9. Romeo
Romeo
Estamos alineados en veinte formaciones, sobre las losas del anfiteatro situado frente a la Academia.
Cada una cuenta con veinte Iniciados, un total de cuatrocientos jóvenes Edenitas.
En realidad, trescientos noventa y nueve.
Falta uno.
Está en el fondo del Adigio.
El río a mi espalda corre enfurecido. ¿Quizá no le han gustado los cadáveres? Hasta donde sé, podría incluso desbordarse para decirnos: «Recoged vuestros desechos».
Sigue lloviendo a cántaros. Estamos empapados y ateridos.
Mis heridas me provocan un dolor sordo, en especial la que tengo en el costado.
He detenido la sangre robando unos trapos tendidos en el balcón de una Rápida.
No sé cuánto aguantará el remiendo. Mi primo Benvolio está a mi espalda; Terencio, unas formaciones más allá.
Veo su sonrisa deformada por el agua. Los cabecillas son los hijos y las hijas de las grandes casas.
Paris, el vástago de la Primera Voz, está a la cabeza de la primera formación; a su lado está Mercucio.
Mi nuevo amigo extiende los brazos y alza el rostro al cielo para acoger mejor la lluvia.
No sé por qué, pero estoy seguro de que se está riendo.
Parece que esté a punto de participar en una excursión al campo con cestas repletas y barriles de hidromiel; en cambio, comeremos barro y beberemos hiel, pero a él no parece preocuparle.
Busco a nuestros asaltantes. Teobaldo Capuleto está en la quinta formación.
No parece herido. Algún Traslador lo habrá curado a cambio de un favor.
Su casa es capaz de conceder valiosos favores.
No es el cabecilla. El sitio correspondería a su hermano Folco.
Evidentemente, no consideran que esté a su mismo nivel.
Una risita de satisfacción me sube a la garganta antes de que pueda contenerla.
Detrás hay una chica rubia, con la piel de color bronce.
Da saltitos, no por el frío, creo, sino por la emoción.
Sacude la cabeza como hacen los perros mojados para quitarse el agua de encima y con sus largos cabellos le da en toda la cara a un Iniciado que está a su lado.
Este se gira furioso, pero la rabia se le pasa en un batimiento al cruzar su mirada.
La reconozco: es Florencia, la hermana de Teobaldo.
La llaman el Buitre. Y no es por la nariz ligeramente aguileña ni los ojos pequeños y redondos.
Tampoco por sus extremidades tan largas y huesudas que parecen patas.
La apodan así porque deja hacer el trabajo sucio a los demás, mientras asiste al banquete de los vencedores.
Siempre está en compañía de Laurela Valfiero, la gemela de Anteo, el predilecto de la casa.
Dicen que es tan hábil con la espada como con las artes que provienen de Oriente, y que de su madre no solo ha heredado las facciones, sino también los peores aspectos de su carácter.
Espero estar lo más lejos posible de ella en la Academia.
Oigo gruñir en mi dirección. He encontrado al Achaparrado.
Está algunas posiciones por detrás en la quinta formación: Sansón Capuleto, el primo de Teobaldo; debería haberlo reconocido por su estupidez.
A él también parece que le han curado las heridas.
Los únicos que sangramos somos mis amigos y yo.
Me lanza una mirada hostil y me enseña los dientes.
Santa diosa, ¡qué imbécil! Tengo curiosidad por encontrar a la Seca.
Todavía no he distinguido a nadie que se le asemeje. No nos conocemos todos.
A la Congregación llegan de todos los rincones de Edén, porque solo aquí existe la fuente del poder de la diosa Alyaster. Solo en Verona puedes recibir el Vínculo.
Veo que las antorchas empiezan a encenderse en las terrazas del Palacio Imperia, iluminando asimismo su maldita puerta.
Sus dos batientes cuentan con veintiocho artesones de bronce y oro, donde están esculpidos los momentos más importantes de Edén: su nacimiento, la Gran Rebelión, la primera guerra.
Algunas de esas esculturas tienen los brazos extendidos hacia el exterior.
Parece que quieran aferrarnos. ¿O tal vez nos ordenan que huyamos?
Dentro de poco abrirá sus fauces, para regurgitar a los que hayan sobrevivido a la antigua Temporada y engullir a los Iniciados de la nueva.
Las casas empiezan a tomar posición en las gradas de toba blanca.
Apiñadas y numerosas, me recuerdan a las hormigas del jardín de mi abuelo.
Las familias esperan a los nuevos Extrema Sangre con la esperanza de que se trate de su descendencia; otros saludarán, puede que por última vez, a sus propios vástagos.
Esta noche, todos han elegido vestirse con sus mejores trajes. Solo unos pocos llevan puesto el uniforme de guerra. Siempre hay alguien que tiene que fanfarronear.
Lo he evocado. Cuando él, Reinaldo Capuleto, entra en el anfiteatro, se me corta la respiración; exhalo de nuevo y el aire lleva consigo vientos de odio.
Saluda a todo el mundo como un emperador.
Lleva un collar de oro con un diamante engastado tan grande que resplandecería incluso de noche.
Pero el ánimo de Reinaldo es lúgubre. Él es todo sombras voraces que engullen la luz apagándola para siempre.
Quien lo ha visto luchar sabe bien que le trae sin cuidado cuántos Rápidos deba secar, o cuántos Eternantes deba absorber, o cuánta sangre deba dejar a su paso —sea de Rápidos o de Edenitas— para alcanzar la victoria.
La guerra lo exalta, la muerte lo anima, el peligro lo forja.
Y el homicidio lo alimenta. Aprieto las mandíbulas hasta que casi me duelen.
En sus manos hay sangre de mi hermano Bastiano.
Era mi héroe, estaba feliz de ser un Eternante.
Una vez le dije que él no era poderoso, porque no era un Esencial.
Me sonrió y me contestó que no hay mayor poder del que alberga en su interior no solo el Tiempo, sino también todos los recuerdos de los que se sacrificaron para poder ganar una batalla.
Me confesó que recordaba el nombre de todos los Rápidos y cada día los honoraba.
Ni siquiera nos restituyeron el cadáver, no había nada que llevar a casa, solo polvo.
El Tiempo de Bastiano no era necesario; muchos mencionaron a un Eternante a su lado con el cuerpo rebosante de Tiempo, pero Reinaldo agarró a mi hermano y lo consumió.
Terencio lleva razón: con la Ley, ellos se limpian el pene.
Busco a mi familia. A las madres de los Iniciados se las reconoce de inmediato.
Son las únicas vestidas de blanco, aparte de nosotros.
Me paso muchas veces la mano por la cara para apartarme el pelo, y bajo la lluvia alzo el brazo y la saludo, pero la nada me responde.
Y sin embargo, en esa nada sigo sonriendo: mi hermana saldrá por esa maldita puerta, y yo no temeré cruzarla.
En las gradas, las casas rumorean, se intercambian miradas, se pasan hojas de promesas, contratos.
Este es el momento en el que se firma todo lo que se discutió en secreto, en las fiestas, en las ceremonias, en los campamentos militares, lo que demuestra que, aunque a nosotros nos dejan en la oscuridad, los que ya han pasado por ello saben perfectamente que las influencias, los pactos y la corrupción son útiles para traer los hijos de vuelta a casa.
Espero que mi madre tenga algún as en la manga y me pregunto si lo jugará para mí o si lo ha hecho por Domiciana.
Los Pentra entran en la Arena y se colocan en la zona central.
Se sientan en las gradas y sus túnicas color verde esmeralda se deslizan como serpientes.
Terencio tiene razón sobre ellos. Los llaman Magicúmanos y Encantantes, dos nombres que recuerdan a los cuentos.
Pero yo no veo gráciles hadas ni sabios magos, sino ogros con sonrisa de peltre.
Detrás de ellos, nuestros perros guardianes.
No tienen baba en la boca, pero gruñen igualmente mientras toman lugar disponiéndose a lo largo del perímetro de la cávea.
Son la guarnición personal del Coro y a la vez nuestros guardianes.
Y son numerosos, no tanto como nosotros, pero al ser el doble de grandes ocupan el mismo espacio.
Sus manos alrededor de la empuñadura de su espada.
Llevan el uniforme de guerra, listos para luchar.
Solo que no luchan contra el Enemigo, sino contra quien se oponga al Coro.
Todo porque no vivimos bajo una tiranía.
Se llaman Ensiferios. Un nombre delicado para quien parece una montaña.
Su Marca está escondida, pero todos cuentan con una poderosa Pertenencia.
Apenas han asegurado el anfiteatro, el Coro se sitúa en las gradas.
Son siete y los más influyentes de Edén; sus túnicas son del color de la sangre.
Tienen la cabeza gacha, pero no es más que un truco de feria, porque sus rostros están esculpidos en la altivez.
Veo cómo se humedecen los labios como quien está a punto de devorar un ágape, y la luz de los relámpagos transforma su sonrisa en una mueca sarcástica, desvelando su verdadera naturaleza.
Escalo va a la cabeza. La Primera Voz no se sienta; se queda pavoneándose con los brazos abiertos imitando a los luchadores tras haber vencido un combate.
Y efectivamente esta es la cuarta investidura en un centurio.
Diría que tiene motivos para extender los brazos.
Sin embargo, yo no dejaría que me abrazara, tendría miedo a que me estrujara como una anaconda.