Romeo y Julieta Untold: La última congregación 19. Julieta #2
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19. Julieta #2

Y entonces la oscuridad se movió, y me percaté de que los dos en realidad no estaban solos.

Nunca lo habían estado. Algo se despegó de la pared de roca, como un antiguo soberano que desciende del trono con dificultad.

Más alto que el Extrema Sangre, tan antiguo que se confundiría con la tierra misma, vestido con un atuendo gris recubierto de polvo y musgo.

Su rostro estaba cubierto por una máscara que representaba a un joven con las facciones perfectas.

La nariz recta, la frente relajada, la mandíbula firme.

Pero la expresión de la máscara era afligida, y no de la manera exagerada de las máscaras de Carnaval de los Rápidos.

No: había una desesperación sutil que parecía real, demasiado real encima de la piedra clarísima y pulida de la que estaba hecho el ornamento.

Me recordó a algo, pero no logré averiguar a qué.

Lento e inexorable como el transcurrir de los centurios, dio un paso y luego otro.

Inmaculadas y perfectas como si las hubieran forjado aquel mismo día, las cadenas que le ataban los tobillos y lo encadenaban a la roca tintineaban pesadas sobre los peldaños de piedra.

Su respiración era el susurro de un mundo que no era el nuestro, y era lo único que hacía entender que aquella criatura estaba, en cierta manera, viva.

El Extrema Sangre hizo una reverencia.

—Mi señor —dijo, con la cabeza gacha.

—Tienes miedo —dijo la criatura. Su voz parecía el ligero crujido de las hojas húmedas.

—No tengo miedo —respondió él, pero su voz lo delataba. Temblaba como si fuera la peor de las noches de invierno.

—No me mientas, Liborio. No hay motivo, puesto que yo sé lo que sientes. La misma tierra, aquí, sabe lo que sientes.

La criatura le acarició el rostro lleno de arrugas en un gesto cariñoso. Cariñoso y peligroso a la vez.

—Puedo placar tu miedo. Puedo volverte sosegado. O temerario. ¿Lo preferirías?

Liborio negó con la cabeza.

—Lo estamos haciendo por él, y por todos nosotros. Solo quiero saber que Romeo estará bien.

—Rufina cumplirá con su deber —dijo la criatura.

—¿Y si no la eligieran a ella? —preguntó Liborio.

—Tengo que ser yo —se entrometió Rufina—. Me elegirán a mí. Nadie quiere a este niño como lo quiero yo.

Lentamente, la criatura asintió. Del atuendo, tendió una mano blanca de largos dedos; la piel era tan perfecta que parecía esculpida en mármol. Lisa, casi resplandeciente. Le acarició el rostro.

—Tu corazón es sincero.

Rufina lo miró fijamente a los ojos detrás de la máscara, y yo percibí el hielo que se adueñaba de ella, mientras la criatura hablaba.

—Mis palabras se alojarán en tu corazón, protegidas por mi sigilo, hasta que Romeo saboree tu alma.

—Lo sé.

La criatura se agachó a la altura de Rufina; yo podía sentir su aliento en mi piel.

—Bien —dijo la criatura. Estaba hablando a la nodriza, pero no solo a ella. Ya no—. Bien, Romeo Montesco, ha llegado la hora de que sepas dónde…

Y luego sentí un dolor lancinante, como si me hubieran desgarrado el pecho, pero no era mi cuerpo: la espada sobresalía, manchada de sangre, del seno de Rufina.

La espada, blandida por un Ensiferio en la sala del banquete, y luego encima de mí solo estaba el rostro de Romeo, y luego perdí el conocimiento.

Jamás he amado a nadie como lo amé a él en ese instante, un amor que iba más allá de la sangre, un amor que me volvía capaz —feliz— de aceptar la muerte.

Pero no era mi amor, no podía ser. Por él y por su casa, yo solo puedo sentir odio.

Eso es lo que siempre me han enseñado. La manera en que me he criado.

Aprieto los dientes. Quisiera sentirme sucia por haberme dejado corromper por los sentimientos de la nodriza, pero no lo logro.

Me arrancan de mis pensamientos cuando alguien choca conmigo violentamente.

Una chica con los ojos azules y el pelo rubio, tan corto que parece calva, anda cojeando cerca de mí.

Debe de haber sido ella la que ha chocado conmigo.

Hace ademán de apoyarse en la pared, como si no fuera nada.

En el uniforme manchado de barro se entrevé un gladiolo.

No reconozco el símbolo, su casa debe de ser insignificante.

Ella se aguanta el brazo derecho. Un riachuelo de sangre resbala por su uniforme.

—Eh —le ordena Sansón—, ¿no ves que estamos aquí? Búscate otro sitio si no quieres que también te rompa el otro brazo.

La Iniciada se aleja sin replicar, con la mirada perdida en busca de compañeros que probablemente no han sobrevivido al banquete o al agua.

—¿Todo bien? —Es Folco, que se me ha acercado en silencio.

—Debería preguntártelo yo a ti —le digo.

—Tengo miedo —responde él.

Se vuelve a masajear el cuello. Su Marca es un triángulo dorado.

Los bordes, sin embargo, no están definidos como se esperaría de un Esencial, y no en el sentido de que todavía deban emerger del todo para ser reconocibles.

No, son abruptos, como una línea trazada apretando demasiado el pergamino, como si la piel estuviera a punto de lacerarse.

Me parece casi sentir su Pertenencia latir a través de la Marca del Alma y difundirse en la estancia.

Logro sentirla bajo las yemas de los dedos, que me pican.

—Creo que he tenido incluso demasiada suerte de llegar hasta aquí: cuando la Academia empiece, no habrá salvación para mí.

—No será así —le digo. Doy un paso hacia él y lo abrazo—. Eres Folco Capuleto. Los Capuleto no fracasan.

Con lentitud, apoya la cabeza en mi hombro.

Ha cambiado, en este solasterio. Y no solo físicamente: algo en su interior se ha agrietado, como le sucede a la más resistente de las piedras cuando carga con demasiado peso.

Del Capuleto que se habría enfrentado al mundo con la espada desenvainada no ha quedado más que un envoltorio.

Está a punto de decir algo cuando un fragor metálico reclama nuestra atención, junto con la luz del alba que ilumina la cueva donde nos encontramos.

Es una reja que se alza, sobre una rampa.

—Venid —anuncia la voz de Netria—. Regresad a la luz.

—Mi tía. Mi tía sabía, por descontado, lo que nos iba a suceder.

Por eso, a pesar de lo que me dijo, decidió violar las reglas y confiarme el puñal.

Y sin embargo, a pesar de su gesto, una parte de mí piensa que debería haber tenido conocimiento de más cosas, que de todos modos he corrido el peligro de morir, como todos.

Y me pregunto por qué: ¿por qué los retoños de las familias Edenitas deben enfrentarse a estas pruebas? ¿Por qué deben morir?

«Para separar la maleza, las malas hierbas, de las flores», me digo.

Despacio, obedecemos la orden. Trepamos por la rampa y cuando el alba nos acoge descubro dónde estamos.

En la Arena. El sol rojo ilumina nuestros rostros y nos obliga a entrecerrar los ojos.

Miramos a nuestro alrededor con dificultad.

Aquí, innumerables pies de generaciones de Rápidos han pisado esta arena para ir a morir.

Es aquí, donde ellos saludaban a la muerte por última vez, donde nosotros, los Iniciados, saludamos a la vida.

Al menos, los que hemos sobrevivido.

Los que no se han ahogado en la galería, los que no se han estrellado contra el suelo, los que no han sido matados por amigos de toda la vida, los que no han preferido darse muerte ellos mismos antes que soportar el dolor.

Nosotros, en cambio, estamos aquí. De cuatrocientos que éramos cuando cruzamos Puerta Imperia, me doy cuenta de que ahora quedamos casi la mitad.

Todas las demás salidas están presididas por Ensiferios; los ocho Altos Maestros se encuentran en el centro del espacio arenoso y, en medio de ellos, Lorenzo.

Noto que su mirada se posa en mí. Logro recoger solo una brevísima seña de Netria.

Su frente se relaja apenas me ve; está aliviada de que yo lo haya logrado.

Lo hemos logrado todos nosotros, los Capuleto.

—No te alejes de mí —me dice Teobaldo.

Mientras los ojos de todo el mundo se acostumbran a la luz del sol, unos se dejan llevar y gritan de felicidad; otros, en cambio, abrazan a sus amigos. La hilaridad incontrolable de quien entiende que todavía tiene la vida por delante serpea entre nosotros.

—¡Silencio! —ordena uno de los Altos Maestros, mientras los Ensiferios baten sus armas sobre la arena. Lleva el pelo negro atado encima de la nuca formando un minúsculo moño. Tiene la misma tez ambarina y los ojos almendrados de los Valfiero; me pregunto si están emparentados.

—Vosotros que habéis resurgido del agua, vosotros, futuros guerreros de Edén, ahora romperéis los antiguos vínculos y formaréis las nuevas familias, las Tropas de los Iniciados. Dispersaos, como semillas que generarán el futuro de los Extrema Sangre —declama Lorenzo.

Nos quedamos callados, perplejos, hasta que los Ensiferios vienen a separarnos y reorganizarnos.

Sin mediar palabra, nos dividen en once grupos de veintiún Iniciados.

Nos distribuyen por toda la Arena en hileras que se curvan formando un semicírculo, de modo que todos podemos mirar hacia el centro de la explanada, donde está el Decano con sus Maestros.

No.

Caigo en la cuenta de que me he equivocado: los Ensiferios no nos han reagrupado exactamente a todos nosotros para crear este recorrido.

A veinte Iniciados los han colocado frente al Decano. Heridos, sucios, miran temerosos a su alrededor. Por lo que sabemos, podrían ser víctimas expiatorias listas para ser ajusticiadas ahora mismo. Llegados a este punto, he comprendido que la muerte nos aguarda detrás de cada esquina.

Pero no puede ser así: entre esos veinte, diviso la melena rubia de Mercucio y, un poco más adelante, el mismo Paris se yergue con una mirada de forzado orgullo.

Es imposible que estén a punto de morir: a estas alturas, hemos entendido que las reglas de la Academia no son iguales para todos.