18. Romeo
Romeo
Tenía razón: cuando llegamos al techo, advierto que la gravedad cambia.
Julieta y yo empezamos a nadar hacia abajo, seguidos de todos los demás.
Llegamos al final y encontramos aire. Salir del agua es más sencillo ahora que sabemos cómo hacerlo, y la mayoría de nosotros ayuda a quien no lo logra.
Esta vez no hemos perdido a nadie. Mientras nadaba he oído más veces ese maldito chirrido.
Una vez me imagino que debe de haber sido el cierre del agua y el saliente rocoso que se ha retirado, pero las otras veces no sé a qué se ha debido.
Lo oímos siempre a la mitad del recorrido, cuando ascendemos, y cuando descendemos a nado.
Hablo de ello con los míos, para tratar de descifrar el misterio.
Cada uno formula hipótesis descabelladas, incluida la de que podría ser solo un ruido para desquiciarnos, pero sin ninguna utilidad; teoría que yo a priori no descarto.
Transcurren pocos esimios y el agua vuelve a descender desde lo alto. En breve tiempo, la gruta se llena y nosotros volvemos a ascender con el agua para luego nadar de nuevo hacia el fondo.
Y entonces todo vuelve a empezar desde el principio.
Ocho veces la cueva se colma y ocho veces nos dejamos transportar hasta el techo y luego de nuevo hacia abajo. Luchamos contra la dificultad, el hambre, el cansancio.
Nos hemos dividido en grupos sin quererlo, pero la supervivencia nos ha empujado a buscar a los amigos y a alejarnos de los enemigos.
Aunque a nosotros no nos ha salido de maravilla.
Benvolio, yo, Mercucio, Alena, Baltasar y el Albino, que he descubierto que se llama Amleto, formamos un grupo compacto.
Paris, para proteger a su hermano, nada a nuestro lado, cosa que no me supone ningún problema.
El principal fastidio deriva de Terencio, que en la cuarta vuelta se ha puesto a Laurela encima de los hombros y ahora nada cargando con ella, dado que la Valfiero estaba a punto de estirar la pata.
Además, con nosotros está Julieta, y por lo tanto, a pocos brazos nadan también Folco y Teobaldo.
Una bonita excursión campestre para jugar a ver quién la palma antes.
Nadie ha hecho movimientos bruscos ni ha arremetido de improviso; por otro lado, ni siquiera tenemos fuerzas para ello.
Sansón no es de los nuestros. Tras haber intentado matarme y reñir con su prima, se mantiene a distancia, pero noto que no me quita los ojos de encima.
Yo, en cambio, no se los quito a la Seca.
Prefiero seguir llamándola así en vez de recordarme cada vez que Rosalina está emparentada con alguien que encuentra placer en torturar a la gente.
Hace un rato que se está peleando con una chica tan seca como ella, pero la mitad de alta.
El agua que llena de nuevo la gruta interrumpe sus discusiones.
Si yo fuera la otra, estaría atenta, muy atenta.
A la décima vuelta, dos no lo logran. Están demasiado agotados, y si no encontramos la manera de resolver este dilema, nosotros también correremos la misma suerte.
Y mientras cavilo sobre esto, advierto el ruido que proviene de nuestra derecha, a más o menos la mitad del recorrido, mientras el agua vuelve a subir: es el chirrido.
Julieta también lo ha oído. Hablamos de ello con los demás mientras el nivel aumenta y decidimos que, apenas volvamos a estar en suelo seco, nos desplazaremos lateralmente.
Y así lo hacemos. Julieta y yo echamos a correr hacia el extremo de la gruta, mientras todos los demás nos miran sin entender.
Nuestros pies golpetean el agua que ya ha empezado a caer, más abundante que antes.
Ahora, el tiempo de descanso es casi inexistente.
Con nosotros también corren Mercucio y Alena.
Benvolio y Terencio se quedan con los Capuleto.
Terencio no ha soltado a Laurela. Me gustaría que de vez en cuando mi amigo razonase con el cerebro y no con el órgano entre las piernas.
No podemos llegar hasta la pequeña gruta excavada a nuestra derecha, no hay manera de alcanzarla si no es a nado.
Cuando estamos más o menos a la mitad de la gruta, volvemos a oír el sonido.
Y esta vez es mucho más fuerte. No cabe duda de que se trata del ruido chirriante de piedra raspando contra otra piedra, pero afuera no se ha movido nada, por lo tanto, es algo que se produce bajo el agua.
Nos sumergimos y nadamos hasta adentrarnos en la gruta, y por fin comprendemos qué es ese estruendo: de la roca surge una base de pizarra.
Es lisa y lo suficientemente amplia para que quepamos al menos dos personas.
Se la señalo a Julieta y juntos nadamos hacia ella.
Antes de que podamos llegar a tocarla, la gruta se la traga, pero veo claramente que al lado de la base hay una palanca.
Cuesta ver a menos que estés muy cerca, pero es una maldita palanca.
Calculo en mi mente durante cuánto tiempo ha permanecido visible la base y estimo que se trata de no más de veinte batimientos, suficientes para accionar la palanca.
Regresamos a la superficie a toda prisa y tomamos aire.
El techo ahora está muy cerca. Tenemos poco tiempo para hablar y decidir el siguiente movimiento.
Se lo contamos a Mercucio y a Alena y razonamos juntos.
La primera idea que se nos ocurre es intentar tirar de la palanca, en el descenso.
Va Mercucio. Él y Alena nadan más veloces, y si la palanca no funciona pueden alcanzar el aire al final del recorrido.
Me ofrezco a ayudarlos, pero Mercucio se muestra inflexible.
Julieta le da la razón. Nosotros los esperaremos fuera, y en caso de necesidad, los ayudaremos a salir del mar.
Veo cómo nadan lateralmente hacia la pequeña gruta y me obligo a sumergirme en las profundidades sin seguirlos.
A estas alturas, la salida del agua se ha vuelto una costumbre, pero resulta cada vez más dificultosa.
Los músculos duelen. Julieta no se ha quejado ni una vez.
Nada con diligencia y no dice ni mu cuando cae sobre el suelo rocoso, a pesar de que su pie sigue sangrando un poco.
Apenas salimos a la superficie, ambos miramos con ansia hacia arriba.
El mar encima de nosotros está quieto. Inmóvil.
Dentro de poco empezará a retirarse. Cuando sucede y no los veo emerger, intento no dejarme llevar por mi pesimismo habitual, que lamentablemente ya está aquí con los brazos abiertos.
Cuento los batimientos que nos separan de lo inevitable.
En la primera vuelta hemos tenido muchos esimios antes de que salir del agua fuera como precipitarnos desde una torre.
Ahora son pocos. La gruta se rellena cada vez a más velocidad y se vacía con idéntica rapidez.
En el último batimiento, veo a Mercucio y a Alena prorrumpir fuera del agua; parecen delfines. Están cogidos de la mano y lo siguen estando cuando la dura roca los acoge. Su impulso era tan fuerte que no nos han necesitado. Grito de alegría al verlos vivos. Nos acercamos a ellos.
—No se ha movido ni un grano de arena —espeta Mercucio lleno de rabia—. Es más dura que el hierro. Maldita sea. —Y se sacude el agua de los rizos rubios.
—Si no fuera por mí, todavía seguiría allí encima intentándolo, y muriendo. —Alena mira a su compañero de manera severa—. Estás como una cabra, ¿lo sabes? —dice tocándose la cabeza.
La sabe, lo sabe perfectamente. Está como una cabra, y es generoso, elegante y de confianza. Es lo que he aprendido de él en pocas cadencias.
—¿La base? —pregunto con un hilo de esperanza.
—Ha salido. Pero incluso así la palanca no se ha movido. Pero tengo una teoría —dice mordaz.
Nos la cuenta. Es un disparate y si fallamos alguien morirá, pero estoy de acuerdo con él, aunque eso signifique que los Atadores son unos sádicos.
—Vale —dice Alena mirando a Mercucio—. ¿Quién de los dos se rompe el pulgar?
—Nadie —respondo—. Vosotros habéis hecho vuestra parte. Ahora me toca a mí.
—La idea es mía, así que la responsabilidad es mía. Si meto la pata, muero yo. —Mercucio tiene la mirada de quien no admite discusiones. Es inútil perder un tiempo valioso.
—Vale —dice Alena—. Ahora bien, si me permites, me lo rompo yo sola.
—Nunca contradigo a una señora. —Mercucio alza ambas manos y Alena, como un rayo, le aferra la que tiene atada a ella y le rompe el pulgar.
Mi amigo abre de par en par sus ojos negros, que se vuelven todavía más oscuros de lo enfadado que está. Ni siquiera ha gritado de dolor.
—¿Qué cojones has hecho? —le ruge.
—Nado mejor que tú —dice ella seráfica—. Hacerlo al contrario no es tan sencillo.
—Yo soy más fuerte. ¡Maldita sea!
—¿Sí? ¿Quieres ponerme a prueba? Quizá la próxima vez que no tengas un pulgar roto.
—Eres imposible —le espeta a voz en cuello.
—Mi madre también me lo dice siempre. —Y tras encogerse de hombros, se sienta a esperar a que el agua llegue.
Como de costumbre, se alisa la melena larguísima con las manos, luego se la enrosca y se la ata en la nuca.
La órbita vacía debe de hacerle un daño de mil demonios, y sin embargo no dice ni pío.
Suelta un poco de aire cuando ve que el agua empieza a caer—.
Vamos a salvar a unos cuantos Iniciados. —Se ríe, poniéndose en pie.
En poco tiempo empezamos la ascensión, y a mitad de camino oímos que la base emerge y, al cabo de poco, vuelve a introducirse en la roca. Cuento los batimientos y veo que Alena también lo ha hecho.
—Veinte batimientos —murmura Julieta—. Siempre que la teoría sea correcta.
Es nuestra única posibilidad.