18. Romeo #2
Mientras descendemos, me percato de que Alena nada muy despacio.
Se está reservando las fuerzas. Quisiera sonreírle, pero eso sería una estupidez.
Más bien habría que rezar, o tal vez no; quizá a nuestra diosa le gusten la muerte y la sangre.
Me siento inútil, me siento como cuando el nombre de Domiciana se quemó, o como cuando Rosalina fue escogida como Vestal.
Parece que hayan transcurrido latelunas, y en cambio ocurrió hace solo unos días.
Salgo del agua rodando con Julieta. Todos lo hacen salvo Alena. Está allí cabeza abajo, con la melena todavía atada a la nuca.
—Como te mueras, te mato. —Mercucio la saluda así, mientras el mar se retira y ella empieza a nadar hacia la pared rocosa.
Hemos intentado situarnos lo más cerca posible, pero obviamente los Atadores no nos han puesto las cosas fáciles, y por lo tanto la pared se hunde más en la roca respecto al suelo.
Lo que significa que hay que nadar al menos dos pértigas, y a contracorriente es muy difícil.
Veo cómo los demás la miran asombrados. No hemos tenido tiempo de explicar nada a nadie.
Y además no quiero dar falsas esperanzas.
La teoría de Mercucio es esta: la base surge mientras nos encontramos a mitad del recorrido, luego se retira, tras algunos batimientos, porque nadie se ha encaramado allí.
Si alguien se sube encima, no volverá a introducirse en el muro; de lo contrario, no tendría sentido.
Pero debe notar el peso y, por lo tanto, no tiene que haber agua.
Dado que todo este maldito enigma se basa en la gravedad, he pensado que tiene razón.
Para la palanca es más de lo mismo. Si hay agua es imposible moverla.
Así que la única manera de alcanzarla es cuando el agua vuelve a subir.
Si no llega a tiempo cuando la base salga, morirá; si no logra mover la palanca, morirá; si su teoría es equivocada, moriremos todos.
Terencio me alcanza, seguido de los Capuleto.
—¿Qué diablos está haciendo? —pregunta, estupefacto, mirando a la Iniciada que está nadando con todas sus fuerzas hacia la pequeña gruta a mitad del recorrido.
—Salvarnos la vida. Quizá —murmura Mercucio.
Estamos todos con la cabeza hacia lo alto, incluso quien ignora lo que está sucediendo. La Seca hace apuestas sobre cuándo se estrellará Alena contra el suelo. Yo no la escucho porque me entran demasiadas ganas de estrellarla a ella contra la piedra.
Todos oímos el chirrido. El soporte ha emergido. Y ella todavía no lo ha alcanzado. No llegará a tiempo.
Cuento los batimientos mientras Julieta le grita.
Uno. Dos. Tres.
—Mueve ese culo fofo, pedazo de holgazana —le grita Mercucio con la voz rota por el miedo.
Cuatro. Cinco. Seis.
Alena acelera el ritmo.
Siete. Ocho. Nueve.
La voz de Julieta resuena por la gruta. Chilla tan fuerte que se queda afónica.
Diez. Once. Doce…
Alena agarra algo con la mano.
Trece…
El agua se retira…
Catorce…
… y ella está aferrada a la base con las manos, pero las piernas le cuelgan en el vacío.
Julieta me estrecha la mano, la estrecha con fuerza. Yo le correspondo.
Quince…
Gritamos juntos.
Ahora tenemos que rezar para que no se retire y que ella logre encaramarse encima.
Los demás chillan conmigo. No saben por qué, pero han entendido que su vida depende de ello.
Dieciséis… Diecisiete… Dieciocho…
Alena se iza con los brazos y se sube a la base.
Diecinueve…
El «veinte» no lo decimos. Pero llega igualmente.
No puedes detener el tiempo solo por dejar de contarlo.
Transcurre de todos modos. Ni siquiera los Arquitiempos son capaces de ello; a pesar de que logran detenerlo o devolver un objeto a su origen, es en sus cuerpos donde transcurre, haciéndolos envejecer. Contra el tiempo nada se puede hacer.
Aguardamos.
… Y luego prorrumpimos en gritos de alegría.
La base no se ha retirado.
Alena alza los brazos en señal de victoria, pero no hay tiempo para celebraciones. Hay que accionar la palanca y en realidad no sabemos qué sucederá.
—Cuando baje, te haré tragar arena. No tengo el culo fofo. No te confundas con tus atributos —le grita Alena a Mercucio, chinchándolo.
Él se ríe de buena gana, echando la cabeza hacia atrás, y alza el brazo señalándola.
—Eres una maldita diosa —le dice. Y se ríe de nuevo.
Alena se acerca y tira de la palanca.
Se mueve. Ha funcionado. Oímos un ruido. Pero la roca no nos muestra ninguna salida. Nos muestra otro condenado enigma: debajo de la base, a unos tres brazos de distancia, ha surgido una nueva palanca.
Pero ningún lugar donde poner los pies. Ningún peldaño. La palanca es inalcanzable, a menos que…
La idea se abre camino en mi cabeza, y a medida que toma forma, me voy quedando helado: no nos han encadenado juntos para perjudicarnos, sino para favorecernos.
Se necesita el peso de dos personas para estar encima de la base y se necesitan dos personas para accionar las palancas.
Una persona que esté arriba y la otra, suspendida, sostenida por… una cadena.
Dos Iniciados. No uno.
—Alena, ¡cuidado! —grito. Pero es demasiado tarde.
El soporte de piedra se retira. Alena brinca a un lado y se aferra a la palanca.
Se queda colgando en el vacío. Ya no queda agua por encima de ella.
Dentro de poco empezará a correr. Solo debe esperar a que se llene lo suficiente para permitirle soltar la sujeción. Pero ¿cuánto tiempo hará falta?
La gruta se sume en el silencio. Estamos todos allí arriba con Alena, incluso quien no la conoce.