15. Romeo #3
De la mano de Julieta sobresale un puñal afilado.
Ignoro de dónde lo ha sacado, quizá lo escondía bajo la casaca o quizá lo haya recogido del suelo mientras la arrastraban.
Da un paso y creo que está a punto de apuñalarme, pero en cambio corta rápidamente las correas de mi chaleco y luego de la chaqueta.
Está endiabladamente afilado. Secciona las correas como si fueran de seda.
Está impregnado de poder. Pienso qué Pertenencia puede confeccionar un puñal tan perfecto, recién forjado, y enseguida me viene a la mente el puñal que mi padre usa siempre en la ceremonia del Primer Paso.
Un Arquitiempo, claro. La hoja que continuamente vuelve a su primerísimo origen.
Un juguete costoso. ¿Por cuántos solasterios se habrá impregnado?
Si permanece en este estado perfecto hasta el fin de la Academia, el precio habrá sido la vida de algunos Rápidos.
Me quito la chaqueta a toda prisa, arrancándome asimismo la camisa blanca que llevo debajo, pero la ropa se me queda colgando del brazo, la cadena la retiene.
Julieta, rauda, mete el puñal por debajo y estira.
Mi casaca cae junto con el lino blanco. Ella me observa, estudiándome.
Sus ojos recorren mi tórax, y cuando se detienen en un punto, veo que un destello los atraviesa.
Bajo la mirada para ver qué es lo que le ha picado la curiosidad.
En mi piel, entre la rojez de algunas magulladuras que pronto virará hacia el negro, hay un nuevo símbolo.
Parece una ola. Ni siquiera he notado que se formara.
A lo mejor en aquel momento sufría demasiado para percatarme del símbolo, o tal vez sea solo la Marca, lo que te parte en dos del dolor.
No tengo ni idea de qué significado tendrá el nuevo dibujo, lo único seguro es que la Marca del Alma se está formando.
Quién sabe si otros la han recibido. Examino la Marca de Julieta.
Siento curiosidad por saber qué símbolo se ha imprimido en su piel.
Será una Esencial, casi todos los Capuleto cuentan con esa Pertenencia.
Le observo el cuello y ella se da cuenta.
Endereza la cabeza con orgullo y la aparta para permitirme ver mejor. Y me clava los ojos.
Estaba equivocado. No es una Esencial. Es una Arquitiempo.
No salgo de mi asombro. Mientras que por lo general nuestras Marcas todavía son «indecisas» o no del todo formadas, la suya es tan clara y nítida que parece la de un Extrema Sangre, con la Pertenencia que ya ha recibido el Vínculo.
Me imagino que Reinaldo Capuleto no está contento de tener una de la familia a la retaguardia.
Ella suspira. Adivina lo que estoy pensando y mi sonrisita seguro que no lo esconde.
Resopla un poco molesta y con un rápido movimiento gira el puñal, ofreciéndome la empuñadura.
—No te conviene matarme. Tendrías que arrastrar un cadáver. Aunque en el agua pese menos, igualmente resultaría aparatoso.
También gasta ironía. Niego con la cabeza y tomo la empuñadura.
Me apresuro a cortar sus correas y el uniforme cae al suelo.
Miro con disimulo si ella también tiene un nuevo símbolo, pero bajo la casaca lleva una camisa blanca ligera, que transparenta lo suficiente para entrever las formas, pero sin duda no un dibujo.
Me avergüenzo cuando dirijo mi mirada a sus senos, y rápidamente alzo la vista.
Un Ensiferio advierte que estamos medio desnudos.
Yo escondo raudo el puñal en mis pantalones.
De todos modos, no parece interesarse por lo que hacemos.
Desde luego, también podemos morir desnudos, por lo que a él respecta.
—Devuélveme el puñal —me ordena Julieta alargando una mano.
Enarco una ceja y ladeo la cabeza. ¿De veras cree que le voy a dar el puñal? Da un paso decidido hacia mí. Yo le agarro una muñeca y le estiro la otra con la cadena, colocándome detrás de ella, a toda velocidad. Le tuerzo el brazo y acerco mi boca a su oído.
—No tengo ningún problema con la muerte. Soy un Montesco; con la muerte tenemos una larga historia de amor. Pero eso no significa que quiera acabar en sus brazos de la mano de una enemiga ni que sea tan estúpido como para fiarme de una Capuleto.
Si le estoy haciendo daño no lo demuestra, pero la voz que le sale, seca y estridente, suena como una hoja sobre el cristal.
—¿Qué motivo tengo para matarte?
—Tu familia nunca ha necesitado un motivo para hacer pedazos a la mía.
Su piel huele a guijarros al sol cuando los moja la lluvia.
Es solo un momento, pero los recuerdos soleados sobre las terrazas del palacio invaden mi memoria, cuando en los largos veranos jugaba con Domiciana a intentar doblegar el calor a nuestra voluntad, como los Ardefríos, y las primeras gotas de lluvia casuales nos hacían creer que ya éramos Extrema Sangre.
Recuerdo el olor de esa lluvia. Lo olfateábamos para intentar, más tarde, recrearlo en los talleres de los boticarios, sin éxito.
Y ahora aquel mismo perfume está en la piel de Julieta. Me distrae y me gusta.
Pago caro ese momento. Ella se libera, me arrebata el puñal con la misma facilidad con la que se lo quitaría a un niño y lo esconde en sus pantalones.
—Yo siempre debo tener un buen motivo para matar. No me des uno…, Montesco. —Me mira con desdén y me da la espalda.
—¿Has acabado de divertirte? —Mercucio se burla de mí.
—Procuremos no separarnos. Lo que sea que nos espera lo encararemos unidos —le respondo sin jugar a su ironía.
Él asiente. Juntos nos desplazamos hacia Terencio y Benvolio.
Julieta estira hacia otra dirección. Quiere ir con los suyos.
No se lo permito y doy un tirón. Soy más fuerte.
Lo intenta un par de veces o tres y luego cede.
Teobaldo querría alcanzarla, pero ahora los guardianes nos empujan para colocarnos en una fila, de la que ya no podemos salir.
Los seguimos a través del arco que cruzamos hace ya no sé cuánto tiempo.
Volvemos a recorrer el pasillo por donde vinimos, pero tras unos pocos pasos oigo de nuevo aquel chirrido en el pavimento y los Ensiferios nos hacen doblar a la derecha hacia una galería larga y estrecha. Han abierto un pasaje.
Estamos todos amontonados, apretujados en el angosto pasaje.
La única luz que ilumina un poco nuestro camino proviene de la entrada de la galería.
Me percato de que no hay guardianes con nosotros.
Estamos solos. Avanzamos sin saber qué más hacer.
Cuando vuelvo a oír el chirrido, la pared que tenemos detrás se cierra dejándonos en la más absoluta oscuridad.