Romeo y Julieta Untold: La última congregación 20. Julieta
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20. Julieta

Julieta

Con la ejecución del Iniciado, el terror sustituye al entusiasmo, mientras los Ensiferios nos hacen avanzar de nuevo y retiran el cuerpo. Nos acercamos al centro y el único sonido que se oye es el de nuestros pies sobre la arena. Como una procesión en el desierto.

En cada grupo, un Iniciado morirá.

Nadie desafiaría a un Capuleto abiertamente, pero esa podría ser la manera ideal de eliminarnos haciendo recaer la culpa en el destino.

A lo mejor Romeo no lo haría, pero me imagino que otros Montescos no se lo pensarían dos veces antes de hacernos ajusticiar por un Ensiferio.

Necesito entender cómo estamos colocados, necesito saber que Teobaldo tendrá una posibilidad, así como Florencia, Folco y yo.

Miro a mi alrededor: en uno de los grupos frente a mí está Teobaldo, y todavía más adelante, Florencia. Detrás de mí logro vislumbrar a Sansón y a Folco.

Lanzo un suspiro de alivio, pero dura poco.

Es el momento del segundo grupo.

Paris, que tiene la mirada fija en Baltasar, hace ademán de continuar con su segunda elección, pero Lorenzo lo detiene: no es él quien debe decidir, sino Federico Palacordio. Paris abre la boca:

—Deberías elegir…

—No —lo interrumpe el Decano—. No te corresponde a ti. Deja que cada uno ejerza su propio derecho y asuma sus responsabilidades.

De modo que es así como funciona: sin posibilidad de hablar, las Tropas se forman como una cadena, como eslabones que se enlazan de una familia a otra, a través de conocidos, vínculos y amistades que se estiran más y más, y más y más se alejan del centro representado por el Capitán.

Apenas elijan a Florencia, y por lo tanto le toque a ella llamar al próximo en su Tropa, lograremos reunirnos todos: cada Capuleto podrá escoger a un propio consanguíneo. Me pregunto cuánto habrá pagado mi padre por semejante trato de favor.

Federico Palacordio, por lo tanto, elige a una chica que podría ser, bueno, su reflejo en el espejo si no fuera por el pecho.

Supongo que es su hermana; le ha ido bien.

Le toma el rostro entre las manos, tiene lágrimas en los ojos.

Él deja escapar un sollozo mientras ella lo abraza.

Están juntos, la sangre de ella no manchará la Arena.

Al final, él alza la cabeza y profiere un grito de alegría.

Hay un afecto entre ellos tan fuerte que me duele: no consigo imaginarme ni siquiera a Teobaldo comportándose así por mí delante de todos.

Ese amor, cualquier amor, parece prohibido para los Capuleto.

—Ágata Palacordio —anuncia el Decano confirmando mi sospecha.

Cuando le toca a Benvolio Montesco, no duda: llama consigo a Terencio. El gigante se une a la Tropa de Mercucio. Los dos se estrechan el antebrazo como si juntos se hubieran enfrentado a mil cataclismos. Hermanos, aunque no de sangre. Terencio se echa a reír y nada puede aguar su alegría.

Sin embargo, luego el vigesimoprimer Iniciado es ajusticiado de nuevo, y mientras se llevan su cadáver a rastras, su alma se eleva para reunirse con Alyaster siguiendo el canto de los Altos Maestros. Otra víctima en el altar de la Academia, otra mala hierba arrancada del jardín de la diosa.

Es en el momento de la tercera elección cuando, por primera vez, se me encoge el estómago.

Hay alguien que conozco, con quien he crecido: Laurela Valfiero está en el grupo de Iniciados.

Se abraza a sí misma, como si quisiera protegerse.

Debo hacer un esfuerzo para recordarme que es malvada, tengo que evocar lo que le hizo al perro aquella noche.

Porque la que veo ahora es una chica asustada, con los ojos que miran en todas direcciones en busca de la salvación.

Anteo no está, la Tropa de Paris ya ha elegido, todos han visto a Laurela débil en la gruta, incapaz de salvarse sola.

Inútil, chillando. ¿A quién le serviría?

Ahora ella también lo ha entendido: es una Valfiero, pero a la muerte su apellido le trae sin cuidado.

Y también a los Iniciados. Porque puede ser muy buena espadachina, pero aquí hay muchos que podrían derrotarla, salta a la vista.

No tiene nada que ofrecer, y si contaba con la protección de los Corvato, a estas alturas sabe que a Lisandra, en cambio, no le interesa respetar las Tradiciones.

Cuando Laurela se sorbe la nariz, me doy cuenta de que casi —solo casi— me da lástima.

La escarnecerán y la dejarán ahí, mientras los Iniciados se irán reuniendo con sus nuevos compañeros uno a uno.

Y la primera afrenta la recibirá de inmediato, porque le toca a la Tropa de Mercucio hacer la elección.

Terencio Malvecio camina adelante y atrás enfrente de veintiún Iniciados, se pasa la mano por la cabeza, pensativo. Y luego asiente, y en su rostro se esboza una amplia sonrisa. Da un paso adelante y se inclina frente a ella.

—¡Laurela Valfiero! —anuncia Lorenzo.

¿Qué? Terencio debe de haberse vuelto majara.

Primero pienso que no debo de haberlo oído bien, o que el cansancio me ha trastocado los sentidos. Pero después el Decano repite el nombre.

Laurela se recobra, como si hasta este momento hubiera estado en otra parte. Lista para ver bajar sobre ella la espada de un Ensiferio. Parpadea y mira al Malvecio, que todavía está inclinado frente a ella.

—No me gusta estar en deuda.

—Mi señora Valfiero, vos no estáis en deuda conmigo. Estáis en bancarrota.

Laurela aprieta la mandíbula, pero no de rabia, sino para evitar que se le escape una carcajada. Quizá liberatoria o cómplice con el gigante al que Laurela sigue para unirse a la Tropa, y Terencio vuelve atrás con una sonrisa de oreja a oreja.

Recuerdo cómo la miró durante el banquete, antes de que todo se transformara en una masacre. ¿Pero de veras tiene la intención de llevar a una Valfiero a su propia Tropa, donde ya hay un Montesco, probablemente poniendo en peligro el equilibrio, solo por un encaprichamiento?

Benvolio debe de haber pensado lo mismo, porque hace ademán de protestar, pero ya es demasiado tarde. Y sin embargo, cuando Laurela se coloca junto a Terencio, con la cabeza alta, me parece que sus ojos también sonríen, aunque solo un poco.

Seguimos avanzando; la sangre de otro Iniciado mancha la Arena. Cuando le toca a Laurela elegir, tiene la posibilidad de llamar a Florencia consigo, que se reúne con ella brincando alegremente. Claro, mi prima no ha dudado ni un momento.

Después de que los Ensiferios se lleven otra vida por Alyaster, Florencia llama a Teobaldo, que se une a la Tropa de Mercucio obsequiando a este último con una mirada capaz de matar a una Selfiera.

Y sin embargo, a pesar de esa sonrisa, camina despacio, mirando a su alrededor.

Es como un lobo, sin duda. Pero un lobo al que han arrojado a la fosa de los leones.

Un escalofrío me recorre la espalda. Siempre he pensado que Teobaldo puede enfrentarse a cualquier cosa, pero ahora temo por él.

Espero que Netria intervenga, que el Decano Lorenzo se dé cuenta de que no se puede formar una Tropa como esa: tener a Montescos y a Capuletos, a Malvecios y a Valfieros mezclados es una insensatez.

Sería como implorar a Alyaster que derrame nuestra sangre.

Sería como lanzarnos de cabeza, desnudos, hacia una Catástrofe.

Terencio cierra los puños y mi primo lo mira como si el Malvecio no le sacara toda una cabeza. Benvolio se acerca a su amigo; su mano se abre y se cierra como si fuera a empuñar una espada inexistente. Laurela y Florencia se colocan a lado y lado de Teobaldo.

Un murmullo se difunde por entre todos los Iniciados, todavía aguardando, como si esperaran que la Ley se infringiera de un momento a otro. Los Ensiferios se acercan a la Tropa de Mercucio.

Aguanto la respiración.

El Decano Lorenzo ladea la cabeza, parece solo curioso.

Y entonces Mercucio sonríe y alza la mano en señal de saludo hacia Teobaldo.

—Será un reto —dice.

Entre los Iniciados, alguien se ríe.

Mi primo rechaza el saludo, pero sus hombros se relajan.

Me parece que no respiro hasta que los Ensiferios hacen avanzar al grupo.

Doy pasos por la arena, siento los ojos de todo el mundo sobre mí.

Netria, al lado de los demás Maestros, asiente despacio y sonríe con los ojos de un modo que solo yo puedo notar.

Sabe que estaré protegida: mientras Teobaldo y yo estemos juntos, no nos podrá ocurrir nada malo. Sin embargo, yo ya no estoy tan segura.

Teobaldo me señala sin hesitar y me reúno con mi familia.

Florencia me ofrece una sonrisa tensa, Laurela asiente.

Mi primo me acaricia la mano con la suya.

Advierto su agitación, es como si sintiera su corazón latiendo con el mío.

Percibo, por primera vez, su miedo. Me quedo aquí, a su lado, mientras veo a los Iniciados ser elegidos uno a uno, hasta que el último que queda se desploma sobre las rodillas frente al Ensiferio que lo ajusticiará.

En estas cadencias deberíamos habernos acostumbrado a la muerte, pero no es así.

No para los demás. Cada vez que un Iniciado se queda solo, sin elegir, y cada vez que la hoja cae sobre él, noto que se aguantan las respiraciones con la esperanza de que se detenga en el último batimiento. Que se perdone una vida.

Las espadas desmiembran los cuerpos jóvenes, liberan sus almas, y yo, ahora que estoy tan cerca de la sangre, siento como si ese sufrimiento me acariciara.

Cada grito ahogado, cada vida truncada, es como si la sintiera en el fondo del paladar, pero no soy yo.

Es la bestia que gruñe en mi interior. Busco la esfera que me ha dado Netria, escondida en un bolsillo de los pantalones de mi uniforme.

Mis dedos la acarician y noto que una de las secciones está rota.

Me concentro en ese movimiento, hasta que la bestia se apacigua de nuevo.

—¿Julieta? —me llama Teobaldo.