Romeo y Julieta Untold: La última congregación 15. Romeo #2
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15. Romeo #2

—Es más fácil nadar en ella. —Ha hablado la chica sin un ojo.

Lo hace perezosamente, con aire desganado.

Está un poco afónica. La he oído gritar mucho durante el banquete.

Ahora compensa con una calma seráfica. Tiene la expresión impetuosa de quien podría ser cruel si lo quisiera.

Parece no preocuparse lo más mínimo por el ojo perdido, casi presume de ello.

El que le queda es profundo y escudriñador.

Sus labios son sensuales y plenos, y creo que capaces de escupir hiel a quien le lleve la contraria.

Se alisa los larguísimos cabellos empapados de orina y sangre coagulada.

Se los enrolla entre sí y luego se los sujeta atándoselos a la nuca.

—¡Es más fácil mantenerse a flote! —contesto. Y al decirlo el miedo me martillea el pecho. Ahora he entendido de manera cristalina por qué mi primo, un Montesco, está encadenado a una montaña.

Mercucio también ha adivinado mis pensamientos, y veo que un destello de preocupación cruza su mirada.

—¿Cuántos esimios? —me pregunta Mercucio.

Reflexiono. Mi abuelo me llevaba a nadar a menudo.

Y yo lo detestaba. Porque no nadábamos. Me hundía la cabeza bajo el agua y me la retenía allí, hasta que creía que me iban a estallar los pulmones.

Un Edenita logra permanecer bajo el agua cinco o seis esimios tranquilamente.

Yo casi diez. Pienso en él y se lo agradezco.

—Si tomo mucho aire, tal vez llegue a once esimios —respondo.

—Yo casi quince —contesta Mercucio.

La chica se gira de golpe hacia nosotros.

—¡Y una mierda!

Mercucio se encoge de hombros. Puede que, a fin de cuentas, estar emparentado con la Primera Voz sirva de algo; a él lo han entrenado.

La chica sigue soltando tacos, ni que estuviéramos en un prostíbulo. Cuando calla, nos mira de hito en hito.

—Yo nado como una diosa. Si no se trata solo de morir como ratones, quizá pueda ser útil. —Nos tiende la mano—. Alena Chentacro. De las tierras del Oeste. —Había oído el acento áspero y duro de esa parte de Edén, pero no estaba seguro.

—No decidimos nosotros con quién nos encadenan —digo sin estrecharle la mano.

—No, pero sea cual sea la prueba, si estamos cerca, mejor.

—Vuelve a apoyarse en la pared y echa un vistazo a su alrededor.

Evalúa. Me imagino que ha entendido que Mercucio y yo haremos todo lo que esté en nuestra mano para que nos encadenen juntos.

Está buscando la figura más fácil de quien desembarazarse o con la que resulte más conveniente estar encadenada.

Miro a Benvolio y Terencio encadenados juntos; por lo que sé, ninguno de los dos es un gran nadador.

Siento una punzada de dolor en el corazón ante la idea de tener que llorar otra pérdida.

Quiero avisarles de lo que he intuido. No me miran.

Están ocupados hablando entre ellos. También están haciendo suposiciones.

Al fin nuestras miradas se cruzan. Yo finjo tomar aire y me tapo la nariz.

Benvolio no lo entiende enseguida, pero cuando lo hace lo veo palidecer.

Asiento. No sé si él se ha entrenado jamás.

Terencio seguramente no. Hay que respirar largo y tendido.

Procurar abrir los pulmones al máximo. Y calmar la mente.

Será como pedir a un pez que se pasee por la arena.

Dos Ensiferios se acercan a nosotros. Encadenan a Mercucio.

Yo tiendo mi brazo, pero no me atan a mi nuevo amigo.

Es a Alena a la que atan a él. Esboza una sonrisa.

No tendrá que preocuparse de su lastre. Mercucio ha dado a entender que respira mejor que el atún.

Me giro para ver a quién más tengo cerca y controlar quién será mi compañero.

El alboroto que se ha armado en la otra punta de la sala me distrae. Julieta está despierta, pernea y da coces contra el suelo; la están arrastrando…

… decididamente en mi dirección.

Con la idea de morir he hecho las paces, pero hacerlo encadenado a ella, o por su culpa, me hace sentir el estómago repleto de hierro incandescente.

¿Y qué hace el hierro en la carne? Quema, se enciende, devora.

¡Es lo que hacen mi ira y mi temor! Cavan una guarida en mi estómago y se pelean por quién tomará posesión.

Ella también parece tener los mismos dos adversarios en las tripas.

Cuando nos encadenan y se gira para mirarme, está hecha una furia.

Pero también percibo miedo. Lo distingo en el temblor de sus labios y en la dilatación de sus ojos.

Donde antes había amor, ahora mora el pánico.

Significa que Rufina ya no confunde sus sentimientos.

Muy bien. Mucho más verdadero. Apenas nos han unido cuando tira de la cadena con todas sus fuerzas, una, dos, tres veces.

Los grilletes de hierro me desuellan la piel.

—¡Quieta! No te seré de gran ayuda si me rompes un brazo. —Tiro hacia mí.

—¿Cuánto aguantas bajo el agua? —me pregunta a bocajarro.

Canalla, pero inteligente; ella también lo ha comprendido.

—Diez esimios.

Cierra los ojos. No sabe si creerme.

—Así que intenta no ser un lastre, porque te machaco la mano y me libero de ti —le digo a regañadientes.

No tenemos tiempo de continuar nuestra estimulante conversación, pues los Ensiferios empiezan a levantarnos a la fuerza, tirando de las cadenas. Los demás intuyen la orden y se mueven en consecuencia.

Estoy a punto de hacerlo yo también cuando Julieta me detiene y me alarga un pie.

—Ayúdame. Sácame las botas.

«Buena idea», pienso, pero no se lo digo. La ayudo y luego me quito las mías. Mercucio y Alena hacen lo mismo. Sin ellas pesamos menos. Debí librarme del uniforme antes de que nos encadenaran. Me quito las hombreras y los brazales, pero el chaleco está demasiado ceñido. Maldita sea.