Romeo y Julieta Untold: La última congregación 11. Julieta
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11. Julieta

Julieta

Altea Montesco rechaza tres veces la ayuda de los Trasladores. Casi todas las demás ya tienen la herida resellada, ella no. Ella todavía sangra como los cerdos degollados para purificar la carne.

Su vestido blanco parece el cuadro de un pintor chiflado.

Su lividez me dice que morirá si la herida no se cierra enseguida.

La decisión es enteramente suya. Su marido, Tancredio, está a su lado.

Le ha cogido la mano con una ternura irritante.

Le está suplicando que cambie de opinión, pero ella se mantiene inflexible.

Y entonces oigo que el Montesco empieza a recitar la Extremacción: su mujer no tiene ninguna intención de detener la sangre.

Es típico de su familia querer dar el espectáculo. Creen mostrar a todo el mundo lo honorables que son con estos sacrificios, pero en realidad solo revelan lo débiles que son.

Pero entonces Altea Montesco se alza, desciende de la tribuna y anda por la plaza hacia el palco central, dejando una estela de sangre en el empedrado de basalto.

Reina un silencio tan irreal que oigo cómo el flujo de vida la abandona.

Con el paso a estas alturas vacilante, se detiene frente a Escalo.

—Seis veces he sangrado. Seis veces he ofrecido un hijo a la Congregación.

Seis veces he perdido lo que os he dado.

¿Por qué? ¿Por qué, Escalo? ¿Por qué los Montesco no superan la Congregación?

—Hay una conciencia inquietante en el modo en que pronuncia las palabras.

Su voz es firme, a pesar de la debilidad.

No tiembla. No chilla. Como si ya supiera la respuesta.

—Altea, te agradecemos el sacrificio. Tienes tres hijos que pueden convertirse en Extrema Sangre.

¡Vive para los dos que han nacido y por el que nacerá!

—Escalo trata de hablar con la misma serenidad, pero sus ojos vibran con un ligero temor.

Entre ellos dos hay una comunicación subterránea, algo que percibo, pero no logro comprender.

—No tendréis más hijos de mí. ¡No tendréis más carne de matadero! —grita ella.

Está embarazada, entonces. Y sin embargo, está dispuesta a dejarse morir.

—Sabes que no es posible. ¿Quieres llevar la deshonra a tu casa? —le responde Escalo.

Altea echa a reír. Es un sonido cacofónico, deformado. Mi padre tiene razón: la locura mora en la casa de los Montesco.

Se gira hacia las tribunas. Su voz sube un tono.

—¿Cuánto tiempo fingiremos que no lo sabemos?

¿Cuánto tiempo ocultaremos a nuestros hijos lo que es la Congregación en realidad?

Nuestra sangre se derrama para esconder las patrañas que ellos —señala el Coro con desdén— siguen urdiendo.

—Se gira de nuevo hacia los Pentra y mira fijamente a Escalo a los ojos, sin ceder, y con las pocas fuerzas que le quedan, yergue la espalda—.

Yo rechazo tu orden. Yo elijo la muerte, para que nada de mí pueda alimentar este círculo.

Lo llevamos en la espalda roto, no porque estemos aquí para repararlo, sino porque es falaz.

Y entonces introduce la mano en el corte y abre con fuerza la herida. Miro con horror su brazo. Se ha arrancado las venas. Se desploma. Aprieto los labios para no dejar traslucir emociones mientras un grito ahogado recorre las tribunas.

Escalo hace una señal a los Ensiferios, que corren hacia ella.

Antes de que puedan alcanzarla, una figura se pone en pie. No alza la mano, no habla, solo dirige su mirada hacia ellos. Y eso basta para detenerlos. Incapaces de dar ni un paso más.

Titania, la Lectora, se agacha y la abraza, la mece como a una niña. Su vestido impalpable se mancha de sangre, mientras le acaricia la frente y le susurra palabras que no logramos oír. En ese abrazo, Altea Montesco parece encontrar una paz infantil.

La Lectora le roza la herida y cierra la laceración, y en ese momento es de su brazo de donde la sangre empieza a salir a borbotones.

No es roja como la nuestra. Es blanca y emana un dulce perfume de tierra y de mar, de flores, de agua; huele a lluvia en los prados, a madera caliente.

Huele a piel de criaturitas, huele a sol.

Es el perfume de Edén. Un viento apacible lo empuja hasta tocar a cada uno de los Edenitas presentes en la plaza.

Si un perfume pudiese tener un sonido, sería el que percibimos en este momento.

Su sangre está cantando para nosotros. Es como si ese canto me susurrase a mí, precisamente a mí, y me dijera que esté tranquila y que al final todo saldrá bien.

Me pregunto si todos experimentan esta misma sensación.

Un Magicúmano toma en brazos a Altea y se la lleva.

Veo que le cae el brazo y se forma una nueva cicatriz.

Desaparece en la oscuridad; de ella quedan solo la sangre en el pavimento y las dudas que ha sembrado en nosotros, los Iniciados.

¿Qué es la Congregación en realidad? ¿Qué se nos oculta?

¿Por qué mueren aquellos que no se convierten en Extrema Sangre?

La Lectora ha parado de sangrar. Se ha sentado de nuevo en su sitio, con las manos sobre su regazo. La mágica sensación de bienestar ha desaparecido.

Escalo suspira como si nada hubiera pasado y retoma la ceremonia.

Puerta Imperia se abre entre las terrazas del teatro. Los ochenta Vinculados Extrema Sangre salen en fila marchando. Son dignos. Saben que lo son. Entre las manos sujetan su nueva espada, con la que serán capaces de luchar contra los Incorpóreos del Enemigo.

Las Marcas en sus cuellos relucen no solo con sus colores, sino también de orgullo, de alegría contenida.

Se ponen firmes frente a los Pentra.

Se dan tres golpes con el puño.

La multitud responde con tres golpes más.

—Tres Pentra han dado el Último Paso este solasterio, privándonos de su sabiduría. Ahora surgirán tres nuevos, para que el número de los Cincuenta permanezca invariable —pronuncia Escalo, hierático.

De la fila de los nuevos marcados se apartan tres nuevos Extrema Sangre: dos Graves y una Arquitiempo.

Se inclinan frente al palco apoyando una rodilla en el suelo y recitan la renuncia al unísono.

—Renuncio a lo que me ha sido otorgado. Renuncio a mi familia. Renuncio a mi casa. Renuncio a mi poder.

Escalo asiente.

—Acepto vuestro sacrificio. Acepto vuestra obediencia. Habéis dado el Primer Paso en la familia, daréis el Último como Pentra.

Los tres no vuelven a entrar en las filas; los Ensiferios se los llevan escoltados.

No logro disfrutar de la ceremonia como querría. Mi mente vuelve una y otra vez a lo que ha hecho, y dicho, Altea Montesco. Quisiera acercarme a Netria y preguntarle qué quería decir. Pero ya sé lo que respondería mi tía: toda pregunta recibirá su respuesta a su debido tiempo.

Tres Pentra descienden de su tribuna. Frente a los nuevos Extrema Sangre que acaban de pronunciar la renuncia han llevado braseros incandescentes.

Los nuevos Elegidos se quitan la chaqueta y muestran la espalda.

Los marcan uno a uno en la base del cuello.

La carne chisporrotea y apesta. Ninguno ha emitido ni un solo lamento.

El Umbral se ha cerrado. Ahora pueden celebrar.

Corren hacia sus familias entusiasmados.

Tener un Pentra en la propia casa significa poder promulgar leyes que ayuden a su línea de sangre.

Lanzo una mirada a mi padre y me pregunto si tal vez es este su plan para mí.

Pero él parece absorto en sus pensamientos, tiene el mentón rígido y tenso.

Escalo interrumpe las celebraciones. Se trata de un procedimiento insólito. Algo ocurre.

—Ha sido una floración dolorosa. Muchas semillas se han perdido.

No podemos permitírnoslo. Cada brote de este jardín que tengo delante debe recibir el Vínculo.

Hay que cultivar cada posibilidad. Hoy no todos los Iniciados están presentes.

Falta Anteo Valfiero. Por este motivo, de acuerdo con su casa y con la casa de los Capuleto, acogemos una flor que creíamos perdida, y que en cambio solo se había extraviado.

Algo se pone en marcha en mi mente, como si una sospecha que se escondía entre mis pensamientos empezase a convertirse primero en una hipótesis y luego en una certeza.

Todos están aquí, salvo…

—Folco Capuleto. ¡Entra en el Cuadrado y honra a tu familia! —proclama la Primera Voz.

Un murmurio se alza de las tribunas y poco a poco se transforma en un alboroto. Solo los palcos de los Valfiero y los Capuleto guardan silencio; todos los demás vociferan.

Lanzo una mirada a Teobaldo. Mi primo está impasible, como si se hubiera transformado en una estatua. Pero yo lo conozco como la palma de mi mano y logro distinguir un leve destello de alegría en sus ojos. Su hermano sigue vivo. Todavía tiene una posibilidad.

Ninguno de nosotros lo sabía, mi padre no había hablado de ello conmigo y, por lo que sé, tampoco con Teobaldo ni Florencia.

«Folco es un inepto», lo oí decir. Y sin embargo ahora está aquí, y no puedo evitar pensar que está bien que así sea, a pesar del crimen que cometió.

Porque Folco siempre ha sido el más valiente de nosotros, tiene por delante un futuro de gloria.

Procuro ignorar esa voz en mi interior que me recuerda que ese futuro solo será si Folco no sucumbe transformándose en una Selfiera. No quiero escucharla. Ahora quiero alegrarme por él. Lo logrará, como lo lograremos todos nosotros.

La Primera Voz intenta calmar a la multitud.

Los Ensiferios desenvainan sus enormes espadas.

No se habían dispuesto a lo largo de las tribunas para el recuento de muertes, sino para impedir una insurrección.

Sus Marcas se tiñen de una luminiscencia velada, y lo mismo hacen las de los Extrema Sangre en las gradas.

Desde su punto de vista, la ira es legítima; Folco Capuleto no solo no fue Abnubilado, sino que dentro de dos latelunas cumplirá dieciocho solasterios.

Recibir el Vínculo en tan poco tiempo es prácticamente imposible, ni siquiera ha dado el Primer Paso todavía.

Con esta decisión, el Coro ha puesto en peligro a todos los Iniciados.