10. Romeo
Romeo
María Eleonora se abalanza sobre el Coro. Está hecha una furia. Ni siquiera se ha inclinado para saludar a la Primera Voz, solo le está chillando.
En un batimiento, el adalid de los Ensiferios se coloca delante. Desenvaina la espada, pero la mantiene a un lado sin alzar; incluso él teme desafiar abiertamente a la Loba, como la llaman, entre susurros en los pasillos, los Rápidos a su servicio.
Estoy seguro de que está invocando el poder.
Veo cómo mueve las manos. Es una Aeteriana.
Es difícil luchar contra ellos, en especial contra los que, como la Valfiero, son muy duchos tanto revelando como ocultando.
Si no sabes con cuántas armas cuenta tu enemigo, ¿cómo puedes defenderte?
Por supuesto, sin estar en guerra y luchando sola, la decisión de usar el poder le costaría un montón de centurios, pero por la rabia que refleja su rostro, creo que hoy María Valfiero podría decidir a la ligera perder alguno corriendo el riesgo de provocar una guerra.
Las casas combaten unidas frente al Enemigo, pero hay facciones, coaliciones, alianzas y guerras familiares que solo esperan una excusa para estallar.
Sé que muchos no están de acuerdo con que la Lectora esté al cargo desde hace tantos centurios, lo mismo por la Primera Voz.
Las batallas deberían unir, pero en un lugar donde se combate eternamente, el placer del poder se convierte en afán, y no hay deseo que divida más que ese.
Anteo Valfiero. No consigo parar de darle vueltas.
Lo habría reconocido si su asesina no le hubiera desfigurado el rostro.
Lo he visto alguna vez. Tímido. Esquivo.
Siempre un poco en vilo entre demostrar estar a la altura de su apellido y la liviandad de poder ser un desconocido.
Yo nací Montesco y estoy destinado a morir por este nombre.
Él era un Valfiero y lo aguardaba la grandeza, aunque él tal vez no la deseara.
Y sin embargo ha muerto antes que yo. Me pregunto si un nombre puede de veras definir quién somos y a quién debemos odiar.
Busco a mis amigos, pero en su lugar me topo con la sonrisa socarrona de una Iniciada que me mira de hito en hito.
Los labios finos, los pómulos pronunciados que le ahuecan todavía más el rostro.
Los ojos distantes entre ellos. Los brazos largos y tan enjutos que su uniforme parece ancho.
Me recuerda a una mantis religiosa. Se pasa el índice por la garganta, fingiendo cortarla. He encontrado a la Seca.
Me está diciendo «mantén la boca cerrada o morirás». Me está diciendo «de todas formas, cuando estemos en la Academia, morirás». Me está diciendo que tengo una nueva enemiga.
Qué novedad.
Los truenos se hacen más seguidos. Los relámpagos que refulgen en el cielo parecen los juegos pirotécnicos del reino de la seda.
La ceremonia está empezando. Intento mirar de nuevo a Rosalina, que sigue con la cabeza gacha, y en cambio intercepto una mirada entre su madre y Reinaldo Capuleto.
Es solo un batimiento, y sin embargo se han dicho algo.
La discusión entre Escalo y la Loba continúa; a ellos se ha unido Reinaldo Capuleto, y no creo que sea para poner paz.
Un Iniciado que tengo cerca con el rostro redondeado y la nariz torcida me pregunta con aire asustado qué está ocurriendo.
Me encojo de hombros. Miento y le digo que lo ignoro.
Él da dos pasos adelante para preguntar lo mismo al que está enfrente.
Se aparta un poquito para que mi mirada repare en la Iniciada que está a su lado.
Su nariz no es perfecta, ligeramente alargada, tal vez, pero no podría imaginarme otra nariz en ese rostro.
Sus mejillas están un poco hundidas, realzando sus pómulos.
Tiene los labios plenos, rosados. Es más alta que los demás Iniciados.
Alta como yo. No sé qué costumbres tiene su casa, no logro verle el símbolo en la espalda, pero su peinado es bastante raro, con cortes y tijeretazos aquí y allá.
Algún mechón pelirrojo, un poco rebelde, está tieso y se escabulle hasta de la lluvia.
Nota mi mirada sobre ella porque se gira de golpe.
Sus ojos son del color de las castañas quemadas.
No puedo evitar pensar que es hermosísima.
Me siento culpable y agacho la cabeza, interrumpiendo el contacto.
Pero percibo que sus ojos continúan mirándome.
El Iniciado vuelve a su posición y ella desaparece de nuevo de mi campo visual.
Una mano me hace girar. Es Terencio.
—¿Has visto a la morena que hay en mi formación? —me pregunta guiñándome un ojo.
—¿Te has vuelto majareta? Vuelve a tu sitio —digo.
—Venga ya. Nadie está en su sitio, excepto tu primo, por supuesto, ¡que está tieso como un espantapájaros!
—Guiña un ojo a Benvolio y luego vuelve a mí—.
Bueno, ¿la has visto o no? Aquella con la trenza larga hasta el trasero.
¡Y menudo trasero! Debe de ser alguien importante, pues está casi a la cabeza de la formación.
—No sabes lo que dices. ¿Tienes idea de lo que está ocurriendo?
Terencio no me escucha.
—¡Apuesto a que es una dura! A lo mejor me enamoro. —Suelta su típica carcajada.
Cuando vuelvo a dirigir mi atención a las gradas, veo que Escalo está esperando, mientras los miembros del Coro confabulan entre ellos.
Usan sus Voces, un conjunto de sonidos imperceptibles a nuestro oído.
Pueden ocultar las palabras, pero no las expresiones del rostro.
Algunos están muy contrariados; otros parecen de la opinión opuesta.
La Loba aguarda, dejando las manos bien visibles a todos.
El adalid no le quita la vista de encima.
Reinaldo Capuleto también parece esperar.
Aprieta las mandíbulas y los labios. Nunca lo había visto tan tenso.
De algún modo, la discusión también le concierne.
El debate sigue un rato más. Luego Escalo se vuelve hacia Reinaldo y asiente.
Esta vez, la Valfiero se arrodilla en señal de respeto y regresa a su sitio, no sin antes pegarle una bofetada al adalid en la cara. A pesar del fragor del temporal, el ruido seco me llega con toda claridad. El Ensiferio no responde, solo envaina su espada.
Lo que haya logrado obtener del Coro es un misterio, pero por la sonrisa en su rostro me imagino que ha conseguido arrancar la salvación para el hijo si se da el caso de que lo encuentren.
Siento una punzada de compasión por ella.
Seguirá esperando al menos hasta el próximo solasterio.
Y entonces comprenderá que ya no hay esperanza.
La lluvia cesa de golpe. Las nubes se disipan.
Solo la luna llena, hinchada, lechosa, se queda jugando en el cielo, junto a las antorchas.
Es tan luminosa que hace desaparecer a las estrellas a su alrededor.
En la plaza se hace el silencio. Nosotros nos apresuramos a colocarnos en nuestros puestos y nos giramos simultáneamente hacia la tribuna central, percutiendo el pie derecho contra el suelo: la Lectora está llegando.
Lo sé porque todas las Marcas en los cuellos de los Extrema Sangre centellean dibujando las tribunas con destellos de luz; parecen las vidrieras de las catedrales.
Es una aparición. No anda, sino que se mueve ligera acariciando el suelo con sus pies desnudos adornados con hilos de oro.
Parece hecha de la misma materia que la luna, ligera, impalpable.
Un velo la cubre ocultándole el rostro. El Libro resplandece entre sus dedos; quizá sean sus anillos que brillan, pero igualmente parece magia.
Los Extrema Sangre se arrodillan todos en un solo movimiento y de sus bocas sale la misma idéntica frase: «Honor a Oudemya, que es la página escrita y asimismo la que escribe. Honor a la Lectora, que nos trae sus palabras y su voluntad».
En las gradas todos permanecen arrodillados y con la cabeza gacha, no la miran; solo a nosotros, los Iniciados, nos está permitido hacerlo hoy.
Desfila junto a sus Vestales. Titania, nuestra Lectora, tiene el poder desde hace cinco centurios, y sin embargo, es la primera vez que la veo.
Se detiene frente a nosotros, dando la espalda a las gradas. Dos Vestales se le acercan y poco a poco le quitan el velo.
Me tiembla la mandíbula y los ojos se me humedecen ligeramente.
Debo acordarme de respirar, y cuando lo hago se me escapa un pequeño sollozo.
Tengo frío y comprendo que son escalofríos que me recorren la piel.
Los demás Iniciados también están conmovidos.
Lo noto a pesar de que no los veo. Es la energía que nos atraviesa a todos.
Las dudas que Terencio me insinuó se desvanecen.
Ella no es de este mundo y sin embargo está conectada con él con todo su ser.
Y por un batimiento, nosotros estamos conectados con ella, con la tierra, con la naturaleza, con Edén.
Sus Vestales vuelven a cubrirla, pero la sensación que he tenido mirándola permanece en mí.
Escalo se le acerca inclinándose hasta apoyar la cabeza sobre Oudemya.
Ahora que lo observo mejor parece un libro cualquiera.
La piel marrón está consumida, las páginas son irregulares.
Una pequeña cinta de cuero alrededor mantiene unidas las hojas.
Y, sin embargo, todo el saber está encerrado allí dentro.
Cuando Escalo vuelve a alzarse, se dirige a la multitud:
—Hijos e hijas de Alyaster, yo os saludo —dice en Extremoidioma, golpeándose el pecho con el puño.
Un ruido de golpes respetuosos responde a su saludo. Los Extrema Sangre se percuten el tórax tres veces. A nosotros no nos está permitido. Todavía no.
Extiende los brazos hacia el cielo.
—Extrema Sangre protectores de Edén, ¡yo os respeto! —Su voz sube un tono.
Tres golpes más.
—Restituidos por el Último Paso, os doy las gracias.