Romeo y Julieta Untold: La última congregación 17. Romeo
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17. Romeo

Romeo

No sé cuánto tiempo ha transcurrido, pero todavía seguimos aquí. Hemos tratado de curarnos las heridas, como hemos podido, y luego hemos descansado, dentro de lo posible con esta luz cegadora y la humedad hecha sudor que resbala por la piel.

La gruta es cálida, podría ser el vientre de un animal.

Los demás también se han quitado las botas, que ahora yacen repartidas por el suelo junto con las chaquetas de los uniformes.

Boqueamos con nuestras camisas de lino pegadas a la piel.

Muchos se han quitado esas también. Hemos hablado entre nosotros, primero de todo y luego de nada.

Nos hemos hecho preguntas, hemos tratado de encontrar soluciones, hemos maldecido a la diosa, Terencio el que más.

Ahora guardamos silencio. Muchos están tumbados en el suelo, como los cadáveres desparramados frente a nosotros.

Nadie ha venido a buscarnos. Estamos atrapados en esta condenada gruta.

Empapados. Acalorados. Hambrientos. Muy hambrientos.

Demasiado, para que hayamos pasado solo un día sin comer.

Y me refiero a comida de verdad, no batimientos ni cadencias de los Rápidos.

Vuelvo a pensar en el Rápido o Extrema Sangre, lo que fuera, en sus palabras: «Esconde lo que eres».

Creo que no soy nada. Solo carne de matadero.

Mercucio y Alena, apoyados en la roca a poca distancia de mi espalda, susurran de vez en cuando, y ella a menudo se ríe de lo que le dice él.

Su risa socarrona es el único jaleo que se arma en la gruta.

Parecen dos enamorados sentados en la orilla de un río esperando que la luna los convenza para besarse, aunque no creo que sus palabras sean de amor.

Julieta tiene la camisa pegada al cuerpo, y yo es mejor que mire a mi alrededor; de lo contrario, mi atención seguirá cayendo en lugares prohibidos. Así que analizo la gruta, por enésima vez, buscando una vía de escape.

Es altísima y negra. La pared de la izquierda desciende vertical como una única losa de piedra directamente en el suelo, así como la pared de enfrente.

A su izquierda, en cambio, la piedra se ha abierto en dos, creando otra gruta.

No hay manera de alcanzarla, si no es a nado, pero sería en balde, pues desde aquí se ve claramente que no hay ninguna salida.

La roca está hecha de piedra pulida, que crea afiladas esquirlas.

Podría ser pizarra. Busco agarraderos para escalar las paredes, pero enseguida desisto: no hay.

La única posibilidad de salir de aquí podría ser el saliente rocoso que se recorta en el vacío en lo alto, en el centro de la gruta.

Es una especie de terraza encima del precipicio.

Alcanzarla está fuera de discusión. Quizá con una cuerda larga y un gancho podría arriesgarme a llegar hasta allí arriba, pero siendo dos es casi imposible.

Estoy convencido de que es de allí de donde hemos caído. Y tampoco me cabe duda de que cuando el agua nos lleva hasta el techo, aquella cornisa desaparece.

Se la señalo a Julieta, que está intentando curarse un corte en el pie. Es profundo y su sangre se derrama formando un riachuelo. Le duele. Creo que se le ha clavado una esquirla muy hondo. Todavía tiene la cara hinchada. Habla siempre con algo de dificultad.

—¿Por qué no la vimos? —pregunto más a mí mismo que a los demás, pero ella responde.

—Porque no estaba.

—El chirrido —murmuro.

—¿Qué?

—Cuando estábamos en el salón notaba corrientes de aire y oía un chirrido. Creo que mueven las paredes. El Decano apareció de la nada, ¿recuerdas?

—Y se tragan los salientes rocosos a los que aferrarse.

Asiento. Tiene una mente veloz. Solo quisiera que no llevara encima ese perfume que huelo incluso después de haber pasado todo ese tiempo en el agua.

Y quisiera que se alejara porque sigo viéndola mientras mata a mi nodriza.

Y también quisiera preguntarle qué vio cuando le succionó Tiempo y recuerdos.

Y quisiera odiarla por eso. Luego la miro y observo que tiene pajitas doradas en los ojos color chocolate, y me pregunto si estoy mal de la cabeza por fijarme en estos detalles a pocos pasos de los cadáveres destrozados en el suelo.

—¿De dónde crees que proviene la luz? —me pregunta con curiosidad, intentando apartarse los cabellos pelirrojos que tiene pegados a la frente.

—No hay aberturas. Y si hubiera, proyectarían conos de luz. En cambio, aquí parece un maldito sol. Por lo tanto, es un Aeteriano que arroja luz sobre la oscuridad. —Le miro la herida—. ¿Puedo? —le digo señalando su pie.

Ella asiente con la cabeza.

Alargo la mano.

—Pásame el puñal.

Saca el arma y me la ofrece, no sin cautela. Me corto un retal de la camisa de algodón. Le cojo el pie y con la punta del puñal trato de sacar la esquirla. Ella se sobresalta.

—Tienes que estarte quieta —le ordeno.

—Vale. —Lo dice, pero no me la creo. En efecto, poco después vuelve a apartar el pie de improviso.

—¿Y bien?

Suspira y alarga de nuevo la pierna hacia mí. Yo la inmovilizo entre las mías, así estoy seguro de que, por tratar de ayudarla, no voy a recibir una patada en la cara.

—¿Existen Extrema Sangre tan poderosos que pueden crear luz? —me pregunta, haciendo una mueca por el dolor.

—Luz hay siempre. Solo que en la oscuridad tiende a ocultarse. Pero si sabes que está, al final puedes encontrarla.

—¿Algo menos poético? —dice frunciendo la nariz.

—¿Algo menos antipático? —respondo ladeando la cabeza.

La esquirla sale disparada del pie y ella se queja.

Yo disimulo una sonrisa. A poca distancia, Sansón y Teobaldo nos miran torvos.

Podría parecer que estamos trabando amistad.

Pero no es así. Es que la desesperación une a las personas más que el odio.

Si el segundo se alimenta, la primera se comparte.

El odio quiere victoria, pero la desesperación pide salvación. Y nada une más que el deseo de vivir.

—Tu tía es Aeteriana, además de Atadora. Puede que sea justamente gracias a ella que hay esta luz. Quizá esté allí observándonos indiferente a todo.

—Mi tía no es ningún monstruo —dice enderezando la espalda.

—Es una Capuleto. —Le envuelvo la herida con el retal y lo afianzo con un nudo.

Aleja el pie de golpe.

—¿Crees que los Montesco sois mejores? Ten en cuenta que tu padre y tu madre han pasado por la Academia, y si bien no están aquí mirándonos, no creo que te hayan dicho que te encontrarías en medio de una carnicería. ¿Dónde está la diferencia? —me pregunta, recuperando su arma.

—¿A lo mejor en el puñal que llevas contigo?

Le he dado donde más duele. Sabe que es una privilegiada. Veo cómo a sus mejillas les sube un poco el rubor. Es una Capuleto, será rabia, sin duda, no vergüenza. Y sin embargo no responde, agacha la cabeza y se esconde el puñal en los pantalones.

Nos volvemos a quedar en silencio durante unos batimientos.

Yo la observo por el rabillo del ojo. Tiene moratones por todo el cuerpo, como todos nosotros.

Su boca está hinchada por el puñetazo de antes y el labio se le ha inflado.

La mandíbula debe de dolerle horrores, pero no se queja.

Los cabellos pelirrojos pegados en la frente y el cuello dejan caer hilos de agua y sudor.

Me quedo mirando la gota que resbala hasta su espalda.

Quisiera saber qué carajos me ocurre. Esta chica es la hija del asesino de Bastiano ¿y yo cuento las gotas en su piel?

Si en este momento Benvolio diera un paseo por mi cabeza, me la ensartaría en un pincho.

Julieta se percata de que la estoy mirando y yo me apresuro a decir la primera cosa que me viene a la cabeza.

—No se ha acabado.

—¿Estás seguro? —pregunta, demasiado deprisa para que mis palabras no la hayan asustado.

—Todavía estamos encadenados. No veo a Ensiferios. No se ha acabado, créeme.

De nuevo aquel chirrido.

Me vuelvo hacia ella.

—Ahí está, el ruido, ¿lo has oído?

Asiente.

—Sí. Provenía de arriba.

Miramos hacia lo alto. No vemos ninguna abertura.

—Aquí no dejan nada al azar —reflexiono en voz alta—. Nada. Así que si oímos este ruido significa que quieren que lo oigamos. Forma parte del enigma. Tenemos que averiguar de dónde se abren las puertas.

De la cresta del precipicio cae hacia nosotros una cascada de agua. Hay muchísima.

—Eso es lo que han abierto. La mampara que detiene el agua —digo a regañadientes.

Todos nos espabilamos.

Terencio y Benvolio corren hacia mí.

—¿Qué hacemos? —pregunta mi primo con su rostro más pálido de lo que es habitual.

—Eres tú quien se ha pasado solasterios encima de los libros. ¡Dímelo tú! —He usado un tono más sarcástico de lo que pretendía. Alargo una mano para disculparme. La aparta.

—Cada uno ha hecho lo que pensaba que era mejor.

Terencio ha entrenado el físico; yo, la mente.

Y sin embargo no tengo respuestas para ti.

Ignoro si esto hace de mí un Edenita que no es digno del poder, pero no me eches la culpa de lo que está sucediendo, a pesar de que respeto el Coro y sus Leyes.

Yo también, junto con los demás, estoy esperando que tú puedas sacarnos de aquí, del mismo modo en que nos has sacado del agua.

—El tono es plano y sosegado, pero en sus ojos veo un velo de desilusión.

No por mí, espero, sino por aquello en lo que tiene fe.

Otros se acercan y me miran. Ellos también esperan respuestas.

Soy un Montesco, no un jefe. «Sálvalos a todos…». ¿Tal vez mi nodriza se refería a esto? No podía saberlo. Y yo no quiero esta responsabilidad, pero mi cabeza trabaja a toda prisa, y las palabras me salen antes de que pueda detenerlas.