Romeo y Julieta Untold: La última congregación 14. Romeo #2
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14. Romeo #2

Teobaldo está intentando convencerla, pero ella no quiere saber nada de comerse a la Rápida, y eso también me asombra: ¿quién imaginaba que los Capuleto eran capaces de tener sentimientos?

Julieta se saca de encima la mano de su primo.

—No. ¡No lo voy a hacer! —le dice perentoria. Eso basta para que la Rápida se ilumine de esperanza. Tendrá más o menos nuestra edad, pero ella no creció pensando en la muerte. Tiembla y tiene miedo.

—¿Qué es lo que miras, Montesco? —me dice Teobaldo con desdén.

En este momento, su rabia desentona. Su voz es demasiado alta.

Insulta el silencio que reina en la sala.

Todos nosotros estábamos susurrando, delante de la muerte.

No tengo fuerzas para responder y agacho la cabeza.

Que se lo tome como un gesto de rendición.

En este momento no me importa un comino.

Oigo un ruido similar a un chirrido y luego una corriente de aire levanta el polvo, que de golpe nos azota el rostro.

Podría ser arena en jornadas ventosas, como aquellas en que mis hermanos y yo jugábamos a perseguirnos en las playas de Sirmione, cuando mi madre iba a visitar a su familia.

Pero esto no es arena, es lo que queda de los Rápidos.

Bebidos, devorados, hasta su último batimiento.

Es un momento. Luego pasa. Y el polvo se deposita encima de nosotros.

Nos volvemos blancos: pequeños panaderos sucios de muerte.

A los Ensiferios ya presentes en la sala se les suman otros. Por el ruido de pasos que oigo son numerosos, y se posicionan a lo largo de todo el perímetro.

El Decano se acerca al centro y habla para toda la sala, pero sé que el discurso va por nosotros.

—El precio de la Pertenencia es el Tiempo.

Es un coste que todos pagamos. He visto a amigos en la batalla convertirse en polvo como vuestros Rápidos, y no he tenido tiempo de lamerme las heridas y llorar.

Han consumido centurios con la velocidad con la que una sombra desaparece en la oscuridad y en esa oscuridad también han sido engullidos.

—Hace un gesto teatral con la mano, lo que me da a entender que a cada Congregación le recita este idéntico discurso—.

La naturaleza siempre nos presta ayuda. Nos recuerda con la sed que debemos beber, y con el hambre que debemos comer —continúa paseando por la sala, impasible a estar pisando polvo y sangre—.

Y con esa hambre particu lar , que crece cuanto más se usa la Pertenencia y más envejece nuestro cuerpo, nos recuerda que debemos nutrirnos.

En la batalla, si no lo hiciéramos nos convertiríamos en polvo y nuestro enemigo vencería.

Los carros de los Rápidos que nos acompañan son tan importantes como nuestras espadas, como nuestras Pertenencias, tal vez más.

No os preocupéis, el hambre nunca será más intensa de lo que ha sido estos días.

Habéis cambiado. Vuestro cuerpo ha cambiado.

La transformación ha requerido sacrificio y os ha consumido.

Y el hambre se ha vuelto visceral. ¿Acaso no gritan los niños al nacer para buscar el seno de la madre?

Es lo que vosotros sois hoy. Niños hambrientos, que hacen mucho ruido y cogen alguna pataleta.

—Creo que esta última palabra es para nosotros, aunque no se gira para mirarnos—.

Pero al crecer —continúa el Decano—, resistimos a los impulsos, razonamos sobre las propias acciones…

Así será vuestro deseo, doloroso a veces, pero razonable.

En cualquier caso, el placer de recuperar cadencias o solasterios o centurios perdidos será suficiente para incitaros a ir hacia el primer Rápido disponible.

—Da un golpe de efecto en la sala mirándonos a todos—.

Seguramente habréis notado que nuestros Rápidos llevan unos convenientes bozales.

—Querría sonreír, pero sus labios esbozan una mueca cruel—.

Si sorprendo a alguno de vosotros, pequeños miserables, quitando uno de los bozales a nuestros Rápidos sin nuestro consentimiento…

, hambre o no hambre…, bueno, descubriréis qué significa no cumplir mis deseos.

Os nutriremos, en esta Temporada, pero decidiremos nosotros si lo hacemos y cuándo.

Por lo demás, continuaréis comiendo y bebiendo lo necesario para vivir.

—El Decano ha vuelto a hablar con indiferencia, como si todo eso no le concerniese—.

El nutrimiento de los Rápidos no sustituye al agua y al alimento, pero basta un solo beso de Tiempo para permitiros privaros de ellos durante días.

Los aguijonazos del hambre y la sed no desaparecerán.

Otra cuestión de máxima importancia: durante los combates, la Asonancia reverbera, y gracias a eso el precio de Tiempo que pide la Pertenencia es infinitamente menor.

La Academia goza del mismo privilegio, pero vosotros no sois Extrema Sangre.

No tenéis centurios. No disponéis más que de dos solasterios; algunos, de menos.

Cuando las Pertenencias empiecen a hacer cantar a vuestra sangre, y lo harán muy pronto, las usaréis aun sin querer.

—Hace un gesto de fastidio con la mano—.

De un modo totalmente impropio e inadecuado, pero lo haréis.

Y consumiréis Tiempo muy deprisa. Pero no os convertiréis en polvo, porque hasta que la Lectora no os lea la Pertenencia, elevándoos a Extrema Sangre, solo dos solasterios os separan de transformaros en Selfieras.

Un destino mucho peor que la muerte, mucho peor que decidir nutriros, mucho peor de lo que habéis experimentado hoy.

Miro a Folco, en una esquina de la sala, y no soy el único; otros lo están haciendo. Nosotros al menos tenemos uno o dos solasterios, pero él solo cuenta con algunos latelunas. Veo que se estremece mientras baja la mirada.

El Decano se vuelve hacia Julieta y hacia mí. Y su voz parece meterse bajo mi piel.

—Ahora bien, el hecho de que a pesar del hambre que os devasta vosotros dos todavía no hayáis empezado a comer…

me preocupa. Me fascina vuestra fuerza de voluntad y me disgusta vuestra falta de obediencia.

—La voz del Decano es sosegada. Y justamente por eso me da pavor.

Hace una seña a los Ensiferios. Cuatro de ellos se acercan a las dos únicas Rápidas que han quedado vivas.

Hago ademán de lanzarme sobre Rufina, pero alguien me retiene.

Detrás de mí, dos Ensiferios más me aferran el brazo.

Doy coces y grito. No hay nada que hacer.

Me doy cuenta de que me elevan del suelo algunas pulgadas.

Competir con los Extrema Sangre es imposible, y sin embargo continúo.

A Julieta también la sujetan. La veo agitarse como yo.

Se gira velocísima y logra morder una mano de su captor.

Creo que le ha arrancado un pedazo de carne, porque él grita, agarrándose la mano ensangrentada.

El otro Ensiferio le arrea un puñetazo en la cara.

Pero ella no se detiene. Se levanta del suelo y vuelve a atacar.

Enseña los dientes manchados de sangre; tiene los ojos llenos de rabia.

Se necesitan dos guardianes más para retenerla.

Tiene la fuerza de una Selfiera y es igual de salvaje.

No me sorprendería que la encerraran en una jaula.

Mercucio y Terencio vienen en mi ayuda. Niego con la cabeza. Están vivos y quiero que sigan así.

Cuando los guardianes arrastran a Rufina y a la otra Rápida hacia la pared, los Iniciados se apartan para dejarlos pasar. Nadie intenta entrometerse, aunque veo que Teobaldo echa humo.

Yo doy coces al aire rugiendo que dejen a Rufina en paz.

Obviamente, nadie me hace caso. Julieta también grita, bufa y se agita.

Luego, sin saber qué más hacer, escupe a la cara del Ensiferio que la sujeta.

Tiene los labios hinchados por el puñetazo que ha recibido, pero su puntería es excelente y el grumo de saliva da en el blanco.

—¡Ahora basta! —dice el Decano. Todos obedecen. Yo también brego por apaciguarme, pero la ira hierve en mi interior, incendiándome. Los Ensiferios nos dejan en el suelo, pero sin soltar la sujeción.

—En pie —dice a los demás Iniciados—. No somos bestias. ¿Verdad?

—No, no lo somos —gruño—. Las bestias siempre tienen un motivo para matar.

—Ah. ¡El joven Montesco! —Se acerca divertido.

Vuelvo a ver aquel brillo en sus ojos, el que he percibido fuera de Puerta Imperia, y pienso que este hombre me infunde terror.

Podría pisotear la cabeza de alguien bailando encima mientras canturrea una cancioncilla—.

Me acuerdo de tu hermana. La habría hecho feliz convertirse en Trasladora, si no me equivoco.

Una chica generosa. Con mucho potencial.

Lástima que el poder no la estimara digna.

Si antes gruñía, ahora rujo.

—¿Digna? ¿Hay dignidad en morir arrancándose la carne para no enloquecer?

¿Hay mérito en el homicidio de estos Rápidos?

Sois todos unos asesinos. —Mis ojos se transforman en dos hojas—.

Y si vuelves a hablar otra vez de mi hermana, te arranco esa lengua a mordiscos.

—Mi furia sigue propagándose. Querría parar, pero no lo logro.

Con mis palabras, a Benvolio se le corta la respiración y los Ensiferios desenvainan las espadas, pero el Decano alza la mano y los detiene.

Se me acerca hasta que no nos separa más que una pulgada.

Me mira de hito en hito, sopesándome; su aliento huele a madera.

La centella en su mirada no se ha apagado.

Y cuando me sonríe, creo que apesto a miedo.

Sé que él lo huele, pero le aguanto la mirada.