10. Romeo #2
En las gradas, todos agachan la cabeza en silencio.
Nosotros, los Iniciados, permanecemos inmóviles.
Cierro los ojos e inclino ligeramente el rostro.
No me importan las tradiciones, tengo derecho a rendir homenaje a mi abuelo y a Bastiano.
Pienso asimismo en mi misterioso servidor, y en Anteo, que no merecía una muerte tan atroz.
Nadie habla jamás de los que no superaron la Congregación, pero en mi mente yo repito los nombres de mis hermanos y hermanas que no lo lograron.
—Caídos en las Catástrofes, ¡yo os honro! —Escalo vocifera más fuerte que el temporal que nos asolaba hace unos esimios.
Las casas dan pisotones contra el suelo despacio, luego cada vez más rápido; parece un granizo caído del cielo para castigar a quien ha osado desafiar a las Estirpes. La tierra tiembla, de tantos impactos que la percuten. En el estruendo, su voz se eleva.
—Nosotros somos los Elegidos, nosotros somos los primeros, nosotros somos los Edenitas. Alyaster nos ha escogido para proteger Edén, y lo hacemos con sangre, con coraje, con sacrificio, con nuestros hijos y con nuestras hijas.
Los Extrema Sangre cantan el nombre de Alyaster.
Cantan su descendencia. Cantan el miedo y el coraje, entonando un himno a ambos.
El miedo te hace estar alerta, el coraje te vuelve indomable.
El Coro se une a ellos y la plaza se convierte en el escenario de un concierto; nosotros los Iniciados somos el público, al que está permitido participar con el corazón, pero no ser instrumento.
Escalo alza las manos y el silencio se abate de nuevo sobre la Academia.
—En la última Temporada, se hicieron cuatrocientos cortes en la Ceremonia del Primer Paso. Que vuestras cicatrices puedan guarecer, que vuestros corazones puedan regocijarse por el Vínculo. Que vuestras casas puedan haber hecho nacer Extrema Sangre.
Todas las madres presentes se arremangan para mostrar el brazo derecho.
Mi corazón me martillea en el pecho. Dentro de poco sabremos cuántos han sobrevivido.
El silencio es una roca de piedra que planea por encima de nosotros, a la espera de la respuesta.
Escalo espera algunos batimientos antes de hablar. Nadie respira. Cuando su voz emite la sentencia, la roca revienta.
—Ochenta Extrema Sangre se han Vinculado —dice sin emoción.
Un estremecimiento recorre las gradas y también a nosotros, Iniciados.
Ochenta.
Solo Ochenta.
Menos de un cuarto.
Me tiembla la mandíbula.
Miro a mi madre; su rostro está descompuesto. Incluso los Pentra están atónitos; intentan que no se les note, pero distingo cómo se les tensan los músculos del rostro, cómo aprietan las mandíbulas.
—El Vínculo ha escogido a treinta Extrema Sangre para la Pertenencia de los Esenciales, y uno de ellos es un Almanario.
Escalo guarda silencio mientras en las gradas los Graves, los Ardefríos y los Leviantes se alzan y se golpean el pecho con el puño.
—¡Honor! ¡Coraje! ¡Lealtad! —rugen al unísono.
El ritual se repite igual para las demás Pertenencias; el número de Eternantes es bastante alto. Y también hay diez Trasladores. A lo mejor Domiciana se encuentra entre ellos.
—Desafortunadamente, ninguno es un Inseparable.
—La voz de Escalo baja un tono. No le importa lo más mínimo cuántos Iniciados se hayan perdido, pero sí le pesa que por enésima vez, en cinco centurios, nadie haya desarrollado la afinidad.
Sé que antes de la primera Gran Rebelión eran muchísimos, casi dos en cada Congregación, pero esto sucedió hace surcos.
Poco a poco fueron desapareciendo. Ahora solo quedan diez.
A mí la decepción de la Primera Voz me trae sin cuidado, lo único que sigue rebotando en mi mente es el exiguo número de supervivientes.
Algunos Ensiferios se apartan de la guardia de los Pentra y se disponen a lo largo del perímetro de las gradas. Cada casa acepta la muerte de sus hijos con dignidad y orgullo. Pero nunca se sabe, el ánimo es mutable. La Gran Rebelión fue el ejemplo.
Al lado de Puerta Imperia toman posición ocho Extrema Sangre.
Ni siquiera sé de dónde han salido. Al alzar la cabeza los veo allí.
Llevan puesto un uniforme similar al nuestro, pero la parte izquierda del cuello está realzada hasta el mentón, para descender y luego desaparecer en la chaqueta, dejando bien visible la Marca, que brilla.
Los uniformes se les ajustan a la perfección; seguramente la piel tiene un curtido muy distinto al nuestro.
En el pecho llevan una pequeña flor en relieve con el escudo de la casa.
Serán nuestra pesadilla durante la próxima Temporada: los Altos Maestros de la Academia, aunque nosotros preferimos llamarlos Atadores. Suena más peyorativo.