16. Romeo #3
—Gracias, Pelirroja. ¡Me da que no voy a acabar contigo enseguida! —Terencio tiene una manera particular de dar las gracias.
—Vuelve a llamarme «Pelirroja» y acabo yo contigo —rebate ella.
No nos decimos nada. Hay demasiados Iniciados que liberar.
Basta sacar a uno y el que está encadenado a él o ella va detrás, gracias al peso del otro.
Pero son demasiados y el agua sigue retirándose, llevándose consigo a quien no lo logra.
Yo grito órdenes, insto a aquel o aquella Iniciada a arrimar el hombro.
Pero por muchos Iniciados que saco, otros tantos se quedan allí.
Cuanto más se retira el mar, más fuerza se necesita para retirarlos.
Otra divertida manera de matarnos. Debemos trabajar juntos, todos unidos.
Y sin embargo hay Iniciados que se han sentado a observar sin mover un dedo.
—¡Julieta! ¡Socorro! —El grito es desesperado.
A pocos brazos de nosotros, Laurela Valfiero chilla.
Florencia Capuleto, a su lado, está presa del pánico.
Se mueven de manera descoordinada, y eso no ayuda.
Delante de ellas está la Seca, sola. Por un batimiento creo que ha matado a Sansón, pero luego lo veo un poco más allá aguantándose la mano, con la cara contraída del dolor.
La Seca solo tendría que alzar los brazos para sacar a las dos Iniciadas, pero en cambio se sienta en el suelo y las mira sonriendo.
El mar, o lo que demonios sea, se está retirando a tanta velocidad que creo que no llegaremos a tiempo.
Laurela escupe todo su veneno, insultándola.
—Maldita desgraciada hija de puta. Eres escoria. Aunque yo me muera, tú seguirás siendo escoria. ¡Corvato! Sois los animales del que tomáis el nombre, capaces solo de comer la carroña de nuestros progresos. ¿Crees que mi muerte te puede hacer ascender?
—No, pero me puede divertir. Se te ha agotado el tiempo, Valfiero. Gloria a la casa de los Corvato.
El nombre me paraliza. Corvato es la casa de Rosalina.
Julieta se da cuenta de que me he detenido.
Estira la cadena para darme una sacudida.
Echo a correr de nuevo, y mi mente me acompaña.
El homicidio de Anteo y luego la mirada de Rosalina.
Y al final ella que se convierte en una Vestal.
Nadie de su casa se había acercado jamás a saciarse de poder.
Siempre lo suficientemente cerca para olfatearlo, pero no tanto como para poderlo probar.
Vuelvo a pensar en la mirada entre su madre, Ludmila, y Reinaldo.
Hay algo que ignoro y que debo saber, que no nos atañe solo a nosotros, sino también a los Valfiero; de lo contrario, la Seca no se comportaría así.
Teobaldo ve a su gemela en apuros y se precipita hacia ella, pero él también está lejos.
No llegará a tiempo, estarán demasiado arriba para alcanzarlas.
Una figura me supera corriendo, no, mejor dicho, galopando en su dirección.
Veo a Terencio volar por encima de la roca, tomar impulso y saltar.
Aferra la mano de Laurela por los pelos.
Pero es suficiente. Cuando estás pegada a doscientas libras de músculos y tú no eres más que un pajarito con los ojos almendrados, sales del agua con la facilidad de un anillo demasiado holgado.
Terencio logra tomar a ambas en brazos y frenar su caída contra un pavimento duro.
Ellas son las últimas que consiguen huir del agua.
Hemos salvado a muchos. No solo Julieta y yo, sino también Mercucio y Alena, Paris e incluso Teobaldo. Así como el Albino, que junto con Baltasar habrá sacado a más de veinte, ayudado por una chica gigante, tan rubia como él y el doble de alta.
Nos sentamos en el suelo, exhaustos, pero mantenemos los ojos clavados en lo alto.
Las figuras que se han quedado atrapadas se agitan como pescados en las tinas del puerto.
Cuando el nivel del agua ya no los retiene más, se precipitan al suelo.
Cada uno de los que se caen es para mí un fracaso.
Alguien que no he logrado salvar. Alguien que no he aferrado.
Grito, de rabia y de frustración, mientras los Iniciados empiezan a susurrar mi nombre.
Alguno pasa y me da unas palmadas en la espalda.
Me lo agradecen. No quiero oírlos. Los Montesco saben por qué luchan.
Hoy luchaba por la vida, pero la muerte me ha derrotado.
«Los más débiles sucumben y los más fuertes encuentran una salida».
Las palabras de mi abuelo me vuelven a la mente.
Pero no hallo fuerza en la salvación, solo la debilidad de un sistema corrupto.
Nadie dice nada. Observamos a los muertos que yacen en el pavimento frente a nosotros. Son muchos. No solo han caído los que no han logrado salir del agua a tiempo, sino también los que antes se han ahogado.
Terencio estrecha entre los brazos a la Valfiero, que no logra parar de temblar.
De su descarado orgullo no queda ni rastro.
Puede que mañana se lo vuelva a poner, y nos reservará palabras de hielo y amenazas de hierro, pero hoy parece una niña entre los brazos de un gigante.
Teobaldo está al lado de Florencia, que sigue negando con la cabeza, los ojos como platos y sollozos que no reprime.
Algunos se han levantado para ir a buscar a amigos o parientes entre los muertos. Veo cómo lloran abrazando sus cuerpos.
—No podías salvarlos a todos —me dice Julieta, sentándose a mi lado. Eso ya me lo han dicho alguna vez.
—No. Pero ojalá hubiera podido. —Cada uno de ellos podría ser Domiciana. Siento sus gritos dentro de otros gritos, su sonrisa en sonrisas que no son la suya, su mirada en miradas que no le pertenecen. Sí, hubiese querido salvarla, no pude, pero puedo salvarlos a ellos.
No logro cesar de mirar esta carnicería.
Me pongo en pie y empiezo a recitar la Extremacción.
Debería ser un murmullo; sin embargo, mi tono se eleva, se transforma casi en un grito.
La gruta reverbera mi eco, las palabras que pronuncio vuelven a mí y encierran toda mi ira.
Quien lloraba abrazado al hermano o al amigo se alza y empieza a rezar conmigo.
No creo que sirva, pero quiero que la diosa oiga nuestra voz y también nuestra cólera.
Estamos todos de pie. Nuestras plegarias parecen un canto de guerra.
Quizá mañana desenterremos el hacha. Mañana volveremos a ser uno contra otro.
Mañana las guerras familiares envenenarán de nuevo nuestras palabras.
Pero hoy somos un único dolor. Una sola voz.
Que no habla por Edén, no habla por la diosa; habla por los muertos que no caerán en el olvido.