de mí que me hace tener la cabeza alta, porque todos nosotros, que ahora formamos la Tropa de Mercucio, hemos tenido la potestad de elegir, ¿y por qué debería haber cumplido la voluntad de otro?
La sangre dice que Teobaldo es mi primo, la manera en que nos hemos criado me dice que somos como hermanos, pero no por eso tengo que someterme a su voluntad.
No siempre. No cuando mi corazón late con tanta fuerza que es imposible que me haya equivocado.
Miro a Romeo. Él también tiene la cabeza alta, y una expresión de orgullo, mientras mira fijamente al Decano Lorenzo y asiente. Está listo.
Los nuevos Iniciados avanzan en silencio frente a las Tropas, con la cabeza gacha. Han asistido a la barbarie; a estas alturas saben que uno de sus nombres no será pronunciado y correrá más sangre, que embadurnará el suelo.
Se colocan, se posicionan uno al lado de otro. Tratan de ignorar que ahora sus pies se hunden en la sangre, pero en su mirada hay alivio.
En todos, salvo en uno.
Desfilan frente a nosotros con los rostros iluminados por el sol, que no otorga importancia a nuestros sufrimientos por Edén. Un murmullo se extiende entre las Tropas.
—Nunca vendrá con nosotros —murmura alguien.
—No merece estar aquí. No merece estar vivo —susurra uno.
—Debería haber sido ajusticiado hace un solasterio —dice otro.