19. Julieta
Julieta
Después de subir los últimos peldaños y al fin salir de la gruta, nos desplomamos de rodillas sobre las gélidas piedras.
Con un tintineo de metal sobre la roca, el pequeño cilindro que mantenía cerrados los grilletes y que me encadenaba a Romeo Montesco se suelta y se cae al suelo: desde alguna parte, el Ardefrío que lo controlaba ha entendido que hemos superado la prueba.
A pesar de la algarabía de los Iniciados a nuestro alrededor, todavía me siento como si siguiera en vilo encima de aquella base, como si la muerte estuviera a un suspiro de mí.
Respiro a pleno pulmón, mi corazón late como si quisiera reventarme el tórax, los ojos me palpitan y me escuecen y frente a mí bailan centenares de centellas luminosas.
Debo serenarme.
Acaricio la piedra, las grietas y las muescas llenas de tierra seca. Tienen la consistencia de la salvación.
El latido del corazón se me apacigua un poco, aunque me parece que casi oigo otro de fondo. Me concentro en una gota de agua que desde el pelo me desciende por la frente hasta la nariz. Cierro los ojos. Ahora ya no estoy yo sola, ahora advierto lo que me rodea.
Todavía estamos bajo tierra, pero la humedad que se percibe en el aire aquí es natural.
Romeo se ha quedado a mi lado, él también está exhausto. Nuestras miradas se cruzan. Todavía siento sobre la piel su mano cálida estrechando la mía, mi vida en su poder.
Podría haberme dejado caer, podría haberme empujado como ha hecho Lisandra con aquella chica, y en cambio ha mantenido su palabra hasta el final.
Y ese momento en el que me ha alzado, en el que ha usado todas sus fuerzas, todavía reverbera en mi interior.
Ese momento en el que, por un instante, me he sentido ingrávida y mi corazón ha latido al unísono con el suyo.
—¡Romeo! —lo llama su amigo un poco demasiado pálido, Benvolio, desde un rincón—. Ven, no debemos separarnos.
Romeo se levanta a duras penas. Me mira, parece casi que esboce una sonrisa, pero se avergüenza un poco. Me pregunto si él también ha sentido lo mismo que yo. Una parte de mí espera que sí.
—Tengo que irme —dice.
Asiento en silencio. Mis compañeros también me estarán buscando. Me vuelvo a poner de pie, haciendo caso omiso de los rasguños en la carne y de los escalofríos que me provoca la camisa de lino empapada.
—Lo hemos logrado —dice Teobaldo. Noto su mano en mi hombro—. Gracias, todavía seguiría allí abajo si no fuera por ti.
«Y yo», pienso. A pesar de mi resistencia, por poco no me ahogo como los demás. Si Romeo se hubiera muerto, habría sido mi fin. Tengo que hablar con Sansón, preguntarle qué narices pensaba hacer.
—¿Julieta? —me llama Teobaldo.
Todavía no le he respondido.
—Ya —digo—. Ahora solo tenemos que averiguar de qué modo intentarán matarnos.
A mi alrededor, oigo ataques de tos, reniegos, llantos.
Romeo Montesco se está cerciorando de que todos sus amigos están bien.
Terencio, el gigante, tiene los ojos como platos mientras Benvolio trata de desdramatizar, aunque sus ojeras revelan el mismo dolor.
Mercucio, en cambio, está apoyado en un rincón.
A pesar del pelo empapado, los moratones y las manchas de sangre, sigue pareciendo apenas salido de un retrato.
—Es una lástima que hayan sobrevivido todos —dice una voz ácida a mi espalda. Lisandra. La chica parece querer convertirse en la sombra de mi primo.
—No me dirijas la palabra, tú —le ordeno, volviéndome hacia ella.
—Oh, ¿te estás calentando? ¿A lo mejor Romeo Montesco te ha hecho latir el corazón?
—No. Eres tú, que me das asco. ¿Era necesario tirar a aquella chica escaleras abajo?
—Me estorbaba. Ha recibido lo que merecía.
—No eres más que una asesina.
Ella se acerca a mí. Entorna los ojos.
—No sabes hasta qué punto es verdad —me susurra en la cara, tan cerca que noto su aliento cálido en mi piel.
Cierro el puño.
—No me das miedo.
—Entonces eres idiota.
Hago ademán de asestarle un golpe, pero Teobaldo me agarra del brazo.
—Ey —me dice—. Venga, que ella está de nuestra parte.
—Tal vez —respondo—. Pero no de la mía.
Lisandra curva los labios para esbozar una sonrisa torcida y me hace una reverencia desdeñosa.
Me muerdo el labio. Me pregunto qué ve Teobaldo en una asesina como ella.
Poco a poco, nuestros compañeros se reúnen con nosotros: primero llegan Florencia y Laurela; la primera camina unos pasos por delante. Luego Folco, que tiembla. No sé si por el frío o por el miedo. Se masajea el cuello, donde ha aparecido su Marca.
Al fin, Sansón. Se tambalea hacia nosotros, bajito y achaparrado como es, parece un barril apenas sacado de la bodega de una nave. Desgraciado.
Se da cuenta de que tengo la vista clavada en él.
—¿Qué pasa? —me pregunta.
Tengo que poner todo mi empeño en contenerme para no arrearle un puñetazo que probablemente le rompería todos los dientes. Pero no quiero dar a los demás Iniciados la impresión de que estamos divididos. Así que me limito a cerrar los dedos imaginando que lo estrangulo.
Teobaldo inclina la cabeza en dirección a Sansón.
—¿Qué ha ocurrido?
—Nada —responde él, un poco demasiado rápido.
—A Sansón se le ha ocurrido que era una buena idea intentar matar a Romeo Montesco, pero no ha tenido en cuenta que así también me habría matado a mí.
—Estaba convencido de que te las habrías apañado, y de hecho sigues aquí, ¿no?
Me siento hervir de rabia. Inspiro. Estoy a punto de abalanzarme sobre él. Teobaldo se percata. Niega con la cabeza despacio; solo yo consigo notarlo.
—Ajustaremos cuentas cuando estemos a solas —sentencia Teobaldo.
Pero Sansón es demasiado idiota para saber cuándo debe tener la boca cerrada.
—Deberíamos cortarle el cuello ahora, al Montesco —susurra, guiñando un ojo—. Mientras no haya Ensiferios.
Estoy a punto de responder, pero Teobaldo se me adelanta.
—Qué buena idea, primo —dice—. Esta sí que sería una buena manera para enemistarnos con todos los demás Iniciados, después de lo que el Montesco ha hecho en la gruta.
—Igualmente los mataremos, sea como sea —continúa Sansón.
—No, idiota —dice Lisandra, mirando a su alrededor mientras la sala donde nos encontramos se va abarrotando de supervivientes—. Ellos morirán, sin duda, pero todo será por culpa de una tremenda mala suerte.
—No te metas en los asuntos de mi familia —le digo.
—Es algo tarde para eso —responde ella, con una sonrisa que no logro descifrar.
Mientras mis primos y sus compañeros discuten sobre qué funesto destino acabará con el Montesco durante este solasterio, yo me alejo un paso.
No logro evitar clavar los ojos en Romeo.
Tiene el pelo largo pegado al rostro, pero está recto y orgulloso, listo para proteger a quien se acerque a él o a sus amigos.
En este chico mora un misterio, del que yo he podido vislumbrar un fragmento.
Cuando me nutrí de su nodriza, sucedió algo para lo que yo no estaba lista. El Decano Lorenzo me había advertido sobre lo que nos ocurriría cuando nos alimentáramos de los Rápidos, pero no creí que la experiencia sería tan violenta. Tan nítida. Tan viva.
Vi una sala excavada en la roca, con una bóveda alta y antigua, la piedra pulida por milenios, las paredes solo interrumpidas por minúsculas alcobas que albergaban calaveras lisas y resplandecientes, coronadas por velas.
La tierra estaba poblada de raíces, raíces de árboles que hacía siglos que estaban muertos.
No sé por qué, pero no me cabe duda de que era así.
Había dos figuras aguardando y yo me movía a su alrededor como un soplo de viento. Una era la Rápida de quien me nutrí. Ahora sé su nombre: Rufina.
La otra figura era uno de nosotros, un Extrema Sangre como jamás había visto, con el pelo alabastrino y cicatrices que marcaban su rostro. Estaban delante de una grieta que se abría en la tierra, rellena de un líquido tan oscuro que parecía negro. Lodo.
No, no era lodo: era sangre.
Trece cuerpos colgaban sobre la grieta, desnudos y suspendidos con cadenas que herían su carne al descubierto.
Las últimas gotas de sangre todavía se vertían en la hendidura bajo ellos, una pila excavada en la piedra antigua, a imitación de nuestro Primer Paso.
Trece Extrema Sangre, lo supe porque lo sabía la chica de la que estaba bebiendo el recuerdo.
Y de la pila llegaban, mortecinos, los gimoteos de un niño.
Si hubiera estado de veras allí, habría gritado. Pero no podía hacer nada.
Rufina estrechaba la mano del Extrema Sangre del pelo blanco.
—No tengas miedo —le dijo en Extremoidioma.
Las sombras bailaban por encima de ellos. Ambos aguardaban. Yo sentía la tensión de Rufina como si fuera la mía. Espera. Inquietud mezclada con orgullo. Pero ¿por qué?
—¿Estamos haciendo lo correcto? —preguntó el Extrema Sangre.
—Debemos tener fe —respondió Rufina.
Las llamas de las velas se pusieron a titilar y a apagarse una tras otra, hasta que solo quedó una luz, solitaria.