Romeo y Julieta Untold: La última congregación 13. Julieta
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13. Julieta

Julieta

Florencia, a mi lado, profiere un grito, se abraza el vientre, jadea.

Veo que su abdomen se contrae, preso de espasmos.

Brega por desatarse las correas de la chaqueta.

Me parece que su barriga se hincha y se retrae, latiendo como un ser dotado de vida propia.

Quisiera ayudarla, pero yo también noto una punzada en el estómago, y el dolor se me esparce hasta la base de la espalda, hasta el vientre y más abajo.

Me pongo una mano en el abdomen y aprieto los dedos como garras mientras el dolor me ciega.

Es como si dentro de mí se abrieran decenas de cortes, como si toda mi sangre hirviera y quemase y fuera sustituida por lava y cristales de hielo.

Abro los ojos como platos mientras frente a mí me viene una y otra vez la imagen de Altea Montesco arrancándose las venas y me doy cuenta de que su dolor no debe de haber sido nada en comparación con este y aúllo, desesperada, mientras me caigo de rodillas e intento aferrarme a la mesa…

Está sucediendo. El banquete. Nadie me había dicho que sería tan doloroso.

Teobaldo se desploma a mi lado, intenta contenerse, pero regurgita restos de comida mezclados con sangre. Al otro extremo de la sala, Laurela brama y jadea; tiene los ojos tan abiertos que temo que la piel de su rostro vaya a desgarrarse.

Veo a un Iniciado tirado en el suelo. Chilla que algo le está creciendo bajo la piel, agarra un cuchillo y empieza a apuñalarse mientras reza a Alyaster que lo haga salir de allí, sea lo que sea, y sigue desgañitándose y llorando hasta que fallece.

Entonces noto algo en el fondo de mi garganta, una laceración que se abre y me corta y me dice que coma y beba hasta la saciedad, y mis gritos se unen a los de los demás Iniciados.

Estamos todos unidos en el dolor.

Estamos todos unidos en el hambre.

Tenemos hambre y es un hambre tan fuerte que rugimos y aullamos como bestias.

Y así veo a cadetes que asaltan a sus propios compañeros, presos de una ira que no nos pertenece. Veo a Terencio sacarse de encima de una patada a un Iniciado antes de apoyarse en la pared, jadeando. El sudor reluce en su piel negra, parece brillar alrededor de su Marca.

Un Iniciado con el pelo negro y el uniforme manchado de sangre se tambalea y vocifera sin cesar y dirige su rabia y su dolor contra el primero que tiene a tiro.

Lo veo cuando deja caer el pie encima de la cabeza de un chico que yace en el suelo.

El sonido del cráneo que se rompe resuena húmedo.

Mi estómago se agita mientras me trago una arcada.

Está viniendo hacia nosotros, y yo me siento demasiado débil para hacer nada.

Alargo la mano hacia Teobaldo. Mi primo tiene los ojos entornados.

Gruño como una fiera mientras reúno todas las fuerzas que me quedan y lo arrastro debajo de la mesa para protegerlo de la barbarie.

El Iniciado nos pasa al lado, dejando una estela de sangre, mientras a mi alrededor todo se atenúa y me percato de que el dolor es demasiado fuerte y resbalo hacia la oscuridad.

Cuando vuelvo en mí, no sé cuánto tiempo ha transcurrido; el dolor es un tambor que resuena en mi carne, imposible de ignorar. Me siento vacía, y el olor a orina, a sangre y a sudor me agrede. ¡Teobaldo!

Mi primo está cerca de mí, me mira con aprensión y sigue indicándome con gestos que esté tranquila. Su uniforme está sucio de vómito y vino. Estamos sentados en el pavimento mugriento, apoyados contra el banco.

Trato de mirar a mi alrededor: el barullo de antes ha sido sustituido por una cacofonía de lamentos y llantos silenciosos, un ruido de fondo obstinado que colma el aire.

Una chica con una larga melena pelirroja y la piel blanquísima, con la magnolia de la casa de los Chentacro que destaca en su uniforme, se arrastra de bruces no muy lejos de nosotros.

Intento llamar su atención y me oye.

Cuando se levanta con los brazos y se gira hacia mí, veo que se ha sacado un ojo. Ahora, en su rostro hay una vorágine de sangre y yo vuelvo a perder el conocimiento.

Frente a mí se despliega la eternidad. Ando en un campo poblado por todas las especies de flores, que se extiende hasta el horizonte y que es mi paraíso y me nutre y lo amo porque es el prado de mis hijos y de mis hijas y es lo que más amo y lo he sacrificado todo por estas flores, y entonces ¿por qué ellas se rebelan contra mí y me apuñalan?

¿Por qué lo aman a Él, que no conoce el amor?

Pero yo estoy dispuesta a renunciar a todo, por ellos, y a pasar la eternidad guiándolos hacia mi luz y a devolverlos a mi seno.

Pero Él tiene hambre.

Abro los ojos porque Teobaldo me está sacudiendo y comprendo que he gritado. Tengo el pelo pegado a la frente por el sudor; las uñas, rotas; los labios, agrietados.

Dos Ensiferios pasan a nuestro lado. Arrastran algo.

Cuerpos. Cadáveres de Iniciados.

Para ellos, el dolor y el hambre ya han pasado. Para nosotros no.

—¿Cuántos días han transcurrido? —murmuro.

Teobaldo niega con la cabeza.

—Aquí no hay ventanas, no hay luz…

«Solo hay hambre», termino yo mentalmente. Un hambre que toda la comida que nos rodea no podría saciar, ni siquiera aunque a estas alturas no estuviera podrida ya y llena de insectos.

Es en este momento cuando los Ensiferios los hacen entrar.

Una procesión de Rápidos, hombres y mujeres desnudos excepto por las cintas rojas que los atan por las muñecas.

Al verlos, el hambre se intensifica todavía más.

Mi cuerpo querría abalanzarse sobre ellos, saciarse; la necesidad que siento es instintiva, algo que dormía en nuestro interior y que ahora se ha despertado.

Como un lobo que por primera vez ve a una oveja y ya sabe que desgarrará carne y tendones. Y ahora comprendo.

Este es el verdadero banquete.

Cuatrocientos Rápidos listos para nutrirnos con su Tiempo y sus recuerdos, para sellar nuestro Primer Paso y prepararnos para el Vínculo.

Los Ensiferios apartan a los que, entre nosotros los Iniciados, querrían lanzarse sobre el primer Rápido disponible aullando como el más hambriento de los lobos. Hay un Rápido para cada uno de nosotros. Uno concreto.

Me percato cuando lanzan a mis pies a una muchacha rubia. Alza el rostro. Querría ser fuerte pero no logra contener las lágrimas. Solloza.

Es Liliana, mi doncella. La Rápida con quien he crecido, con quien he compartido las mañanas y las noches, la única persona junto con Netria y Teobaldo que ha mostrado una pizca de afecto por mí.

Mi alimento.

—Dejad el pasado atrás —declama Lorenzo; no tengo ni idea de si ha regresado ahora o si ha permanecido siempre con nosotros—.

Nutríos hasta el último batimiento de la vida de este Rápido.

Sentidlo mientras su Tiempo os llena de nueva vida y nuevo poder.

No dejéis nada. Consumidlo todo: demarcad el límite que os separa de los Rápidos.

No tengáis por ellos más cariño del que se tiene por un perro, porque cuando llegue el momento y os enfrentéis a las Catástrofes, deberéis estar dispuestos a sacrificar incluso lo que más queréis.

Está equivocado. Siempre hemos sabido cómo nutriríamos nuestra Pertenencia, pero nos han enseñado que no podemos ir hasta el final: cada vez que nos nutrimos del Tiempo, absorbemos los recuerdos y las emociones del Rápido. Es peligroso.

Pero el hambre… Esta hambre crece, me devora.

A mi alrededor, empiezo a oír los gemidos de los Rápidos cuando los Iniciados empiezan a comer.

Gemidos que se hacen cada vez más roncos y se apagan al ser absorbidas todas y cada una de las gotas de esencia vital.

Cada recuerdo. Cada batimiento de vida, cada lateluna y cada solasterio.

Cada minúscula fracción de su vida mortal sirve para nutrir nuestro poder.

Lo absorbemos en nuestro interior. Es el ciclo de Edén.

No, no para mí. No puedo. Miro a Liliana a los ojos. No quiero devorarla, no quiero.

Teobaldo, a mi lado, se está nutriendo con placer, recupera el color y su sufrimiento se aplaca.

Pero llora al tiempo que se nutre; las lágrimas le surcan las mejillas.

También es así para Florencia, que se lamenta y se balancea hacia delante y hacia atrás meciendo el cuerpo sin vida de su Rápido.

Laurela grita y la estrecha entre los brazos, y llama a su madre mientras la Rápida que tiene consigo exhala su último aliento.

Ahora ya no es más que una cáscara vacía, su piel parece de pergamino.

No son sus emociones, no solo: es el miedo de los Rápidos, que los invade y los llena.

Es eso lo que nos sucede cuando nos nutrimos: absorbemos el Tiempo de los Rápidos, y con el Tiempo vienen los recuerdos, y con los recuerdos, las emociones.

Ahora, en esta sala, solo hay desesperación y terror.

El joven Malvecio ha absorbido la esencia vital de una mujer, la ha reducido a una momia y en su piel estirada el maquillaje rojo de las prostitutas destaca todavía más.

—Duele —lloriquea él, y se dobla en dos dejándose caer al suelo.

Pero yo no quiero ser como ellos, los Extrema Sangre no pueden ser así. No podemos ser fieras inclinadas sobre nuestras presas.

Me retengo, no me agacho hacia Liliana y me mantengo firme, de pie entre estos animales desesperados que son mis compañeros. Sé que no comer es un crimen, que va contra la Ley y las Tradiciones, que está en nuestra naturaleza y que debemos hacerlo para proteger Edén. Pero no quiero.

Y advierto que no soy la única.

Hay otro que está en pie. Otro que resiste.

Romeo Montesco, frente a su Rápida, que se toca el pecho con un dedo dos veces, a la altura del corazón. Él le devuelve el gesto con una sonrisa triste.

Solo quedamos nosotros dos: de cuatrocientos Iniciados, solo Romeo y yo hemos desobedecido al Decano Lorenzo Monforte. Solo nosotros hemos desafiado las Tradiciones y las Leyes, ganándonos quién sabe qué castigo.

Por un batimiento, nuestras miradas se cruzan. No sé lo que significa, es como una caricia antes de la muerte.