11. Julieta #2
Pero me pregunto si se comportarían igual si eso hubiera acaecido a la sangre de su sangre en lugar de a nosotros, los Capuleto.
Panda de envidiosos.
Folco surge de la oscuridad. No lleva puesto el uniforme, tampoco tiene la Marca.
Tiene solo una mirada atónita y perdida, una expresión insólita en él.
Lleva el pelo negro largo, como manda nuestra Tradición, y sus ojos son casi del mismo color.
La nariz alargada de nuestra familia está ligeramente torcida, como si alguien se la hubiera roto en este solasterio.
Lo recordaba más musculado, como si este año lejos de todos lo hubieran vuelto más enclenque y más pálido.
Pero puede que solo sea una ilusión generada por su figura recortada contra el teatro.
Sin embargo, ahora está de nuevo entre nosotros y recuperará su fuerza en un abrir y cerrar de ojos.
En cuanto entra en la plaza, el rugido de la multitud asciende.
Los Iniciados a mi alrededor se alteran y me obligan a dar un paso atrás con ellos, como si ya tuviera dieciocho solasterios y se estuviera transformando frente a nosotros.
Escalo pide silencio más de una vez, pero estamos dentro de un volcán que está a punto de entrar en erupción.
Con una señal de la Primera Voz, los Ensiferios se giran hacia nosotros.
Es una amenaza flagrante. Los primeros que caerán, si los ánimos no se apaciguan, serán los Iniciados que no respeten las órdenes.
El chantaje surte efecto. El rugido de la multitud se apaga poco a poco y queda solo un revuelo de fondo.
—Antes del fin del segundo lateluna, yo mismo invocaré la Abnubilación para Folco Capuleto si el poder no corre por él, así como haré con Anteo Valfiero cuando sea hallado. La decisión del Coro no surge de la misericordia, sino de la esperanza —proclama Escalo alzando su voz al máximo.
—Se ha infringido una Ley —grita una voz desde las gradas.
Otros se suman a la desaprobación.
Invocan las penas. Invocan condenas.
Quieren la cabeza de quien ha permitido a un hijo llegar casi a su decimoctavo sin haber sido Abnubilado. Quieren la cabeza de Reinaldo Capuleto. Echo un vistazo a mi padre. Está sonriendo.
Escalo alza de nuevo los brazos para imponer silencio.
—¡Dejemos que sea el Libro el que nos muestre el camino! —grita alguien desde el fondo de los palcos.
Las casas empiezan a dar pisotones contra el suelo. Una granizada imposible de contener.
—¡Que Oudemya escriba!
—¡Justicia!
—Oudemya. Oudemya. Oudemya —cantan los Extrema Sangre.
Escalo no es partidario de esta solución, pero no tiene más remedio que aceptar la voluntad de la raza.
Poco importa quién esté a la cabeza del Coro.
Su voz es muda cuando Oudemya escribe. Vencido, hace una señal a la Lectora.
Ella abre el libro. Por un batimiento no sucede nada, pero luego la página se ilumina.
Algunos se arrodillan. Ella permanece inclinada sobre el Libro moviendo la cabeza hacia delante y hacia atrás. Está leyendo. No sabemos qué. Luego cierra el Libro. Se alza y se dirige hacia Folco. Toma su rostro entre las manos y a través del velo lo besa en los labios.
Un clamor se eleva de los palcos. Las casas se golpean tres veces el pecho con el puño.
Veo que los hombros de Escalo se relajan.
La guardia baja las armas. Nadie se rebela contra lo que Oudemya escribe.
Pero sé que muchos Iniciados no están tranquilos.
Nos tocará a nosotros vivir dos latelunas esperando que Folco no nos devore.
Pero yo confío en Folco: es un Capuleto, no puede fracasar.
El Libro ha hablado, es el momento de seguir adelante.
Sigo a la Lectora, que anda por la plaza observando las gradas, a los nuevos Extrema Sangre y a nosotros. Es el último acto de la ceremonia. Ahora elegirá una nueva «flor» para su colección de Vestales.
Jamás elige entre los Iniciados, nunca lo ha hecho. Ella quiere sangre que todavía no sabe que puede cantar.
La veo caminar entre los jóvenes Edenitas, y todos inclinan la cabeza frente a ella en señal de respeto.
Todos, salvo uno. El pelo le desciende largo enmarcándole el rostro, pero deja entrever la línea firme de la mandíbula.
Me pregunto a qué casa pertenece, porque no logro ver el símbolo en su uniforme.
Intenta mantenerse recto, parecer más alto ahora que se encuentra delante de la Lectora, como si tuviera que demostrar algo, como si no tuviese miedo.
Porque en sus ojos verde musgo hay resolución y hay tormento.
Como si en su interior se agitase la voluntad de luchar contra todo y todos, de arremeter incluso contra el destino.
Ojos que me quedaría observando, descubriendo todos los matices de sus iris.
Por un batimiento, creo que se muerde el labio.
En cualquier caso, debe de estar nervioso, porque se encuentra frente a la forma terrenal de la diosa.
Pero es solo un batimiento, porque cuando la Lectora le pasa por delante, él la mira recto a la altura de los ojos.
Ella se detiene, ladea la cabeza y luego emprende la marcha.
La Lectora pasa revista a las filas de los cadetes en silencio como si fuera ingrávida, como si el viento la transportara.
Y entonces se detiene frente a mí, en el silencio de las horas más oscuras de la noche.
Se me para el corazón. Siento que me lleno de vacío. Agacho la cabeza mientras el miedo me cubre como una capa pesada y fría.
Intuyo un movimiento. La Lectora levanta dulcemente la mano encadenada, sus joyas hacen eco de las olas del mar.
No quiero perderme.
No me elijas.
No me toques.
Por favor.
Mi mirada se pierde en los universos escondidos tras su velo, y me quedaría allí para siempre, flotando en el letargo.
Cierro los ojos con fuerza, doy un paso atrás y acabo chocando con el Iniciado a mis espaldas. Teobaldo me coge del brazo.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Asiento mientras la Lectora se aleja. No me habría elegido; entonces ¿por qué he sentido todo ese miedo y ese deseo a la vez?
Sigo su movimiento, hasta que la Lectora se detiene frente a Rosalina.
Le tiende la mano, como si quisiera invitarla a bailar.
Ella será la nueva Vestal de la Lectora.
Rosalina tiembla. Mira a su alrededor, con los ojos llenos de súplica.
Su mirada se detiene en su madre. La cicatriz que desfigura a Ludmila Corvato se deforma al esbozarse una sonrisa en su rostro, como una nueva herida.
Es la primera vez que la voluntad de Alyaster consagra a una joven de una familia humilde como la de los Corvato.
—¡No! —grita una voz.
Me giro: es un chico con el pelo un poco demasiado largo. Su rostro, ahora, es desesperación tallada en madera. Tiene la voz rota, como si le hubieran destripado el corazón. Exacto, debe de ser él el enamorado de Rosalina, comprendo mientras se me cierra la garganta.
Querría hacer algo. Me pregunto si es tan insensato como para lanzarse contra los Ensiferios y contra la misma Lectora para salvarla.
Me pregunto si alguien haría algo semejante por mí.
Aúlla, intenta escabullirse, pero un Iniciado lo retiene.
—No puedes hacer nada, Romeo —le dice.
Romeo.
Romeo Montesco.