Romeo y Julieta Untold: La última congregación 14. Romeo #4
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14. Romeo #4

Su primer recuerdo me llega cuando una arruga profunda empieza a surcarle el rostro.

Es ella de niña, que juega feliz pensando que la vida nunca se portará mal con ella, y luego cuando pierde su primer hijo, y después apalizada por su marido, y yo percibo cada golpe.

Soy el blanco tendido en el suelo en posición fetal mientras los puntapiés de su marido me alcanzan el vientre.

El recuerdo cambia. Veo cómo huye de su casa corriendo.

Corro con ella. ¿La veo llorar o soy yo quien llora?

Mis labios repiten palabras que no he dicho, carcajadas que no he soltado.

Me regocijo en los momentos con los míos.

Me enfado con quien no conozco. Sus memorias corren por mi mente, mientras su Tiempo disminuye y pasa a ser mío.

No todas son claras, pero algunas son tan precisas que las podría observar desde distintos puntos de vista.

Ajeno y sin embargo partícipe del mismo momento.

Todo el amor que tiene por mí lo siento dentro de mi corazón, y no creo que nadie pueda nunca amarme con semejante fuerza.

Y es en este preciso momento cuando me aparto de ella. No lo soporto. La miro. Su peso es ligero entre mis brazos. Demasiado ligero. No puedo continuar.

—¡No! —Rufina tiene la voz ronca. Su pelo es todo blanco. Su rostro está lleno de arrugas y tiene los ojos anegados—. ¡No te pares! ¡Por favor! DEBES HACERLO, Romeo. Debes salvarnos.

Veo mis lágrimas en su rostro.

—Rufina, te equivocas. Yo no sé salvarme ni a mí mismo. Moriré aquí. Ningún Montesco…

Ella me interrumpe.

—Tú no eres como los demás, Romeo.

Exacto. No lo soy. Nunca lo he sido. No quiero cargar con el peso de esta culpa.

¿Miserable? ¿Cobarde? Hay que ser valiente para matar, y yo no quiero serlo.

No encontraré ayuda en quien me está mirando más allá de la red de Ensiferios que nos retiene, y sin embargo la busco con desesperación.

Quiero comprensión. Cruzo mi mirada con la de Julieta.

Me mira, pero no me ve. Tiene la mirada perdida dentro del espacio que ocupaba el cuerpo de su Rápida.

Está hechizada por su consternación. Un grito la despierta.

Es el mío. Tengo en los brazos a una muñeca de trapo y grito.

El Decano llama de nuevo al Ardefrío, que se coloca a nuestro lado.

—Romeo —me dice sentándose en cuclillas. Susurra y me entra en el cerebro—, sabes lo que le espera si te niegas a hacerlo. Te dejo un esimio. Y luego mi Ensiferio intentará averiguar qué ocurre si en lugar de incendiar la sangre, la helamos.

Miro a Rufina y sé que no puedo, que debería, pero no puedo. Agacho la cabeza. El Decano suspira, pero antes de que pueda decir nada más, una figura salta hacia mí, aferra a mi nodriza y estampa sus labios contra su boca.

Julieta.

Empieza a absorberla a toda velocidad. Todo sucede tan rápido que yo me quedo desorientado.

Uno de los Ensiferios se aparta del grupo, desenvaina la espada y la hunde en el centro del pecho de Rufina, matándola.

Julieta se ve arrojada a unos brazos de distancia.

La separación ha sido demasiado brusca. Antes de que Lorenzo pueda reaccionar, el Ensiferio dirige la espada hacia sí mismo, me mira y la empuja contra su corazón. La muerte es instantánea.

Lorenzo se precipita hacia él, pero no hay nada que hacer. Percibo su furor, pero también su frustración. En este momento tengo clarísimo lo que está sintiendo: miedo. Ha ocurrido algo que no había previsto, y ese algo lo ha trastornado.

—Limpiad esta pocilga —dice antes de irse.

Apenas sale yo me abalanzo sobre Julieta y la zarandeo.

Parece hechizada. ¿Cómo ha podido cometer un acto tan vil?

La agarro por la solapa y acerco su rostro al mío.

Nadie se acerca a nosotros; los Ensiferios, que temen más locuras, lo impiden.

Pero la muerte de Rufina ha despertado los ánimos de todos.

Teobaldo querría quitarme a Julieta de las manos, Mercucio me insta a calmarme.

Veo cómo se agolpan mientras los guardianes los apartan a empujones.

Yo no escucho a nadie. No quiero oír a nadie.

—¿Por qué? Solo era mi nodriza. No era una Montesco.

¿Por qué lo has hecho? —Tengo la voz rota por la cólera.

Miro a esta Iniciada que antes me pareció que era hermosísima y a la que ahora odio con cada fibra de mi ser.

Y no por el apellido que lleva; la odio más allá de eso, la odio más que eso.

Creo que la voy a odiar para siempre jamás.

Julieta no reacciona. Se mece mientras murmura una melodía. Aflojo la sujeción. Conozco esa canción. Rufina me la cantaba todas las noches, cuando me acunaba en sus brazos y yo…

… dormía.

Yo dormía.

Lo repito en mi interior, incrédulo.

Los Edenitas no duermen. Ninguno duerme.

Nunca. La Enfermedad del Encantamiento es una maldición rara, hoy en día casi erradicada.

Me habrían matado incluso antes de gimotear.

Y sin embargo, el último momento que Rufina me ha ofrecido es ella, que me mira durmiendo, cantándome una nana.

La misma que ahora mi enemiga murmura entre sus labios.

Cuando abre los ojos, veo un lago de amor.

Alarga una mano y me acaricia el rostro.

Y con la misma voz de Rufina, como si hubiera regresado de la ultratumba, me dice:

—Eres mi Romeo, y solo a ti te ofrezco todo mi amor.

… Y luego se desmaya en mis brazos.