14. Romeo #3
—Pequeño excremento de ratón. ¿Qué creías que era la Congregación?
¿Un viajecito con uvas, panecillos calientes y vino especiado?
—Se aleja de mí y se dirige a la sala. Su voz se mantiene fría, controlada—.
Nosotros no criamos a los soldados como hacen los Rápidos para hacer de ellos carne de matadero.
Nosotros creamos Extrema Sangre que sienten placer follando con el peligro.
Si ahora descendierais a primera línea, si ahora vierais una batalla, os cagaríais encima dentro de estos uniformes de los que os quejáis.
—Resopla con desdén—. Os han criado como a niñatos.
Protegidos en vuestros palacios jugando a la guerra.
—Se gira con la velocidad y la mirada de una víbora, pero no sibila, sino que alza la voz unos tonos, y es suficiente para hacernos deglutir un poco de temor.
Sus mejillas se ahuecan todavía más—. ¡Vosotros no sabéis lo que es una guerra!
Os escandalizáis por haber visto una pelea que ha acabado mal.
¿Y qué sucederá cuando debáis luchar mientras la tierra tiembla bajo vuestros pies, o la lava os quema la carne, o el agua os lance varias pértigas hacia atrás inundando vuestros pulmones, o el viento sea tan fuerte que os arranque las extremidades?
Y mientras toda la naturaleza se rebela contra vosotros, hordas de Incorpóreos intentarán cortaros la cabeza.
—Se acerca a las dos Rápidas, que ahora han sido atadas a las cadenas que cuelgan del techo.
Sus pies buscan desesperadamente un apoyo en el suelo, pero las puntas solo logran rozarlo.
Rufina le mantiene la mirada y él le corresponde por algunos batimientos.
En cambio, la otra ahora llora en silencio; el Decano le roba una lágrima con el dedo y luego le acaricia un seno, dejándolo húmedo.
Julieta salta:
—¡No le pongas la mano encima! —Las palabras no salen claras; la mandíbula debe de dolerle horrores, y sin embargo no para de gritar—. ¡No la toques, desgraciado!
—¡Julieta! ¡Cállate! —Teobaldo trata de devolverle la razón a su prima. Pero ni ella ni yo parece que tengamos.
Lorenzo no cesa de jugar con la Rápida; le toca el pelo, le pasa el dedo por los labios, parece que esté haciendo de todo para acrecentar la ira de Julieta. Como si fuera necesario.
—¿Piensas que la vida de esta Rápida es importante?
Dime, Julieta Capuleto, ¿qué harás en la guerra cuando necesites el Tiempo de diez, quince, veinte Rápidos?
¿Y cuando sean niños? Valiosísimos, puesto que tienen más Tiempo que los demás.
¿Se lo ahorrarás? ¿O te traerá sin cuidado puesto que no los conoces?
Y entonces te los beberás sin saber qué significa absorber también sus recuerdos, su dolor.
¿Cómo impactará ese torbellino de emociones en tu pequeña cabecita mientras estás luchando también por ellos?
Sí, exacto. También por ellos. Edén también es su casa.
Nuestra guerra es su guerra. Y en la batalla suele ser la cantidad de vidas sacrificables lo que determina la victoria.
—La voz del Decano adopta un matiz paternalista, irritante.
—Ahora no estamos en guerra —digo.
Él suelta una risilla y se vuelve hacia mí.
—Siempre estamos en guerra. Y en guerra cada decisión conlleva un precio que pagar. Espera a que os lo enseñemos.
Con una señal de la cabeza llama a un Ensiferio, que se acerca a la Rápida.
—Última oportunidad, Julieta —concede.
—Que te jodan.
No creo que nadie haya hablado jamás al Decano de la Academia de esta manera.
Todos nos observan, puede que crean que estamos chiflados; tienen razón, pero no logro inclinar la cabeza.
La ira sale del corazón de Julieta y alimenta la mía.
¿O soy yo quien alimenta la suya? Ella es una Capuleto, no puedo compartir nada con ella, pero la furia, eso quizá sí.
Nos envuelve y nosotros nos dejamos arrastrar por ella.
Es liberadora, cuando notamos que escarba agujeros en nuestro interior como las polillas en la madera.
Lorenzo nos mira, casi complacido más que ofendido. Luego asiente hacia el guarda, que empieza a hacer rotar el pulgar contra el índice. Y yo me preparo. No sé con qué Pertenencia cuenta. El uniforme de los Ensiferios tiene el cuello alto adrede, para que nadie sepa cuál es su poder.
Al principio no sucede nada.
Luego la Rápida empieza a moverse gimiendo.
Su rostro enrojece. Pequeñas gotas de sudor le perlan la cara.
Resbalan por sus labios y le pegan el pelo a la frente.
Le viene alguna arcada que interrumpe su lamento, y después se estremece con un fuerte temblor.
Cuando se detiene empieza a chillar. No pensaba que se podía chillar de este modo.
Sus ojos vierten sangre, que se mezcla con el sudor.
Nuestros impulsos también se derriten y la cólera se amasa con la impotencia.
Julieta grita junto a la Rápida, ordena que paren, amenaza, incluso llega a suplicar, hasta que la veo derrumbarse: las manos juntas, la cabeza sobre la piedra.
Repetidas veces promete que lo hará, que absorberá todo el Tiempo de la Rápida, pide perdón, ruega.
No sirve de nada. Su dolor es idéntico al mío.
No me había percatado, pero estoy gritando, yo también ruego que paren, mientras los demás Iniciados observan sin abrir la boca.
Incluso los Capuleto, incluso Teobaldo está trastornado por lo que ve.
Solo la Seca, que sigue apoyada en la pared, tiene la boca abierta y las narinas, dilatadas, olfateando cada momento de dolor.
Quisiera que esta tortura acabara. Pero no cesa. Aumenta. En el cuerpo de la Rápida aparecen pequeñas ampollas que estallan con bocanadas de calor.
Se le parten los labios.
Se le lacera la piel.
Y luego…
… prende fuego.
El Ensiferio, que evidentemente es un Ardefrío, deja de rozarse los dedos y regresa a su posición.
Su rostro ha envejecido. Me pregunto cuántas cadencias ha costado impartirnos esta atroz lección y de quién las robará.
El Decano se le acerca. Lo mira y luego lo besa.
Y mientras la Rápida arde entre llamas, el Ensiferio recupera las cadencias perdidas.
El Decano es un poderoso Eternante; podría haberlo simplemente tocado para pasarle el Tiempo, y en cambio lo ha besado.
Ha sido una exhibición para nosotros. Todo esto no es más que una gran exhibición para aterrorizarnos, impresionarnos.
Por lo que a mí respecta, les está saliendo a la perfección.
El olor a carne quemada se me mete en la garganta.
Tengo ganas de vomitar. Lorenzo se me acerca.
—Romeo…
No hace falta que añada nada más. Asiento. Lo haré. Mataré a Rufina. No permitiré que se queme ni sufra de esta manera inhumana. Ignoro de dónde sacaré las fuerzas, pero debo hacerlo.
—Buen chico —me susurra.
Doy un paso hacia mi nodriza. Me imagino que le duelen los brazos, sus pies rozan el pavimento, el miedo la devora, pero en realidad la veo como si estuviera flotando en su última danza.
Pido que la desaten y me doy cuenta de que por mi tono se trata de una orden, que obedecen.
No por mí, desde luego, el Decano Lorenzo debe de haber dado su consentimiento.
Ella no se tiene en pie. La tomo en brazos, como ella hizo conmigo muchísimas veces. Mueve los labios. Acerco mi oído. Su voz es un susurro.
—Romeo. No se te ha revelado nada antes, porque sabíamos que este momento llegaría. Yo soy tu prueba. Yo soy una mensajera. Cómeme. Conoce la verdad. Y libéranos a todos. —No entiendo lo que me está diciendo, intento pedirle explicaciones, pero advierto la sombra del Decano encima de nosotros.
Rufina cierra los ojos. Yo me acerco, le tomo el rostro entre las manos y la beso en la boca. Me parece una traición; no le estoy dando cariño, le estoy arrebatando la vida. Qué elección más mezquina, la de sellar con un beso la muerte de un Rápido.