Romeo y Julieta Untold: La última congregación 15. Romeo
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15. Romeo

Romeo

Es un tizón ardiente que quema demasiado. La suelto y cae inerte encima de la piedra. Su cabeza se estrella contra el suelo. Los brazos descoyuntados, las piernas dobladas de una forma extraña. Por un batimiento creo que está muerta, pero enseguida veo que su pecho sube y baja.

No siento alivio.

La miro como se mira a un ladrón descubierto con las manos en el botín, solo que ella no me puede restituir nada, ni la vida de Rufina ni sus recuerdos.

Los Ensiferios nos separan: a mí me arrojan contra una pared y a ella la arrastran por los brazos. Sobre la piedra va dejando un rastro de sangre, que proviene de su cabeza.

No siento culpa.

Teobaldo intenta correr hacia su prima, pero un Ensiferio lo detiene con un puñetazo en el estómago.

Vuelan unos brazos, de la misma manera descoyuntada en que se cayó Julieta.

Respira con dificultad. Sansón, de gruñido fácil, lo alcanza y propina dos puñetazos en mi dirección, como si lo hubiera golpeado yo. No tengo tiempo para esto.

La corriente de aire vuelve una vez más, siempre con ese irritante chirrido.

¿De dónde viene? ¿Y el ruido? Lo vuelvo a oír y advierto de nuevo el aire que me enfría.

Lo huelo. Tiene un olor particular. Me resulta familiar.

Viene de mi infancia. Pero no encuentro el día para emparejar el recuerdo.

Es un olor más fuerte que el de sangre, vómito y comida desparramada por la estancia.

Se superpone incluso al hedor a cólera y miedo que transforma nuestro sudor en efluvios agrios e intensos.

Otros guardianes entran en la sala sosteniendo entre las manos largas cadenas con un grillete de hierro en cada extremo. Nuestra bienvenida a la Academia no ha terminado. Quizá debamos simplemente morir todos.

Todos aquí.

—¿Estás bien? —Mercucio se me ha acercado, reptando para pasar desapercibido.

Tiene la cara hinchada. La parte derecha está tan inflada que, donde antes estaba el ojo, ahora solo se ve una línea.

Su cuello presenta arañazos en varios puntos.

El brazo derecho le cuelga de modo insólito; se le debe de haber salido el hombro.

Sus hermosísimos rizos rubios están manchados de mugre y sangre.

Logra estar guapo incluso así. Increíble.

—La mar de bien —respondo, y echo a reír.

Una risa nerviosa, airada. Me duele el rostro.

Debo de tener algún hueso roto en la cara.

Y dado que reír me provoca punzadas a la altura de las costillas, me imagino que alguna se habrá fracturado—.

¿Te ha contado tu tío lo que nos aguarda?

—pregunto, esperando algo de ayuda. Susurramos para que no nos oigan.

—No. Ser el sobrino de la Primera Voz no me ha dado ninguna ventaja, y a juzgar por lo que veo, ser sus hijos tampoco.

—Con un gesto de la cabeza, me señala a Paris y a Baltasar, al otro lado de la estancia.

El segundo está gravemente herido. Se le balancea la cabeza y tiene los ojos cerrados.

En alguna parte tiene sangre, que le resbala por la casaca.

Su hermano lo protege. Es la fiera en la entrada de Tebas, pero ni siquiera la respuesta correcta a una adivinanza te permitiría tocar al hermano menor.

Cuando los Ensiferios se acercan, le propinan varios golpes para apartarlo.

Él lucha pero al fin cede, y los guardianes encadenan a su hermano a un Iniciado.

Su pelo es blanco y finísimo, y lo lleva perfectamente limpio y peinado.

Ese candor es deslumbrante y desentona en la sala.

Es algo totalmente fuera de lugar, un poco como él.

Tiene los labios rojos, así como el iris de sus ojos.

No es muy alto, pero sí robusto de músculos ágiles.

Se mantiene aparte, en silencio. Cuando los guardianes se acercan, ofrece los brazos sin oponer resistencia.

Lo encadenan y luego observa el grillete de hierro como podría mirar una joya preciosa que le acaban de ofrecer.

Baltasar sigue medio inconsciente y él se le acurruca cerca.

Percibo su tranquilidad hasta aquí. La está expandiendo por el salón.

—¿Lo conoces? —pregunto a Mercucio.

Él niega con la cabeza.

—No personalmente. Pero sé quiénes son. Viven en el Norte, en un lugar tan frío que el pis se congela antes de tocar el suelo. La mayoría serán Ardefríos; de lo contrario, no se explica cómo pueden sobrevivir. Son los Cazadores.

Abro los ojos como platos. Sé perfectamente de quiénes está hablando, pero nunca había visto uno.

Sé que están divididos en clanes. Sobre ellos circulan mil leyendas.

Se cree incluso que hablan con los muertos.

Un disparate, desde luego, pero nadie ha ido nunca a comprobarlo.

Tienen sus propias leyes, y ni siquiera la Primera Voz se mete en medio.

Los entrenan principalmente para matar a los que, de entre nosotros, huyen de la Academia y se transforman en Selfieras.

No es hasta ahora cuando veo que no aparta la vista de Folco.

Puede que esté esperando el momento perfecto para matarlo antes de que mute.

Mercucio ha seguido hablando, pero me he perdido la mitad de las cosas que ha dicho.

—Y parece que todos sobreviven a la Academia —concluye.

Esto me impresiona. Ni siquiera los Capuleto pueden jactarse de semejante primacía.

—No es posible.

—Pues sí. Los últimos Inseparables eran de su raza, así como los anteriores —dice encogiéndose de hombros con una sonrisa forzada.

Ahora lo veo con mayor claridad. Aunque…

—Esto significa que la Academia está corrompida. No puede ser.

Me pone una de sus delicadas manos en el hombro.

—Quisiera tener tu ingenuidad, Romeo. —Suspira—. Por supuesto que está podrida. Nosotros solo debemos procurar seguir con vida. Y rezar a la diosa para que a nadie le convenga nuestra muerte.

—Soy un Montesco. Es evidente que nuestra muerte conviene a todo el mundo —digo con amargura.

Él me hace una mueca algo torcida que debería ser una sonrisa; la cara hinchada la desvirtúa un poco.

—Si la muerte es dura contigo, tú intenta serlo con ella. Golpéala antes. Y verás que la vencerás. De lo contrario, he elegido el amigo equivocado.

Amigos. Me gusta la idea.

Me concentro en los guardianes. No sé si de veras se puede luchar contra la muerte, pero sí contra el destino.

Hay que engañarlo con astucia. Entender qué demonios está sucediendo podría ser un buen punto de partida.

Siguen encadenando a los Iniciados de dos en dos, uniendo la muñeca derecha de uno a la izquierda de otro.

Nos están preparando para una nueva prueba.

Mi cerebro se pone a lanzar conjeturas. Encadenarnos unos a otros significa crear una penalidad, sin duda; por consiguiente, la elección de las parejas, aunque parezca arbitraria, en realidad debería responder a un plan.

Y, en efecto, a algunos los encadenan con el que tienen al lado, pero a otros, en cambio, los escogen.

Busco a Benvolio; es el más inteligente de nosotros.

Lo encuentro apoyado en la pared de la derecha, junto a Terencio.

Nunca había visto a mi gigantesco amigo reducido de este modo.

No por las heridas, que son pocas, sino por la expresión.

Sus ojos han perdido su resplandor despreocupado y ahora parecen aguados.

Me recuerdan a los de Julieta hace algunos esimios.

Hoy todos hemos perdido algo. Benvolio intercepta mi mirada.

Con un gesto de la cabeza señalo a los Ensiferios y sus cadenas.

Él cavila unos batimientos, luego aprieta los labios y niega con la cabeza.

No tiene ni idea. Terencio también me responde encogiéndose de hombros.

Y sin embargo debe de haber una razón si nos están emparejando.

Intuyo que a Mercucio se le están ocurriendo las mismas ideas. A Teobaldo lo encadenan a un chico grácil que pesará un puñado de libras.

—¿Podría tratarse de un duelo? ¿Una competición de fuerza? —me pregunta Mercucio.

—Podría ser —respondo—. No me sorprendería que Reinaldo Capuleto hubiera untado a alguien para favorecer a su Estirpe.

—Luego veo que a la gemela de Teobaldo, Florencia, la encadenan a la hermana de Anteo, Laurela, y nuestras teorías se van al traste.

Dicen que Florencia es bastante buena con la espada, pero a la Valfiero la ha entrenado su tío, un excelente maestro de espada, tal vez tan bueno como Reinaldo.

A Sansón, en cambio, lo encadenan a la Seca.

Él se guarda bien de rechistar, a sabiendas de que ella, en caso de combate, podría arrancarle la cara a mordiscos.

—¿Una carrera? ¿Velocidad? —Mercucio intenta adivinar. Pero no tenemos mucho tiempo para plantear hipótesis. Hay que encontrar la solución, y rápido.

—En realidad, si quisieran perjudicarnos nos habrían encadenado por los pies.

Observo la longitud de la cadena. Podría ser de casi dos brazos. Si dos Iniciados están cerca, el hierro roza el pavimento. Y todas las cadenas parecen igual de largas. ¿Por qué?

Cuando encadenan a Terencio con Benvolio, ruego a la diosa que de veras no sea un combate.

De nuevo ese ruido y el aire que vuelve a soplar durante unos batimientos, pero esta vez el olor que me llega es diáfano. La idea me aterroriza, pero creo que he entendido en qué consistirá la prueba.

—Agua —digo—. ¡Tendrá que ver con el agua!

—¿Cómo lo sabes?

—¿Has estado en Venecia?

Él abre los ojos de par en par. Ha caído en la cuenta.

—Hay un olor salobre.

Asiento.

—El mar —lo dice mientras razona—. Está demasiado lejos de aquí, por lo tanto…

—Por lo tanto, no nos lo traen. Ya está aquí. Podría ser una gruta creada adrede para la prueba. O una especie de pila.

—Nadar sin usar los brazos es factible. Sin duda extenuante, considerando que casi todos estamos heridos, pero factible. Aunque no creo que se trate solo de nadar un poco —dice.

—¿Y por qué agua salada? ¿Qué tiene de distinto? —pregunto, más a mí mismo que a Mercucio. Ninguno de los dos tiene la respuesta.