9. Romeo #2
Con su entrada, los Extrema Sangre se golpean el pecho.
Y nosotros nos ponemos en fila como aplicados colegiales listos para la muerte.
Lleva puesto el uniforme de combate, pero el suyo es de un blanco lechoso, del mismo color que el atuendo de los Iniciados.
Debe de habérselo confeccionado hace poco.
Pienso que es una bufonada, pero las madres sonríen cuando ven su armadura; pensarán que es un homenaje a su sacrificio.
Y al de sus hijos. Gilipolleces. Escalo jamás hace nada por los otros.
Hoy tiene una hija en la Academia y apuesto una carroza de ducados de oro a que en breve saldrá por Puerta Imperia, evolucionada, poderosa y con una gran Pertenencia.
De lo contrario, no será él quien sangre, desde luego, pero mostrarse con ese color es una manera de decir a las madres: «Mi dolor es vuestro dolor».
De nuevo, gilipolleces. Él no tendrá que sufrir.
Ciertas casas nunca sufren. Su piel es de un negro pizarra y resalta sobre el blanco haciéndolo parecer un dios.
Este era su único objetivo, mostrar a todos su magnificencia.
Paris alza el brazo hacia él. Tiene el puño cerrado y con él se golpea el pecho.
Nosotros no podemos hacerlo, pero a él no le importa, nos está diciendo: «Yo puedo».
Por lo que cuentan, es el hijo predilecto.
Se ha rapado el pelo para emular a su padre y en la nuca se ha hecho dibujar un nenúfar blanco.
Es casi tan corpulento como Terencio. Esperamos a ver si obtendrá una respuesta a su saludo.
Yo sé que no. Escalo es insolente pero no estúpido, y responder significaría legitimar el gesto.
Y él no puede hacerlo. Nosotros, los Iniciados, no valemos nada, no podemos hacer nada, hasta que no se produzca el Vínculo.
No somos más que cáscaras vacías a la espera de que nos rellenen.
Y efectivamente no responde, pero yo pesco sus labios, que por un batimiento esbozan una pequeña sonrisa.
Está orgulloso de su descendencia. Paris no aprecia que lo ignoren.
Tensa los hombros. No creo que sea rabia, me inclino más a pensar que es vergüenza; intenta sacársela de encima sacudiendo la cabeza.
El joven de detrás le coloca una mano en la espalda.
Paris se gira y le sonríe. Es una sonrisa plena.
Hacen algo con las manos, que parece un saludo o un ritual; en cualquier caso, es una cosa entre ellos.
No le he visto el rostro, pero creo que es Baltasar, su hermano menor.
No son gemelos. Se llevan dos o tres latelunas, lo que significa que usaron un Traslador para acelerar el embarazo.
Pero hacerlo es peligroso y a menudo se pagan las consecuencias.
De hecho, Baltasar tiene un brazo más corto que el otro.
Es muy hábil haciendo que no se note, pero en Verona lo sabe todo el mundo, así como que meterse con Baltasar significa vérselas con su gigantesco hermano.
El Vínculo podría restituirle dos brazos de la misma longitud.
Ya ha sucedido con otros Iniciados en el pasado.
Faltan pocos esimios para el inicio de la ceremonia.
Me pincha una espina de temor, leve pero molesta.
Me había prometido no mirar a la tribuna donde se sienta Rosalina, para no tener desgarros de arrepentimiento que zurcir, pero ahora lo necesito.
Ya pensaré luego en reparar los pensamientos, tal vez cuando intente reparar también mis huesos.
Cuando la miro encuentro sus ojos hechos de fragmentos de cielo.
Ya no noto la lluvia ni oigo los truenos.
Incluso el ruido de mi corazón se ha aplacado.
Pienso que a lo mejor tendremos un futuro.
La sigo mirando con la esperanza que acompaña a mi juventud.
Frente a mí, la Academia me susurra que la esperanza es una voz engañosa, te hace regocijarte en la posibilidad de obtener lo que deseas y luego desesperarte tras la pérdida de todas aquellas ocasiones que jamás tuviste.
Rosalina se retuerce las manos. Me mira, pero no leo amor, sino preocupación, desesperación.
Ni siquiera llego a sonreír cuando ella gira el rostro hacia su madre.
Ludmila Corvato es una mujer alta y fuerte, mucho más vieja que su edad real.
En su rostro destaca la famosa cicatriz, que parte de un ojo y llega al labio de la parte opuesta.
Nunca ha querido que nadie la subsanara.
Los Inquisidores la exculparon, cierto, pero la castigaron por haber usado el poder para objetivos personales, y los dos centurios perdidos por haber hecho volar el hacha contra su cónyuge han permanecido.
Pero le perdonaron la vida, la suya y la de sus descendientes.
Rosalina hace ademán de decirle algo, la agarra de la manga y la llama una vez.
Dos. Ludmila aparta el brazo con brusquedad para librarse de la sujeción.
Ruge algo a su hija. Rosalina niega con la cabeza y luego la baja.
Vuelve a mirarme por el rabillo del ojo.
Es solo un batimiento y después el contacto se interrumpe.
¿Qué está ocurriendo? ¿Quizá la he herido?
Mi última carta era apasionada y sincera.
De pronto, se arma un revuelo en las gradas: es María Eleonora Valfiero, que está marchando hacia la sección central.
Aparta a todo aquel que se cruza en su camino, agitando las anchas mangas de su vestido verde y oro.
Está gritando, pero el sonido de su voz no me llega, ahogado por los truenos.
Su hermano, un Extrema Sangre que lleva orgulloso en el cuerpo las cicatrices de su propio valor, intenta retenerla, pero parece que es mejor conteniendo avalanchas que apaciguando a su hermana.
Un escalofrío me recorre la espalda. Me giro para mirar la cuarta formación y advierto, no sin horror, que no le falta un Iniciado cualquiera, sino su cabecilla: no se trataba solo de un Valfiero, sino que era el mejor de su casa.
Hemos tirado al río a Anteo, el hijo de María Eleonora.
El hermano de Laurela.