18. Romeo #3
Veo que cede. Una mano se suelta. Creo que no lo logrará. Y entonces por fin llega el agua. Y por primera vez desde que estamos aquí me alegro de oírla correr. Alena se ríe. La gruta se llena rápidamente.
—Tendrás que seguir esperando para tenerme. Todavía un buen rato —grita mientras se suelta y se sumerge. No sé si hablaba con la muerte o con la diosa, pero me hace feliz que ninguna de las dos la tenga.
—¿Eres capaz de sostenerme con un brazo? —me susurra Julieta, muy cerca de mí.
—Por supuesto —respondo. No hace falta decir nada más. Ella también ha resuelto el enigma.
—Eso espero. Sería bastante indecoroso morir por tu culpa.
—No te preocupes. La muerte no nos verá unidos.
No decimos nada a nadie. Nos mantenemos aparte evaluando los pros y los contras de lo que estamos a punto de hacer.
Nadie repara en nosotros; están todos concentrados en Alena y discuten sobre qué hacer a continuación.
Nosotros no les contamos la solución, no solo para no dar falsas esperanzas, sino porque estamos convencidos de que intentarían detenernos.
Mientras el agua asciende, continuamos repasando el plan, que se reduce a que la diosa esté con nosotros.
Nadamos hasta el techo, y cuando volvemos abajo, no salimos.
Cuando Teobaldo se percata ya es demasiado tarde.
Está furioso, al igual que Terencio, que ha entendido lo que estamos tratando de hacer.
Pero nuestra vida vale tanto como las demás y alguien tenía que subir hasta aquí arriba.
Empezamos a nadar hacia la roca. Alena nos ha ayudado a entender cómo movernos y qué dirección tomar.
Mientras doy una brazada tras otra me percato de que en mi interior hay voluntad de vivir.
Por Domiciana, por Rufina y por Rosalina.
Ella todavía está aquí. Puedo encontrarla.
Y luego averiguar la manera de huir juntos.
Alcanzamos la pequeña base y nos encaramamos a ella con facilidad. No espero a que el agua desaparezca encima de nosotros. Tiro de la palanca. De debajo oímos el ruido de la otra, que emerge.
—¿Estás lista?
—Hazme volar —me dice.
Sujeto la cadena con una mano y con la otra me agarro a la roca, y ella se deja caer. Está demasiado lejos de su palanca, así que para alcanzarla debe balancearse. Me quema el brazo, pero no me suelto.
—La tengo —me dice. Ya lo había deducido por los aplausos que han estallado entre los que están mirando desde el suelo.
Cuando Julieta tira de la palanca lo noto porque el peso atado a mí desaparece casi por completo, y ahí llega el ruido, inconfundible a estas alturas, de las paredes que se abren.
Me agacho en la base y miro hacia abajo.
Las dos palancas accionadas a la vez han abierto un pasaje en la roca.
Julieta está de pie encima de otra base, que no es sino el final de una larga escalera que va desde la abertura hasta abajo.
Unos pequeños peldaños han surgido de la roca y los Iniciados ya han empezado a subir.
Hemos apostado por una idea y hemos ganado. Pero podríamos haber muerto.
Me dejo caer en la base inferior. Todos están chillando de júbilo cuando, en mitad de la felicidad, oigo un grito de desesperación. Aterrizo al lado de Julieta.
—¿Quién…?
—Aquella desgraciada de la Corvato ha empujado a una chica al vacío. —Julieta inspira aire por la nariz, velozmente… Su ira aumenta con cada respiración…
Miro hacia abajo. A los pies de la escalera está el cuerpo de la Iniciada delgaducha con quien la Seca se peleaba hace algunas cadencias.
—¿La conocías?
—No. Pero conozco la injusticia, y tarde o temprano la Corvato conocerá mi furia…
Viéndola de pie encima de la base, con los puños cerrados, apretando la mandíbula y con el agua chorreándole encima, no me cuesta nada creer que cumplirá su promesa. Una repentina ráfaga de viento que la enviste alborotándole el pelo parece sellar ese acuerdo.
Abajo, cadáveres, botas y casacas yacen igual de revueltos.
Me pregunto qué sentido tiene asesinar a todos estos Iniciados.
¿Por qué privarnos de posibles Extrema Sangre para la guerra?
¿Ninguno de ellos era digno? ¿Y nosotros lo somos?
No. Solo hemos tenido suerte. Mi enemiga se saca el cuchillo. Lo mira. Y luego lo lanza al abismo.
—No soy una privilegiada. Nunca lo he sido, Romeo. —Su voz tiene el sonido de la melancolía, y esas notas pesarosas reverberan un poco en mi interior.
Los otros ríen, pasan y nos dan palmaditas en los hombros.
Algunos dicen palabras que no oigo o no quiero oír.
Me quedo mirando a quien no lo ha logrado.
De muchos ni siquiera sé el nombre; a otros los he visto de pasada.
También los demás Iniciados, antes de entrar en el túnel, se detienen a nuestro lado y miran hacia abajo.
Percibo sus suspiros. Podría contar cada una de las emociones que empujan el aire fuera de los pulmones.
Pesar, dolor, esperanza, rabia. Y reconozco en mi suspiro la voluntad de vivir.
Por primera vez, quiero desesperadamente vivir.