Romeo y Julieta Untold: La última congregación 16. Romeo
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16. Romeo

Romeo

Alguien chilla. La fila se detiene de golpe y porrazo y nos apiñamos todavía más los unos contra los otros.

Algunas voces se elevan por encima del murmullo llamando a este o a aquella Iniciada.

Al amigo. Al hermano. A la hermana. A veces alguien responde; otras, la llamada persiste cada vez más desesperada.

Oigo gritar el nombre de Julieta. Creo que son Teobaldo y Folco.

—Estoy bien —responde ella, alzando la voz para que llegue hasta el inicio de la fila.

Estira un poco la cadena—. ¿Verdad? —Susurra, pero sin miedo, solo quiere una confirmación de mi parte de que respetaré los pactos tácitos.

Que ya nos ocuparemos luego de odiarnos y encontrar una excusa para matarnos, tal vez.

Asiento con la cabeza sin tener en cuenta la oscuridad que nos envuelve y que ella no me ve la expresión.

No dice nada. Es evidente que se fía, yo todavía no.

—Será agua —grita a los suyos, pero al mismo tiempo todos los Iniciados oyen su alarma. Las llamadas a gritos aumentan todavía más.

—Yo doy media vuelta —dice una Iniciada que está más o menos en la mitad de la galería. Otros le dan la razón y empiezan a empujar en la dirección opuesta. Intentan regresar allí de donde hemos venido, sin saber que ya no hay ninguna salida por la que huir. Somos aceitunas prensadas en la almazara.

—Genial, así el pánico nos matará antes que el agua —le digo, airado.

—Los míos tienen tanto derecho a saberlo como los tuyos. —No la veo, pero me la imagino con los puños cerrados y la mirada furiosa. No respondo. Una parte de mí sabe que tiene razón.

Muy pronto todos se dan cuenta de que moverse provoca más daño que otra cosa, que no hay escapatoria. Más vale razonar y averiguar cómo salvarse.

Alguien me roza, me giro de golpe en la oscuridad y trato de agarrarlo. Engancho una casaca.

—Primo. Soy yo. —La voz de Benvolio ralentiza mis latidos. Diosa, qué ganas de abrazarlo.

—Quitaos las botas —le sugiero.

—Ya lo hemos hecho —responde Terencio en su lugar—. Mientras tú bailabas con la desgraciada de la Capuleto. Con ánimo de ofender, naturalmente, Julieta.

Su voz cálida y ronca basta para tranquilizarme, aunque no lo vea.

—Naturalmente —contesta ella en la oscuridad. Está pegada a mí. Siento los latidos de su corazón contra mi espalda. Van más acelerados de lo normal. No creo que sea por el insulto. Quizá ella también tenga un punto de ruptura.

—Nado fatal —murmura Terencio—. Y bajo el agua es incluso peor. —Inspira por la nariz—. Si pierdo la cabeza, tienes que matarme. ¿Entendido?

No sé a quién se lo está diciendo, si a mí o a Benvolio, pero ninguno de los dos responde; lo hace Julieta en nuestro lugar:

—No te preocupes. Seguro que encontramos a alguien que acabe contigo.

Terencio suelta una carcajada.

—Cuando pienso que me tocará morir antes de haber probado a la morenita, me entran ganas de renegar.

Espera. Yo siempre tengo ganas de renegar.

—El hecho de que consiga bromear incluso en un momento como este me hace pensar que lo lograremos.

Que seguiremos oyendo sus ocurrencias y sus líos con mujeres, con todos los pormenores—.

¿Estamos seguros de que será agua? —pregunta, con la esperanza de encontrar un «no» a su pregunta.

—Bastante —responde Alena. La voz me llega cercana. Señal de que Mercucio está al lado. Mis amigos están aquí. Podemos lograrlo.

—¿Y tú eres…? —pregunta Benvolio con ese tono de sospecha que usa cuando no se fía de alguien.

—Una que puede salvarte el pellejo si la escuchas. —Sin duda, Alena no se ha amilanado.

—¿Listos para nadar un poco a la luz de la luna? —dice Mercucio, socarrón.

—No puedes nadar con ese hombro —digo, de pronto más preocupado de lo que ya estaba.

—Alena no solo es un hacha de la natación. Me ha hecho un daño de mil demonios, pero me lo ha recolocado. —Se ríe.

—Procurad tomar tanto aire como podáis y mantener los pulmones inflados.

Ayuda a mantenerse a flote. —Alena nos da consejos que se asemejan mucho a órdenes, pero nosotros escuchamos en silencio como niños aplicados.

No la conozco bien, pero pondría la mano en el fuego a que difícilmente alguien cuestiona sus sugerencias.

Respiramos y esperamos. Cuando el agua llega, los que estamos descalzos somos los primeros en percatarnos.

Está helada. Los rasguños en los pies me escuecen: es por la sal.

—Allá vamos —susurro, y rezo para mis adentros.

—Esto es una vejación. ¿Para qué hemos estudiado? ¿Para morir sin una razón? —pregunta Benvolio, sin esconder el desasosiego que le agrieta el timbre de la voz.

Nadie responde.

—Empezad a tomar largas bocanadas de aire. Pasad olímpicamente de lo que hagan los demás. Procurad mantener la calma, vaciad los pulmones y luego volved a tomar aire. Y cuando el agua llegue, no os dejéis llevar por el pánico. Cuanto menos os mováis, menos consumiréis. —Alena habla a toda prisa.

—Y abrazaos a quien está encadenado a vosotros —añado—. Cuando llegue la ola nos veremos arrojados quién sabe dónde, y con un brazo encadenado nos podríamos romper los ligamentos. —Me da que no llenarán la galería poco a poco.

—Ven aquí, Benvolio, que te abrazo, satisfaciendo tus deseos. —Terencio se ríe socarronamente, aunque el sonido de los dientes castañeteando revela su miedo. Cada uno afronta el terror como prefiere. Si Terencio desea morir riéndose, está en su derecho.

Empezamos a tomar largas bocanadas de aire, esperando que no sean las últimas, mientras el agua va subiendo.

Un grito desesperado irrumpe en la galería. Desgarra incluso la oscuridad, liberando sombras de terror que se meten dentro del corazón.

—¡AGUA! ¡Llega el agua! —No sé de quién es la voz, pero chilla tan fuerte que la última palabra grazna en su garganta.

Y cunde el pánico.

La fila se convierte en un magma de cuerpos que vocean, empujan, intentan fugarse. El suelo se ha vuelto resbaladizo por el agua. Alguien cae bajo mis pies. Quisiera no pisarlo, pero es imposible.

—¡Quietos! —grito, a voz en cuello—. ¡Quietos! Así es peor. —Mis palabras quedan apagadas por el estruendo de una impetuosa cascada que está cayendo derecha hacia nosotros. Tenía razón.

—Toma aire. —Es un susurro, sé que es de Julieta.

Me aferra la mano. Yo me coloco detrás de ella y la abrazo con fuerza.

Su cuerpo se acomoda al mío y el agua nos enviste, arrancándonos de donde estamos.

La galería se convierte en un mar tempestuoso y nosotros somos barquitas rotas zarandeadas por las olas.

Chocamos los unos contra los otros, arrastrados por la corriente.

Pero yo no la suelto. El ruido de huesos rotos o de desgarros es la segunda voz del fragor del agua.

Abrazar a mi enemiga ha sido útil, y que me condenen, también placentero.

Siempre que puedo procuro tomar aire, pero es difícil.

Casi imposible.

Luego el agua se acaba y nos vemos catapultados al vacío.

Todavía estamos abrazados. La estrecho contra mí todo lo que puedo.

Abro los ojos.

La luz es igual de cegadora que la oscuridad. O quizá nos deslumbra a causa de la oscuridad en la que nos encontrábamos hasta ahora.

Nos precipitamos como una bala hacia lo desconocido, encadenados el uno a la otra.

Por culpa del gran resplandor, a duras penas logro ver que estamos dentro de una inmensa gruta, grande como una catedral.

Tomo aire. Ella conmigo.

No sé si será suficiente.

No sé si servirá.

Pero estoy convencido de que en el fondo de la caída nos espera más agua. El olor salobre ahora es muy intenso.

El terror nos une los unos a los otros más que las cadenas. Lo percibo. Podría tocarlo si el dolor tuviese forma. Me pasa por encima más que el aire, que no frena mi vuelo.

El impacto es violento y nos separa. Es tan fuerte que tenemos la sensación de que nos hemos estrellado contra un témpano de hielo.

En cambio, se trata de un mar profundo y calmo.

Nos vemos arrastrados hacia abajo, hacia el fondo. Nos hundimos y nos hundimos y nos hundimos.

Estamos en una cueva; debería reinar la oscuridad, pero en cambio hay luz.

Demasiada para ser natural. Es obra de un Aeteriano que está jugando con nosotros.

Evidentemente, los Atadores nos están estudiando a través del agua.

Nos ven. La luz también nos permite ver a nosotros.

Los cabellos que ondean, los ojos abiertos de par en par.

Las burbujitas de aire salen de nuestras bocas o narices y se dispersan.

Son la arena de un reloj que se está agotando y nos dice que no nos queda mucho tiempo.

No puedo buscar a mis amigos. En la caída han ido a parar quién sabe dónde.

Una cosa era permanecer bajo el agua mientras mi abuelo me entrenaba y otra es haber caído en uno de los círculos de los que el poeta Dante escribió adrede para sus enemigos.

No sé si este es el río Estigia, pero lo único que espero es que una vez hayamos alcanzado la superficie no haya diablos dispuestos a ensartarnos con sus espadas.

No me sorprendería. El poco aire que retenemos empieza a disminuir.

Julieta mira a su alrededor. Tiro ligeramente de la cadena y ella se da la vuelta.

Señalo hacia arriba. Asiente. Me sigue. Empezamos a nadar hacia arriba.

Todos lo hacemos. Mercucio también está ascendiendo.

Alena ha dicho la verdad: nada divinamente.

Es ella quien arrastra a mi amigo. Quiero saber dónde están Terencio y Benvolio, pero morir buscándolos está claro que no me ayudaría.

En cambio, veo al Albino, que nada con tranquilidad; si hubiera peces de colores se detendría a observarlos en el abismo.

Arrastra detrás a Baltasar. Está consciente, pero no tiene mucha fuerza para nadar con su brazo más corto.

Continuamos ascendiendo, pero hay algo que no encaja.

Nos cuesta trabajo.

Demasiado trabajo.

Es agua de mar; el ascenso debería ser más fácil, pero no es así.

Al final de nuestra carrera esperamos encontrar aire. Lo ansiamos.

En cambio…

… topamos con la dura pared de roca.