19. Julieta #3
—Vosotros —anuncia de hecho el Decano, dirigiéndose a los veinte que tiene enfrente—. Vosotros os habéis distinguido por vuestras gestas y vuestro espíritu a través de la entrada de agua…
De los Iniciados se elevan gritos de ánimo; alguien celebra la casa de Escalo, pero los soldados lo hacen callar enseguida. En cambio, otro, detrás de mí, protesta con asombro. Me giro. Tiene un acento del Norte: es un albino con el pelo largo.
—Gilipolleces —dice.
Inmediatamente, un Ensiferio lo golpea entre los omoplatos, haciendo que se tambalee hacia delante. El silencio, ahora, es sepulcral.
Y sin embargo el Albino debe de tener razón: Romeo Montesco está no muy lejos de mí, con la mirada cargada de ira dirigida al centro de la Arena.
Lo entiendo perfectamente: según el razonamiento del Decano, él debería estar allí, justo como yo.
Si la entrada de agua debía medir gestas y espíritu, entonces deberíamos haber sido distinguidos ambos, y sé que los Altos Maestros lo saben, porque no cabe duda de que nos han observado durante la prueba. ¿Por qué no estamos allí?
Algo se agita en mi interior. Rabia. Estoy a punto de dar un paso adelante, pero es como si sintiera encima de mí la mirada de Netria.
Instintivamente, me meto la mano en el bolsillo de los pantalones en que he guardado la esfera que me dio.
Cierro los ojos por un batimiento y dejo que la rabia se retire a las profundidades de mi interior, esperando que se adormile.
—Vosotros —continúa Lorenzo señalando a los veinte Iniciados—, vosotros seréis los Capitanes de las veinte Tropas de los Iniciados: cada Tropa actuará como un único cuerpo, razonará como una única mente, colaborará y destacará para demostrar que la gloria de Alyaster os pertenece.
Respetaréis sus reglas y serviréis a su voluntad y, en este solasterio de sudor y sufrimiento, demostraréis que seréis capaces de gobernar y proteger el mundo que la diosa nos ha confiado.
Escuadras. Nos están dividiendo en escuadras.
Luego Lorenzo se dirige de nuevo a todos nosotros.
—Desde este momento, formáis parte de la Congregación —dice—.
Desde este momento, el que vierta la sangre de un Iniciado hallará la Abnubilación.
Desde este momento, ningún arma podrá alzarse contra vosotros, empuñada por un compañero o por un externo, puesto que todos pertenecéis a Alyaster, y solo la diosa podrá reclamaros a su abrazo.
Capto movimientos a mi alrededor, hombros que se relajan, suspiros de alivio. Más adelante, veo cómo Lisandra niega con la cabeza, irritada.
Estúpidos, se creen que eso significa que no habrá ninguna muerte más, pero se equivocan: hemos visto qué pocos Extrema Sangre salieron por Puerta Imperia. Todavía somos demasiados aquí dentro. Lo que el Decano está diciendo es, simplemente, que no es decisión nuestra quién morirá.
—Prosigamos y que se haga la primera elección —decreta al fin Lorenzo.
Los Ensiferios nos ordenan que nos movamos, y el primer grupo de veintiún Iniciados se detiene frente a los veinte Capitanes.
Lorenzo hace una señal a Paris. El hijo de Escalo ladea la cabeza, con aire interrogativo. Hay algo que lo turba, y he comprendido qué es.
Son veinte Capitanes, pero frente a ellos hay veintiún Iniciados.
—Ánimo —dice Lorenzo—. Paris Aguaviva, haz tu elección.
No todos seremos acogidos en una Tropa.
Paris deja vagar la mirada por los Iniciados que tiene delante.
Está buscando a alguien. A su hermano, probablemente.
Sigo su mirada y entorno los ojos buscando en la multitud de Iniciados que abarrotan la explanada.
Allí está, Baltasar se encuentra en el último grupo; su hilera casi roza las gradas de la Arena.
El hijo menor de Escalo se aprieta el brazo raquítico contra el cuerpo.
Su mirada rebosa miedo, pero no aparta los ojos húmedos de su hermano.
Mueve los labios sin decir nada. Todos sabemos que, sin la ayuda de Paris, la vida de Baltasar aquí será imposible.
—Paris Aguaviva —repite Lorenzo—, aquí no gozas de más derechos que los demás.
Así que resuelve escoger a un Iniciado con la tez olivácea y el cabello negrísimo.
Tiene unas manos con las que podría hacer añicos la piedra.
A pesar del tiempo que ha pasado en el agua, su camisa todavía conserva trazos de sangre.
Lo reconozco: si no hubiera arrastrado a Teobaldo bajo la mesa durante el banquete, quizá esas manos se habrían llevado la vida de mi primo.
—¡Federico Palacordio! —anuncia el Decano.
Los Ensiferios lo acompañan junto a Paris, que da un paso atrás. El Iniciado se permite un gesto de triunfo con el brazo.
A continuación, es el turno de Mercucio.
Hay un momento en que parece que el chico rubio esté a punto de decir algo, para protestar, tal vez, pero al fin guarda silencio y agacha la cabeza: si Paris no ha podido hacer lo que quería, ¿qué derecho podría tener él?
Cuando vuelve a alzar la mirada, tiene una sonrisa divertida en el rostro, como si acabara de hacerle quién sabe qué jugarreta al Decano.
Como si nunca hubiera dudado. Alarga la mano como si estuviera invitando a una dama a bailar y señala a Benvolio Montesco.
Al parecer, los vínculos que debíamos haber roto al entrar en la Academia son más sólidos de lo que los Altos Maestros se esperaban. ¿Quién lo hubiera dicho?
El proceso continúa de esta manera, un Capitán tras otro. Cada vez que un Iniciado ingresa en su Tropa, de las hileras se levantan murmullos de aprecio o de asombro, los amigos se abrazan, los hermanos y primos se reúnen, las alianzas estrechas entre padres salen a la luz.
Al final, los veinte Capitanes han elegido a un compañero para su Tropa y, frente a ellos, solo ha quedado un Iniciado. Grácil como un tallo de hierba, con el pelo ralo y pelirrojo como el alba. Pálido por naturaleza y, supongo, todavía más por el pavor que lo invade. Mira a su alrededor, nervioso.
Murmura:
—Por favor.
Un Ensiferio avanza. El Iniciado cierra la boca de inmediato, pero el soldado no se detiene.
Alza la espada por encima de su cabeza. Es un arma pesada, casi tan alta como un hombre, pero él la maneja como si fuera una joven rama veraniega.
Luego desplaza un pie hacia atrás para hacer de contrapeso y, sin mediar palabra, baja el arma en un movimiento oblicuo y elegante que cizalla al Iniciado desde el hombro, un poco por debajo de su Marca, hasta el costado opuesto, atravesándole el corazón.
Las dos mitades del cuerpo caen con un batacazo.
Parece que todo el mundo, ahora, está a la escucha mientras la vida abandona su cuerpo.
La sangre sale a borbotones y se mezcla con la arena.
La Iniciada que tengo al lado, una chica menuda pero de grandes hombros, se dobla en dos y vomita.
O mejor dicho, vomitaría si en su estómago hubiera quedado algo.
Escupe saliva y gorgotea. Otro Iniciado grita, pero su grito se apaga de inmediato.
Hago un esfuerzo para no apartar la vista. Me parece percibir otra cosa: esta muerte es distinta. Como un temblor a mi alrededor, una pequeña onda que se propaga del cuerpo del Pelirrojo. Como si una voz, que antes no sabía oír, de golpe hubiera enmudecido.
Mientras la mañana parece hacerse más gélida y el Ensiferio se lleva lo que queda del Iniciado, los ocho Altos Maestros empiezan a salmodiar la Extremacción.