10. Romeo #3
El que está más cerca de la puerta da unos pasos adelante.
En el brazo lleva puesta la faja roja del Decano, quien tiene la suprema autoridad en la Academia.
Su rostro no está iluminado, lo que me hace pensar que es un Eternante.
No entiendo cómo puede ser que sea el que tiene el poder, pero es la Lectora quien elige a través de Oudemya, y no se discute lo que el Libro ordena.
Tiene el rostro anguloso y alargado. Las cejas espesas y oscuras hacen que su mirada sea orgullosa y altanera.
Algunas arrugas alrededor de los ojos y en la frente cuentan que ha vivido ya algunos centurios, pero su Marca brilla como si apenas acabara de salir de la Academia.
Su cuerpo es ágil y robusto; podría ser coetáneo de mi padre, quizá más joven.
Mira fijamente el Coro, como si fuera igual de importante que ellos, o que la Primera Voz.
Con la mano se toca el cabello salpicado de blanco, corto y peinado a la perfección.
Y en ese momento una chispa de odio cruza sus ojos.
Lo percibo como si me hubiera tocado a mí y me quemase la piel.
Incluso juraría que por un batimiento le ha cambiado el color de los ojos.
Cuando se vuelven dóciles, dentro de sus posibilidades, a mí solo me queda la picazón de esa percepción.
No siempre me fío de mis sensaciones, que me llegan en olas que a menudo me ahogan, pero esta vez estoy seguro de lo que he advertido.
Escalo hace una señal con la cabeza y él abre Puerta Imperia, y entonces algunos Rápidos salen acarreando dos cestas repletas de flores.
Nunca había visto a un servidor de la Academia y me quedo boquiabierto.
Tienen el cráneo completamente rapado, pero las mujeres presentan, solo en la nuca, ringleras larguísimas de trencitas.
Les descienden por toda la espalda. En sus frentes llevan tatuado el símbolo de un círculo astillado.
Tienen la boca cubierta por un bozal de cuero y hierro que se sujeta en la parte posterior de la cabeza con correas de piel.
Llevan un collar de cuero en el que se han grabado los símbolos de las Pertenencias.
De cuero son también los chalecos. Tanto los hombres como las mujeres visten una larga falda negra.
Van descalzos. Dos mujeres llevan el brasero con la leña, que crepita desparramando lapilli.
Las llamas son bastante altas, y por el aire se esparce el perfume de pino y de leña quemada.
Una de las mujeres tiene una mancha de color rojo vino que le cubre parte del rostro.
Alza hacia nosotros sus ojos, grises como la niebla de la mañana.
Nos observa, sin curiosidad, sin miedo; me atrevería a decir con piedad.
Y eso no me hace sentir cómodo. Dejan el brasero en el suelo y lanzan las cestas al aire.
Las flores no caen, sino que empiezan a flotar por encima de nosotros.
Son los símbolos de las casas. Parece un jardín suspendido en el cielo.
En cada tallo hay atado un pequeño estandarte con el nombre escrito de quien cruzó Puerta Imperia hace doce latelunas.
Veo a dos Atadores que mueven las manos de modo imperceptible.
Uno de ellos seguramente es un Grave y el otro un Leviante.
Su rostro cambia de manera inapreciable, pero sé que están envejeciendo.
Miro a los Rápidos que siguen al lado de las cestas y me pregunto quién de ellos dará parte de su vida, de su Tiempo, por esta macabra ceremonia.
No me cuesta mucho encontrar el estandarte de mi hermana.
Flota a pocos brazos de mí. Me parece tenerla delante.
Como si ese pequeño retazo de tela, atado al lirio blanco, fuese su último aliento de vida.
Dentro de mí busco una chispa de esperanza, la encuentro y soplo para hacerla crecer, igual que la brisa que aviva el fuego.
Del brasero, trescientas veinte llamas se liberan en el aire.
Iluminan la plaza con un resplandor trémulo jugando a mover nuestras sombras y a alimentar nuestro temor.
Por un batimiento, todo se detiene, nuestras respiraciones, incluso las luces en el cielo.
Juraría que también se ha parado mi corazón.
Luego las llamas corren hacia los estandartes incinerando uno a uno el nombre de quien no lo ha logrado, del mismo modo en que dicen que la Pertenencia quema la carne de quien no ha sido considerado digno.
El recuento de los muertos ha empezado.
No ceso de mirar fijamente la cinta de mi hermana, como si así le echara agua encima para que el fuego no pudiera prender.
En el aire, el perfume de la leña ha dejado paso al olor a quemado.
El lapilli desciende sobre nosotros como antes lo hacía la lluvia.
El cielo empieza a apagarse a medida que el fuego hace su sucia labor, incendiando los estandartes uno tras otro.
Una llama pasa a mi lado. Con terror la sigo en el cielo mientras se dirige hacia el estandarte de mi hermana, pero en el último momento lo sortea y quema el nombre atado a un clavel al lado. Lanzo un suspiro de alivio.
Una a una, las flores empiezan a caer cubriendo el suelo de pétalos.
Es un cementerio coloreado. En las gradas, nadie habla.
El acre hedor a quemado se mezcla con el olor ferroso de la sangre.
Las cicatrices en los brazos de las madres cuyo hijo ha muerto se han abierto y ahora sangran copiosamente.
Los ojos siguen sin verter lágrimas. Para ellos, la sangre no ha sido la extrema que han derramado.
En mi interior, aquel pequeño rayo de esperanza se está transformando en una luz cegadora. Faltan pocos. Demasiado pocos. Mi hermana lo ha logrado. Uno de esos ochenta es ella.
Sonrío a mi madre, que no aparta la vista del lirio blanco que todavía flota en el cielo.
La última llamita solitaria vaga ligera en busca de su epitafio.
Se detiene. Tiembla. Luego vuela decidida hacia el lirio blanco y quema el nombre de Domiciana.
El cielo se sume en la oscuridad, incluso la luna se ha escondido, tal vez avergonzada por brillar ante semejante desgracia.
Los Edenitas no lloran, pero mi pecho se agita violentamente con sollozos. Vierto más lágrimas que la sangre que sale del brazo de mi madre.
Nuestras miradas se cruzan. Yo he ganado una posibilidad, ella ha perdido a su hija favorita.
El dolor es una bofetada que se repite hasta el infinito.
Todo mi cuerpo tiembla de sufrimiento, llevo encima una capa hecha de púas.
He perdido a Domiciana para siempre, ha sido engullida por la nada eterna.
Su cuerpo ha ardido, consumido por el poder.
El mismo escozor que habrá padecido ella lo siento en cada fibra de mi ser.
Ya no tendré sus sonrisas, ni su carácter amable, ni sus alegres risotadas.
Todo ha quedado reducido a un montón de cenizas.