Romeo y Julieta Untold: La última congregación 17. Romeo #2
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17. Romeo #2

—Tiene que ver con la gravedad. Cambia. No sé de qué manera.

Creo que la gruta se volverá a llenar. Y solo cuando el agua llegue a la cima, la salvación estará de nuevo debajo de nosotros.

Procurad no desperdiciar mucha energía. Dejaos transportar por las olas hasta el techo.

No nadéis. Y tomad tanto aire como podáis antes de que el agua se cierre encima de vosotros.

Una vez la gruta esté llena, nadad hacia abajo.

—¡Y una mierda! Yo no voy a hacer lo que tú digas.

¡Yo voy a hacer lo que yo diga! —Sansón ha logrado añadir más de un gruñido, pero el sentido de su discurso es similar.

Él tampoco tiene a nadie encadenado a la muñeca, pero a juzgar por cómo tiene la mano, el pulgar roto es el suyo.

No me cuesta imaginar cómo ha ido, dado que estaba encadenado a la Seca.

El nivel del agua ya nos ha subido hasta la mitad del muslo. Estamos peleando en remojo.

—Debes responder cuando te hablo. —Sansón está hecho una furia porque no le doy importancia y anda arrastrando el agua hacia mí, pero yo tengo realmente otras cosas en que pensar.

—No me has preguntado nada. Has dicho que no vas a hacer lo que yo diga.

Y por mí está bien. Más que bien. No nades.

Quédate allí arriba y ahógate. A mí me da igual.

Y a tus parientes a lo mejor también. —Le doy la espalda sin preocuparme de él.

Y cometo un error. Sansón me aferra por detrás, me pasa la cadena alrededor del cuello y me arrastra dentro del agua.

No estaba preparado para este asalto y por lo tanto trago agua.

Y no respiro. Intento quitármelo de encima, pero no lo consigo.

Julieta se ve arrastrada conmigo hacia abajo.

A ella también la ha cogido por sorpresa.

Intento volver a ponerme en pie, pero no es fácil con el agua, que sube cada vez más.

Me hundo una, dos veces. No veo nada. Mi mundo está hecho de un mar invertido que se me mete en la garganta, mientras impide que el aire me llegue a los pulmones.

Las voces de mis amigos, y las de mis enemigos, gritan unas contra otras de la misma manera.

Me imagino que allí también se están peleando.

Alguien nos insta a detenernos, a parar.

No sé quién. Todas mis fuerzas están concentradas en no morir.

Luego oigo un grito que es una palabrota, y la sujeción en mí se afloja. Y por fin respiro. Cuando saco la cabeza del agua, que a estas alturas ya nos llega a la pelvis, veo a Julieta con el puñal ensangrentado en la mano.

—¡Me has cortado, puta desgraciada! Podrías haberme matado. —Sansón ruge aguantándose el brazo.

—Todavía estás vivo, así que he fallado de medio a medio.

—Es una furia mientras está de pie con el puñal entre las manos; los cabellos le chorrean por la espalda y tiene el rostro hinchado.

A veces parece un cervatillo asustado; otras, la hiena dispuesta a devorar a ese cervatillo. ¿Quién es la verdadera Julieta?

—¡Soy tu primo, joder!

—Venga ya. ¿Y también eres mi primo cuando intentas acabar justamente con el que está encadenado a mí?

—¡Es un Montesco! ¡Has defendido a un Montesco! Solo por eso merecerías morir con él. —Sansón se va mirando el puñal, y en sus ojos veo una amenaza no solo para mí, sino también para Julieta. El agua a su alrededor está roja de sangre. Demasiada. Folco anda a grandes zancadas apartando el mar.

—¿Va todo bien? ¿De quién es esta sangre? —Su preocupación es tangible. Tanto él como Teobaldo la quieren con toda el alma. Y ella les corresponde, pues observo que su rostro se sosiega cuando habla con ellos.

—No es nada. Me he cortado un pie. ¡La herida se habrá abierto por culpa del cretino de tu primo! —La sangre de Julieta sigue mezclándose con el agua, mientras el nivel sube rápidamente. Y muy pronto ya no tocamos el fondo. Apenas el agua nos roza el cuello, sucede lo impensable.

Folco se dobla en dos, se lleva una mano a la garganta y grita. En un primer momento creo que algo lo ha golpeado, pero luego lo comprendo: la Marca del Alma. Folco no ha dado el Primer Paso. El contacto con el agua y la sangre de Julieta deben de haber puesto en marcha el proceso.

—¡Pronuncia las palabras! —la exhorto—. Pronúncialas o la ceremonia no estará concluida.

Ella me mira sin comprender lo que está sucediendo.

—Se podría transformar ahora si no las pronuncias.

Concluye su Primer Paso —insisto, poniendo toda la determinación posible.

No estoy seguro de que esta sea la clave, pero eso espero.

Rezo a la diosa para que sea la Marca y no que esté mutando aquí en el agua; de lo contrario, la gravedad y el ahogamiento serán el menor de nuestros problemas.

Folco sigue aullando y agitándose, y los demás se apartan nadando a toda velocidad; incluso sus hermanos se mantienen a distancia.

Julieta toma el puñal y se corta el brazo.

—Que esta sangre sea la Extrema que he vertido por ti.

No sé si será suficiente. Ella no es su madre. Pero sí que es una pariente.

Las gotas tocan nuestro maldito mar. Algo se parte debajo de nosotros.

El agua alrededor de Folco crea un remolino que se lo traga.

Corremos el peligro de que nos trague a nosotros también.

Braceamos contra el enorme remolino que nos arrastra hacia el centro.

Cuando parece que todos acabaremos engullidos, el agua explota hacia arriba: es la erupción de un volcán que expulsa agua en lugar de lava. Llega hasta el techo y luego se aplaca.

Por un batimiento no ocurre nada. No hay ningún rastro de Folco. Mi vivaz imaginación crea una visión espantosa de él con largos cuernos de ciervo, garras, escamas, negras alas emplumadas, mientras vuela por encima de nosotros, dispuesto a despedazarnos.

En cambio, su pelo negro azabache resurge con lentitud, y decididamente no tiene cuernos de ciervo en la cabeza. Recupero la respiración, y todos los demás conmigo.

Teobaldo nada alegre hacia nosotros, y por un momento me olvido del delirio en el que nos hallamos.

—Hermano, has recibido la Marca. —Se gira exultante hacia su gemela—. ¡Es un Esencial!

Florencia sonríe, pero solo con la boca; sus ojos se mantienen inescrutables.

—Bien —dice, asintiendo. Quién sabe por qué pienso que no es feliz.

Ya me había dado cuenta de que Florencia tiene una actitud cauta en comparación con la de su hermano.

Creía que era porque Folco tiene fama de pendenciero con un carácter que se incendia con facilidad, pero leo algo más profundo, que se asemeja al rencor.

—¡Ya no te transformarás! Tienes la primera señal de la Marca. —Teobaldo está exultante.

—Así no van las cosas. —La voz del Albino parece aburrida y apaga el entusiasmo.

—¿Y tú quién cojones eres? —gruñe Teobaldo, girándose hacia el Iniciado encadenado a Baltasar.

—El que matará a tu hermano si se transforma —dice el Albino con una serenidad que me desconcierta.

Para decir semejante cosa a un Capuleto, o estás harto de la vida o estás como un cencerro.

Teobaldo da un salto hacia delante, lo que el agua le permite.

El Albino deja que se le acerque, mientras Baltasar a su lado se agita e intenta retroceder.

La dura voz de Paris insta a Teobaldo a detenerse, pero él no lo escucha.

Aunque debería. Se rumorea que a los Cazadores se los cría con lobos, dejando que encuentren por sí solos alimento en la nieve.

Aprenden técnicas de combate que solo ellos conocen.

Apenas Teobaldo está al alcance del Albino, este abre la palma de la mano y golpea el tabique nasal del Capuleto, rompiéndoselo.

El ruido del hueso roto es inconfundible, y la sangre mana de su nariz.

No se trata de un golpe muy secreto, pero es la mar de eficaz.

Teobaldo desaparecería entre las olas si no fuera por Paris, que lo sostiene.

Grita mientras la sangre le entra en la boca.

—Cálmate —le ordena el hijo de la Primera Voz—. Cálmate o juro que te ahogo. —Teobaldo se tranquiliza en los movimientos, pero no en la voz.

—Desgraciado. Estás muerto —dice al Albino, que bosteza, aburrido.

—Aunque me mataras, eso si un día lo lograras, tu hermano no estaría fuera de peligro.

La Marca no es ningún antídoto contra la mutación.

Solo la Pertenencia lo es. Únicamente el Vínculo.

Hasta que no lo reciba no le quitaré el ojo de encima, y si fuera necesario lo mataré.

No porque me guste, sino porque es lo que debe hacerse.

—Su duro acento suena cansado. Folco le dedica una sonrisa, que imagino que significa: «Puedes intentarlo, pero no está dicho que lo consigas».

El Albino asiente y hace una mueca, que parece una sonrisa. Es difícil de decir.

Podrían producirse más riñas y amenazas, pero el nivel del agua casi ha alcanzado el techo.

Teobaldo comunica a Paris con un gesto que no dará problemas y él lo suelta.

Antes de sumergirme, lo último que veo es a Teobaldo, que se recoloca el hueso de la nariz con un movimiento seco de la mano, y el ruido sordo permanece en mi cabeza incluso cuando estoy inmerso en el sonido atenuado debajo del agua.