16. Romeo #2
Ni siquiera hay espacio para meter la boca y robar una bocanada. Julieta abre mucho los ojos, que se tiñen de terror. Yo le estrecho la mano: no cedas .
El miedo serpentea entre los Iniciados. Hay uno que se rinde. Lo veo agitarse y luego se queda inmóvil, flotando a nuestro lado. Lo miro y lo reconozco. Es el Iniciado con el rostro redondeado que estaba cerca de mí en la Congregación. Julieta sigue con la vista fija en mí.
«No tengo ninguna maldita respuesta que darte», quisiera decirle. Nadie la tiene.
No tengo tiempo de aterrorizarme porque alguien me aferra la pierna y tira de mí.
El pánico en el agua es algo verdaderamente espantoso.
Miro hacia abajo. Hay un Iniciado al que nunca había visto.
Es bastante macizo, no tanto como Terencio, pero suficientemente musculoso para causarme algunos problemas.
Sube tomando mi cuerpo por una cuerda con la que izarse.
El otro encadenado a él se agita. Intenta ir en la dirección contraria.
Creo que no le queda mucho de vida. Me debato como una anguila, sabiendo que estoy malgastando aire.
Julieta lo advierte y trata de sacármelo de encima.
No es generosidad: él nos está tirando a ambos hacia abajo.
Cuando cree haber alcanzado la salvación, se da cuenta de que en lugar de aire hay piedra.
Tira la toalla. Nuestros rostros están cerca.
Veo que pone los ojos como platos. Su cuerpo sufre dos o tres espasmos. Y luego abre la boca y bebe.
Y bebe.
Y fallece.
No logro apartar la vista de él. Los ojos dilatados, la boca abierta de par en par. Los brazos extendidos a la espera de un abrazo que nunca llegará. Se queda allí flotando.
El Iniciado encadenado a él es Folco. Julieta también se percata y me arrastra hacia él.
Se lo pongo fácil. Si fueran Mercucio o los demás, yo haría lo mismo.
Apenas nos acercamos, él aferra a Julieta y señala hacia abajo; ella opone resistencia, pero Folco le toma el rostro entre las manos y luego suelta un poco de aire.
Las burbujas no van hacia arriba.
¡Van hacia abajo!
¿Cómo es posible que me haya pasado por alto?
Soy idiota. Si no estuviera tan cansado y herido tal vez habría caído antes en ello. Los cuerpos de los muertos que flotan están pegados a la piedra, y en cambio deberían haber ido hacia el fondo. Por ende, solo hay una razón para que no lo estén haciendo.
¡Este es el fondo!
No sé qué invento estrafalario se han sacado de la manga, pero la gravedad parece invertida. ¿La del agua o la nuestra? No lo sé, pero la salvación nos espera en la parte opuesta.
Asiento hacia Folco y miro a mi alrededor.
¿Cuánto habré descendido? Cuatro o cinco esimios.
No lo sé con certeza, pero valen el doble con el terror que nos devora el aire.
Debemos salvarnos, pero no puedo marcharme sin mis amigos.
Julieta está pensando lo mismo, porque mira a su alrededor.
Folco vuelve a tirar de nosotros. Señala hacia abajo.
¿Tal vez quiere decirle a Julieta que los demás ya están a salvo?
¿Quizá le quiere decir que el tiempo se agota?
Tanto da. A pocas brazadas de mí entreveo a Mercucio.
Está nadando hacia abajo. Lo han entendido.
De Benvolio no hay rastro, pero apuesto a que todas esas cadencias encima de los libros han servido de algo.
Ya estará en el fondo respirando a pleno pulmón.
Yo debo ponerme en marcha antes de que los míos colapsen.
Empezamos a descender, pero Folco no lo logra.
El peso del muerto encadenado a su brazo lo hace nadar con lentitud.
Julieta se detiene. Está indecisa.
¡Maldita sea! Moriremos.
A toda prisa, tomo la decisión más estúpida.
Pego una patada y me dirijo hacia el cadáver al que Folco está encadenado.
No sé si funcionará. Me cuesta otro poco de aire el esfuerzo, pero rompo el pulgar del Iniciado y lo doblo.
El grillete es lo suficientemente estrecho para que no podamos soltarnos, pero suficientemente ancho para usar este truquito.
Folco está libre. Julieta me mira y luego se mira la mano.
Si estuviera segura de lograrlo, apuesto que se rompería el pulgar.
No lo hace.
Empezamos a nadar hacia abajo, impulsándonos con las piernas todo lo que podemos.
Me queman los pulmones, el deseo de aire se apodera de todo mi cuerpo provocándome fuertes dolores.
Tengo tantas ganas de respirar que a duras penas logro mantener la boca cerrada.
La cabeza me martillea junto con los nombres de mis amigos Benvolio, Terencio, Mercucio, Alena.
Aquel ápice de optimismo que me invadió se ha disuelto dentro del agua.
Están muertos. Los veo ondear dentro de mi fobia.
Están muertos y en breve los seguiré. ¿Domiciana murió así?
¿La chica que quería volver su cuerpo monstruoso para salvar los de los demás falleció hinchada y lívida por el agua?
Reúno toda la fuerza que me queda para aumentar el ritmo.
Quien no lo consigue se ve arrastrado hacia arriba llevando consigo a quien tiene encadenado.
Nado en un mar de cadáveres hacia la demente esperanza de que al fin haya aire.
Y entonces lo encuentro.
Respiro como si comiese. Como si bebiese.
Ávido. Diosa, qué rico es el aire. A mi lado, Julieta está tomando largas bocanadas.
Así como Folco. Ambos se sonríen y se abrazan.
Mi brazo es arrastrado hacia ellos. Participo involuntariamente en esta reunión.
Debo la vida a un Capuleto. Y por lo que sé, al peor de todos.
¡Maldita sea!
Otras cabezas aparecen en el agua.
Mi primer pensamiento fue correcto. Es una enorme gruta llena de agua, pero está invertida.
Bueno, no. Somos nosotros los que estamos invertidos junto con el mar.
Estamos cabeza abajo. A pocos pulgares de mí veo el suelo.
O el techo. No estoy seguro. El agua nos retiene, pero a nuestro pelo lo atrae la tierra que se encuentra a pocos pulgares de nosotros.
Pienso que ni siquiera Benvolio sabrá explicar esta locura.
La misma cueva parece dividida en distintas gravedades.
¿Es posible? Para ciertos Graves, me imagino que será un juego de niños.
Miro a mi alrededor para buscar a los míos. Enseguida veo a Mercucio y a Alena, a pocas brazadas de mí. A lo lejos, la voz de Terencio grita y reniega.
—¡Por la diosa! Cuando os ponga la mano encima hundiré vuestra cabeza en la misma agua donde nos estáis haciendo morir. Coro, Pentra y Atadores de los cojones. Malditos todos y también vuestra diosa. —Me hace tan feliz oírlo renegar que pondría la mano en el fuego a que incluso Benvolio se alegra.
—¿Teobaldo? —pregunta Julieta a Folco con la voz cargada de ansia.
Él niega con la cabeza.
—¡No lo sé! —jadea—. Lo he perdido en la galería.
Por un momento, me regocijo con la idea de que la haya palmado. No olvido la emboscada y no olvido la atroz muerte de Anteo, que intentaron hacer recaer en nosotros.
—¡Hermano! —oigo gritar a nuestra izquierda—. ¡Hermano! —No, no está muerto. Teobaldo debe de tener tantas vidas como un gato. Como el resto de nosotros. Y hoy todos hemos gastado algunas.
—¡Sí! —exclama Folco—. Sabía que lo entenderías. —Mi enemigo no tiene a nadie encadenado a él. Está claro que alguien, espero que vivo, tiene un pulgar roto.
Teobaldo nada hacia nosotros de un modo curioso. No es fácil moverse cabeza abajo.
—¿Todo bien, prima? —pregunta con aquella dulzura que para mí, en boca suya, es todo un misterio.
Julieta asiente con la cabeza.
Él me mira con hostilidad y luego se dirige a Julieta.
—Te libero. —Y hace ademán de cogerme la mano.
—No —responde perentoria.
—¿No? —Teobaldo está sorprendido.
—Estamos todos dentro de este delirio. No es el momento de guerras familiares… ni dedos rotos —dice ella. Teobaldo no lo entiende, pero acepta. Yo también estoy perplejo.
El ruido que he oído en la sala se repite. En alguna parte de la gruta se está abriendo una puerta.
El agua empieza a retirarse.
Nosotros subimos con ella.
Veo el suelo que se aleja. La certeza de lo que está a punto de suceder se dibuja con toda claridad en mi mente. Y sé que costará más muertos. Solo puedo actuar de manera que sean los menos posibles.
—Salgamos del agua —grito—. ¡Todo el mundo fuera! ¡Rápido! —Me impulso con los riñones, moviendo las piernas juntas para intentar que el cuerpo salga al máximo de este mar, esperando que la gravedad en el fondo pueda hacer el resto.
Rezo a la diosa para que tenga razón.
Apenas mi busto encuentra la parte seca, salgo rodando y me estrello contra el suelo.
Julieta es arrastrada conmigo. Aterrizamos uno encima del otro y quedar tan cerca de ella me incomoda.
Me levanto a toda prisa. Teobaldo ya está fuera del agua y está ayudando a su hermano y a sus primos.
El nivel sigue retirándose. Muchos han hallado la salvación en el suelo, pero otros tantos todavía están colgados cabeza abajo; parecen huesos de sepia para los pájaros.
Miro a Julieta. Quiero ir con los míos a echarles una mano.
—Si no vienes, te arrastro por la piedra. —Mi tono es decidido. Ella sabe que lo haré.
—¡Te acompaño, pero no te ayudo!
Y juntos corremos hacia Terencio.
—¡Tirad de ellos por los brazos! ¡Ayudad a todo el mundo!
—grito, esperando que alguien me escuche mientras pongo un pie delante del otro para llegar a tiempo de salvar a los míos.
La roca es negra, dura, afilada. Sin botas se me cortan los pies, pero sigo corriendo.
Julieta tampoco se queja, no se detiene.
Llego donde está Benvolio, que me espera con los brazos fuera del agua; se los cojo y tiro.
Y a pesar de lo que ha dicho, Julieta me ayuda.
Tiramos con todas nuestras fuerzas. Mi primo y Terencio ruedan reclamados por la gravedad.