14. Romeo
Romeo
La chica que está de pie a mi lado es la misma que en el anfiteatro me ha hecho sentir culpable por haber pensado que era hermosa.
Algo en ella ha cambiado y no parece la misma.
Y no solo por el pelo, pegado a la frente y empapado de sangre y sudor, ni por el traje impecable ahora manchado de muerte, ni por el labio abierto que le ha teñido los dientes de rojo.
Son sus ojos los que han cambiado. Aunque creo que todos nosotros tenemos la misma terrible mirada en que el dolor se difunde con rapidez junto con la consciencia de que nuestra infancia ha acabado para siempre jamás.
Sin embargo, en ella capto otro matiz, y pondría la mano en el fuego a que es odio. Nunca me equivoco cuando se trata de entender qué sienten las personas en lo más íntimo. Podría ser contra mí, para variar, pero no la conozco, así que creo que es por todo lo que está sucediendo.
A sus pies, una muchacha le suplica que no la mate.
Ha visto bien lo que le espera, sabe que no puede huir y alberga la esperanza de que su ama tenga la posibilidad de salvarla, mas no es así.
Yo tampoco la tengo. El hambre me devasta.
Es un vacío que parte de la garganta y llega hasta el estómago.
Por cómo contrae los músculos de la cara, creo que la Iniciada a mi lado también está sintiendo el mismo dolor. Antes o después acabará cediendo.
Nos han pedido que hagamos algo horrible.
Inútil y horrible. ¿De qué ha servido esta masacre?
¿Para demostrar que podemos ser crueles?
¿Despiadados? ¿Que en caso de necesidad no nos detendremos ante nada?
Eso nuestros maestros ya lo saben. Nos exponen al horror desde que somos niños.
Todo nuestro sistema está basado en la crueldad y en el control.
No, hoy han hecho una selección. Solo los mejores de la raza se convertirán en Extrema Sangre.
Y los mejores no mueren por el dolor, no pierden el juicio por el hambre y no lloran por un Rápido.
¿Cuántos de nosotros han perecido con sueños de gloria todavía entre las manos?
No logro recordarlo, pero en el pavimento hay demasiada sangre para haber sido pocos.
Vuelvo a pensar en Alteo Valfiero y en su horrible final; el de los que se han destripado unos a otros o se han arrancado la carne no ha sido mejor.
No puedo evitar pensar en mi hermana Domiciana ni en todos mis hermanos.
¿Ellos también habrán muerto así? Las acusaciones de mi madre contra la Academia, mientras se arrancaba las venas, ahora cobran sentido.
Es ahora cuando sus palabras me parecen verídicas y las de Escalo se me antojan embusteras: «Ofrecemos a hijos e hijas por la gloria de Alyaster».
Somos obsequios en una fiesta de muerte. Creía que recibir la Pertenencia era peligroso, y ahora se ha convertido en el menor de mis problemas.
La Congregación no es una Academia, es una masacre.
A mi alrededor, los Iniciados están exhaustos.
Heridos. Puede que saciados, pero llenos de dolor y recuerdos que no les pertenecen.
Hará falta un tiempo antes de que los recuerdos se conviertan en polvo como sus legítimos propietarios.
Rápidos que estaban hechos de carne y hueso ahora son solo una serie de montoncitos grises sobre la piedra.
Mercucio, en el suelo, estrecha la cinta roja del Rápido que ha absorbido.
Creo que era alguien importante, pues está sollozando.
Terencio está tan hecho un ovillo que podría ocupar el espacio de un niño.
Incluso Benvolio observa el cúmulo de polvo a su lado y le pasa las manos por encima lentamente, tal vez como hacía con los cabellos de ella.
La he reconocido enseguida cuando ha entrado en la sala: Lucila.
La Rápida que hace pocas cadencias (¿o días?) se ruborizaba lavándome en la pila que olía a enebro.
A mi primo le importaba más de lo que imaginaba.
En una esquina hay una chica, alta como una amazona, con un único ojo porque el otro ya no lo tiene; he visto cómo se lo sacaba durante nuestra transformación, y sin embargo no sufría tanto como está sufriendo ahora por alguien que ha perdido.
Hasta los Capuleto parecen humanos. Folco está sentado con las piernas juntas entre los brazos; su larga melena negra le cubre el rostro, que tiene apoyado en las rodillas, quizá él también esté llorando.
Nadie se le acerca. El horror que hemos vivido no será nada si él tuviese que transformarse.
Solo una figura está de pie apoyada en la pared.
A pocas pulgadas de distancia de Folco. Ella no tiene miedo.
Se limpia la sangre chupándose los dedos, y pondría la mano en el fuego a que no es suya: la Seca.
Las mejillas hundidas delinean a la perfección su calavera.
E infunde pavor. Me mira y tensa los labios.
No es una sonrisa. Es una mueca sarcástica.
Rufina, mi nodriza, da un paso hacia mí y yo doy uno hacia atrás. No sé cuánto tiempo lograré resistir. Me sonríe sosegada negando con la cabeza. Tiene la misma actitud de cuando yo era pequeño, pero esto no es una maldita pataleta.
—Romeo —me dice, también con la misma voz dulce de cuando quiere obtener algo de mí—, debes hacerlo. Sé valiente.
—¡No! —Niego con la cabeza—. ¡No, no, no! —No grito, pero querría hacerlo. Mi tono es seco y resoluto. Creo que el coraje no tiene nada que ver con el homicidio.
—Por favor —me susurra.
Aquí estamos de nuevo, como cuando yo lloraba porque me había hecho daño o porque no quería estudiar o comer una fruta. Y ella intentaba convencerme, o me consolaba.
Pero aquí no se trata de un rasguño en una rodilla ni de comerme una manzana que no me gusta. Aquí se trata de poner fin a su vida. La amo demasiado para privarme de ella.
Cuando empieza a hablar, está tan serena que se me cierra la garganta.
—Para mí has sido mi niño. Dios me los quitó siempre pronto dejándome la leche sin nadie que se alimentara en mi seno.
No ha querido darme hijos míos, y a menudo me he enfadado por eso.
—Hace la señal de la cruz—. Que él me perdone, llegué incluso a blasfemar.
Y luego tu padre, bendito sea, me acogió en vuestra casa.
Crie a tus hermanos y a tus hermanas, y los lloré con vosotros, todas las veces, cuando la Congregación no nos los devolvió.
Y blasfemé de nuevo tanto contra mi Dios como contra el vuestro.
—Vuelve a hacer la señal de la cruz—. Pero cuando tú llegaste, cuando te abracé y amamanté, y apoyaste tu manita en mi pecho, comprendí que todo lo que no tuve, todo el dolor que soporté, fue para llegar a ti.
—Me toma el rostro entre las manos y esta vez no tengo el valor de dar un paso atrás.
Me besa en la frente—. He tenido una vida repleta de maravillas.
He descubierto y conocido cosas que para los demás serán siempre un misterio.
Nos llamáis Rápidos, pero mi vida ha sido tan intensa que me ha parecido tan larga como la de cualquier Edenita.
—Sus ojos se humedecen ligeramente; la voz le tiembla un poco, pero sigue mirándome con la misma dulzura de siempre—.
En cada Congregación vuestra también desaparece uno de nosotros.
Y es al que estabais más unidos. Me hace feliz saber que tu amor es para mí.
Y me hace feliz regalarte el poco Tiempo que me queda para hacer que te conviertas en un Extrema Sangre.
—Luego su mirada se vuelve severa, los músculos de su rostro se tensan, su voz perentoria baja un tono—.
Debes nutrirte de mí, Romeo. —El cambio inesperado me desorienta.
Pero es solo un momento, y en un batimiento vuelve a sus maneras maternales.
No voy a nutrirme de ella.
Apoyados en la pared, saciados y doloridos, todos los demás Iniciados nos observan: a los dos que no han seguido las reglas, que desafían el sistema.
Los dos rebeldes que no quieren nutrirse a pesar de que el hambre los devasta.
Creerán que somos idiotas. Inútilmente piadosos.
Que se vayan todos al diablo. Yo no lo haré.
El Decano, un tanto más allá, nos observa con los brazos cruzados.
Aguarda. Parece paciente, pero en su mirada se cruzan sombras.
Con el rabillo del ojo vislumbro a Teobaldo, que se levanta con dificultad.
Se está dirigiendo hacia la Iniciada. Yo también doy un paso hacia ella, para protegerla.
Más vale que el Capuleto no me dé una ocasión para descargar la rabia, el disgusto y el dolor que ahora vibran en todo mi cuerpo.
Podría convertir a Teobaldo en polvo sin absorber su Tiempo.
Ella advierte mi movimiento y coloca una mano donde debería estar su espada. No lo entiendo. Le doy miedo.
Teobaldo le toca un hombro. En su rostro no hay nada del arrogante joven que conozco: su expresión es dulce, tranquilizadora.
—Julieta —dice con la voz tan delicada como su tacto—, debes comer. Tienes que hacerlo.
Me cuesta algo de tiempo comprender lo que he oído.
¿Julieta?
¡Ella es Julieta Capuleto!
La consciencia de este descubrimiento me deja petrificado.
Ella es la hija de mi peor enemigo. Del hombre que mató a Bastiano.
Y no es una hija cualquiera, es su única hija.
La única que su mujer fue capaz de parir.
En un mundo donde incluso los Rápidos se reproducen como conejos, su descendencia es mínima.
Teobaldo y su pandilla de primos son como hijos para él, pero Julieta es su diamante, que ha mantenido escondido en el palacio precisamente junto a las piedras más preciosas.
Sabía que existía, pero nunca la había visto.
No sé por qué el descubrimiento me deja tan trastornado, pero me doy cuenta de que tengo la boca abierta y continúo mirándola de hito en hito.