12. Julieta #2
En la mesa hay todo lo que podríamos desear y que mi padre jamás comería: jabalí aliñado con enebro, trigo cocido con miel, puré de nabo blanco y estofado de apio y zanahorias, pinchos de cerdo marinado con agraz, formas de pan que reproducen los escudos de nuestras casas y garrafas de cerveza, hidromiel y vino aguado con miel o bien caliente y especiado con clavo y cáscaras de naranja.
Florencia se sirve la bebida y luego pasa la garrafa a su hermano, pero Sansón, mi primo, se apropia de ella.
Creo que quiere terminársela él, pero en cambio da la vuelta a la mesa y sirve a todos los demás antes de volver a sentarse en silencio.
Veo que la chica delgada asiente y él lanza un suspiro de alivio.
Brindamos por nuestras familias y por los honores eternos que nos caracterizarán.
—Me siento culpable por él —dice una voz.
Me asomo por encima de los hombros de Teobaldo. Ha sido Folco quien ha hablado. A pesar de que es el mayor de todos nosotros, parece que se esté haciendo pequeño pequeño, para no hacerse notar. Su misma voz ahora contrasta con su físico adulto.
—¿Y por qué deberías sentirte culpable? —pregunta Laurela, ácida—. No has tenido nada que ver, ¿no?
—No —se apresura a responder Folco—, pero me sabe mal por él: a mí me han dado una segunda oportunidad porque él ha desaparecido. ¿Cómo puedo no sentirme culpable?
Ladeo la cabeza; no creía que la culpabilidad fuera con una persona como Folco. Me pregunto qué le ha sucedido durante estos latelunas en los que hemos estado lejos.
—Gilipolleces —replica Laurela—. Mi hermano no es un incauto. Llegará y triunfará. —Aprieta los labios, no admite réplicas.
Me pregunto si se cree de veras sus palabras.
—Si le ha pasado algo… —dice Folco.
Nunca había visto a mi primo preocuparse así. Hace un solasterio eso le habría traído sin cuidado.
—No le ha pasado nada —rebate Laurela—. Llegará —repite.
—Claro —sonríe mi primo Sansón, mientras se sirve un muslo de pichón—. Anteo siempre se ha comportado como es debido. No ha faltado nunca a un compromiso, ¿verdad?
Yo permanezco en silencio, mordisqueo un trozo de pan y miro a mi alrededor. Muchos Iniciados han abandonado sus posiciones y ahora caminan por la sala grande saludando a amigos y parientes lejanos, forman corros en los que ríen y bromean, beben y comen, y parece que ya van borrachos.
Mientras tanto, Florencia ha empezado a acosar a la chica delgadísima con preguntas.
Quiere saber dónde ha pasado este solasterio, como si la conociera, y cuando ella explica que ha estado en Mantua, Florencia insiste.
Le pregunta cuánto ha entrenado y con qué maestro de armas, y si los Valfiero pusieron condiciones y si tiene la intención de respetar la voluntad de su madre, Ludmila.
Pues claro. Es una Corvato. Debe de ser la hermana de Rosalina, pero no tengo ni idea de cómo se llama.
Florencia continúa, agobiante, y luego añade que para su familia debe de haber sido un sacrificio notable mantenerla lejos de casa y pagar su entrenamiento…
Si yo fuera esa chica, probablemente querría matar a Florencia. La entendería.
En efecto, se pone en pie.
—¿Qué pasa, Lisandra? —pregunta Teobaldo mientras su mano se cierra instintivamente alrededor de la empuñadura del cuchillo.
Solo que Lisandra no la toma con Florencia. El gigante negro que he vislumbrado antes está viniendo hacia nosotros; su cabeza sobrepasa la de los demás Iniciados.
—Debe de gustarle mucho que lo humillen —masculla Teobaldo. Él también se pone en pie.
—No es necesario que me rindáis honores —dice el gigante cuando se detiene frente a nosotros. Advierto que no está solo: a su lado hay un chico hermosísimo, con su melena hecha de rizos rubios que parecen tejidos con hilo de oro.
—Terencio —rebate Teobaldo—, ¿tus amos no tienen el valor suficiente para venir en persona?
—Yo no tengo amos, al contrario que tú. Y aunque los tuviera, tendrían cosas mejores que hacer que mezclarse con el estiércol —responde Terencio.
Me pongo en pie, sobresaltando a Folco.
—Repítelo, si tienes coraje.
Cojo el cuchillo que está encima de la mesa y veo que Teobaldo está listo para actuar conmigo, así como Lisandra.
O al menos es lo que creo, porque apenas doy el primer paso, mi primo me agarra de la muñeca y me retiene.
En ese momento, mientras a nuestro alrededor se hace el silencio, una voz prorrumpe, entusiasta:
—¡Mercucio!
Todos nosotros dirigimos la mirada hacia el Iniciado que ha hablado. Tiene la piel tan oscura que parece negra de verdad, y su potente físico es el de alguien que entrena todos los días. No es tan macizo como este Terencio, pero está cerca.
Sabemos quién es: Paris Aguaviva. Con él, o más bien detrás de él, está su hermano Baltasar, tan pequeño que parece incluso que el uniforme hecho a medida le queda grande.
El chico de los rizos rubios suelta una carcajada cristalina.
—¡Primo! —exclama, y va a abrazar a Paris.
Entonces este es Mercucio. Ahora todo cobra sentido.
—Esto no se ha acabado —masculla Teobaldo.
—Lo sé —responde Terencio—. Espero volver a veros —añade mientras sigue a Mercucio—. Quizá en privado. —Y guiña un ojo a Laurela, que por un momento me parece que casi se ruboriza.
—No te preocupes —le dice Lisandra a Teobaldo, una vez se han alejado—. La Primera Voz no puede protegerlos.
Él asiente.
—No prestemos atención a esos insectos —nos interrumpe Florencia, petulante como siempre—. Que no nos quiten el apetito.
Me muerdo el labio. Se me ha cerrado el estómago, y creo que a todos nos pasa lo mismo. Este solasterio de Academia será un solasterio de sangre. Si no la derramamos nosotros, serán los enemigos quienes viertan la nuestra. Comer es lo último en lo que pensamos.
Sin embargo, se produce un batimiento de silencio en el que el Decano aplaude.
Y me doy cuenta de que, en cambio, estamos todos increíblemente hambrientos. Empezamos a comer, bajo la mirada de los Ensiferios.
Es un hambre que ha aparecido de improviso, como si siempre hubiera estado ahí al acecho, en un rincón de nuestros pensamientos, y hubiera decidido salir ahora. Un hambre que nos haría engullir cualquier cosa, como si nuestros estómagos no tuvieran paredes ni límites.
Es un momento en el que comemos y bebemos y no existe nada más.
Hasta Teobaldo parece haber olvidado la rabia y se da un atracón de trozos de carne y Florencia, en cambio, me rellena la copa con un vino blanco y dulce y me sonríe al hacerlo, como si siempre hubiéramos sido amigas.
Si hay malicia, no la percibo en su mirada.
Oigo las carcajadas de las otras mesas, y la alegría también se me contagia.
No damos ninguna importancia a los Ensiferios que todavía nos vigilan ni a mostrar buenas maneras frente a Lorenzo; entiendo que este día es para nosotros: dentro de poco ya no seremos Iniciados, sino algo nuevo, fuerte, eterno.
Mojo un trozo de pan en la salsa del jabalí y me llevo el bocado a la boca.
Y me quedo petrificada.
El olor a carne me provoca náuseas y retengo una arcada. Logro ver cada una de las fibras del músculo, cada nervio y cada fragmento de grasa que el calor del fuego no ha derretido. El vino que me he bebido antes de un trago me sube por el estómago y me quema la garganta. ¿Qué me está ocurriendo?