Romeo y Julieta Untold: La última congregación 12. Julieta
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12. Julieta

Julieta

Escalo se ha ido junto con el Coro, la Lectora ha regresado a sus aposentos acompañada por las Vestales, mi padre se ha esfumado, se han llevado a Santa Montesco después de haber dado el espectáculo y Eleonora Valfiero ha abandonado el Teatro caminando con la cabeza alta, como si la preocupación por un hijo desaparecido no fuese con ella.

No porque no sintiese ira, porque todos la miramos y vimos la expresión que se dibujó en el rostro de la Primera Voz mientras ella pronunciaba sus palabras.

No, con la cabeza alta porque, a pesar de que todavía ignora qué le ha ocurrido a su hijo, sin embargo, ya sabe que obtendrá justicia.

Pronto, un leve murmullo se alza entre los Iniciados, cuando al fin los Ensiferios nos ordenan en silencio que nos movamos y nos conducen al otro lado de Puerta Imperia.

Esperaba encontrar una senda que nos guiara más allá del recinto amurallado hasta el edificio de la Academia, donde estaremos prisioneros durante los próximos doce latelunas, y en cambio nos adentramos en un túnel.

Una galería que nos devora, nos engulle y nos lleva a las profundidades de la tierra.

Poco a poco, nuestro paso se adapta al de los soldados que nos escoltan a través de un dédalo de pasillos y escaleras que parecen construidos adrede para hacernos perder el sentido de la orientación, mientras las corrientes de aire los recorren en direcciones que no se me antojan naturales.

La penumbra está a duras penas alumbrada por esferas de cristal y hierro en las que resplandece la luz generada por los Aeterianos.

Rotan eternamente sobre sí mismas gracias al poder de los Leviantes y proyectan sombras iridiscentes sobre las paredes y sobre nuestros rostros.

A cada batimiento, parece que nuestras caras se transforman en la de una Selfiera.

Se trata de premoniciones y advertencias: es lo que ocurrirá a quien no reciba el Vínculo antes del decimoctavo solasterio.

Es lo que todos los Iniciados desean, y deben, evitar.

Busco con la mirada a mi primo Folco. No puedo dejar de pensar en el terror que debe de estar sintiendo en este momento.

Lo veo un poco más adelante: no resulta difícil reconocerlo porque parece que nadie, dentro de los límites de la exigua amplitud de este pasillo, quiera estar cerca de él.

Creo que es la primera vez que un Capuleto se ve marginado de forma tan manifiesta por los miembros de las demás casas.

No, me he equivocado: Folco no está completamente solo. Un poco más atrás, Teobaldo lo sigue. Su mirada salta de su hermano a los Iniciados que lo rodean y fulmina a los Montesco con expresión desafiante. Protegerá a Folco a toda costa, lo sé. Se siente responsable de él.

Por fin el pasillo llega a su fin. Me pregunto a cuánta profundidad hemos descendido.

Me zumban los oídos; es probable que hayamos alcanzado el corazón de la montaña.

No: debemos de estar incluso por debajo del Teatro Romano, por debajo del río.

Casi me parece oír a Edén latir a través de la roca circundante.

Cruzamos el arco que señala el fin del recorrido y nos encontramos en una estancia inmensa.

Todo, desde las lámparas a la ausencia de ventanas, parece dispuesto de modo que nuestra atención deba centrarse solo y únicamente en las cuarenta mesas que llenan el espacio, recubiertas de bandejas, jarras, cestas y platos rebosantes.

Sería la sala perfecta para la mayor de las recepciones, si no fuera por las largas cadenas que cuelgan del techo.

No logro figurarme para qué están allí, y quizá no quiero imaginármelo.

Entre los Iniciados intercambiamos miradas interrogativas; no tenemos ni idea de qué significa. ¿Debemos tomar asiento de acuerdo con nuestras casas? ¿Debemos agruparnos según nuestras amistades y antipatías? Los Ensiferios guardan silencio; han cumplido su deber de guardianes y acompañantes.

La tensión de la espera crece y me descubro incluso observando a Laurela, porque ella, más que nadie, debe de saber qué hacer en este momento.

Está relajada, casi seráfica. Y eso me hace montar en cólera; no porque su rostro no refleje lo que sucedió ayer por la noche, puesto que era obvio que los Trasladores harían un buen trabajo, sino porque me pregunto cómo es posible que Laurela no se desespere por su hermano Anteo: si Teobaldo hubiera faltado a la Congregación, yo habría movido montañas y secado los mares para encontrarlo.

Pero ella no muestra nada. Hasta podría alegrarse de ello.

Me pregunto si eso también forma parte de alguna maquinación de Eleonora Valfiero.

Por otra parte, el gusto por los complots parece abundar en su sangre.

Un estruendo prolongado, como el retumbo de un trueno, interrumpe mis pensamientos.

El sonido proviene del extremo opuesto de la sala, donde la pared de piedra se está abriendo para revelar una abertura.

Y, de allí, entra un Extrema Sangre. Lo vimos hace poco: es el Alto Maestro que ordenó a sus subordinados que quemasen los estandartes de los que no obtuvieron el Vínculo.

Se detiene y nos mira de hito en hito, inmóvil.

Todos los Ensiferios se vuelven hacia él, alzan las armas en señal de saludo y luego golpean el pavimento una única vez, en perfecta sincronía. En cambio, nosotros, los Iniciados, guardamos silencio.

Él se aclara la voz, que resuena en el silencio absoluto.

—Bienvenidos, Iniciados —empieza—. Procuraré ser breve, para que podáis dedicaros lo antes posible al banquete en vuestro honor.

El primero de muchos, en vuestra vida de Iniciados y luego de Extrema Sangre…

Me llamo Lorenzo Monforte y soy el Decano de la Academia y Alto Maestro de los Eternantes.

A lo largo de estos latelunas algunos de vosotros tendréis manera de conocerme mejor que otros: los que de entre vosotros muestren la inclinación justa hacia compartir el poder para un bien superior estarán preparados y, si Alyaster quiere, recibirán el Vínculo.

Pero por ahora tomad asiento junto a vuestros compañeros y amigos: celebrad y comed hasta la saciedad y reíd, ya que a partir de mañana tendréis nuevos hermanos y nuevas hermanas, y será con ellos con quienes compartiréis las pruebas y las dificultades de la Academia.

Un discurso esencial, sin la elegante magnificencia de Escalo. Supongo que la retórica no es necesaria cuando se rezuma poder: me parece casi sentir una vibración que proviene de su cuerpo, inasible y sin embargo presente, como la tensión que anticipa un temporal.

Lentamente, algunos Iniciados toman asiento a las mesas. Al principio no son muchos, pero poco a poco los demás reúnen valor y la gran sala se llena de cháchara mientras se arrastran los bancos por el suelo y los amigos se encuentran y se ponen a chismorrear.

Miro a derecha y a izquierda, mientras Iniciados que nunca había visto pasan a mi lado rozándome y chocando conmigo.

Me temo que he perdido de vista a los miembros de mi familia cuando, afortunadamente, vislumbro a Teobaldo, que alza una mano en mi dirección.

Me abro paso a través del tropel de Iniciados.

No me aparto, no cedo el paso a nadie. Son ellos, los demás, quienes me hacen sitio a mí apenas ven la rosa que decora mi uniforme.

Siento en mí la mirada de Lorenzo y tengo la impresión de que me examina.

Me pregunto si él, que debe de ser el mayor experto cuando se trata de controlar un poder, podrá ayudarme a comprender qué me está ocurriendo.

Sin embargo, cuando dirijo mi mirada hacia él, me percato de que no me está observando a mí ahora, sino a un gigante de piel oscura que se ríe groseramente al otro lado de la sala, rodeado de Iniciados que, a su alrededor, parecen niñitos.

Por fin tomo asiento a la mesa. Teobaldo me saluda con un gesto, pero veo que su mente está en otra parte.

Frente a mí hay un chico que no había visto nunca.

No, en realidad es una chica: delgada como una caña de bambú y con los pómulos altos que hacen pensar que tiene ascendencia entre los alamanes; los senos inexistentes y los hombros anchos la hacen parecer un mozo descoyuntado.

En su pecho, destaca su sello: una flor de ortiga.

Ya lo he visto en alguna parte, pero no recuerdo dónde.

Me mira un momento sin interés, luego se encoge de hombros y dirige la mirada a mi primo, como si esperara algo de él.

Estoy a punto de preguntarle quién es y por qué se ha sentado a nuestra mesa, pero Florencia, que está a su lado, me saluda con una sonrisa tan abierta que no puedo ignorarla.

Se la devuelvo con un gesto de la cabeza.

En cambio, Laurela, a su izquierda, mantiene la mirada distante, como si intentase ignorarme olímpicamente. Pero veo que se retuerce las manos.

—¿Sigues pensando en ayer por la noche? —le pregunto—. ¿Te has arrepentido de lo que hiciste?

Ahora ella me mira a los ojos. Hay rabia en su mirada.

—No siempre eres el centro de nuestros pensamientos, Julieta.

—Está preocupada por Anteo —dice Florencia, inclinándose hacia mí. Tengo la ligera impresión de que, después de lo que vio la pasada noche, ha decidido tratarme mejor. Complacerme. Como si cambiara algo, después de solasterios sin importarle lo más mínimo.

Laurela fulmina a mi prima con la mirada.

—No, no hay nada de qué preocuparse. Ahora comamos y no hablemos más de ello.