Romeo y Julieta Untold: La última congregación 8. Romeo #2
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8. Romeo #2

—Nos los cargamos en la Academia —dice perentorio mi gigantesco amigo.

—Terencio tiene razón. —Me entrometo alzando la voz para hacerme oír por encima de los truenos, tal vez un poco demasiado, pero estoy furioso—.

A los Capuleto el Pacto les importa un carajo, y la Ley parece estar siempre de su parte.

Lo hemos vivido en nuestra propia piel. En la Academia tendremos que cubrirnos las espaldas, porque esta —digo mirando al Valfiero muerto— es una declaración de guerra.

Pero no será un Tribunal el que nos salve.

Ni los Pentra. —Cojo a mi primo por los hombros, sin bajar el tono de voz—.

En la Congregación se muere, no sabemos de qué modo, no sabemos por qué, pero todos los años, por Puerta Imperia entran cuatrocientos Iniciados y por ella salen la mitad, a veces menos.

En un lugar donde sobreviven menos de la mitad de los que entran, se puede morir de muchas maneras.

Y no estoy hablando de Restitución, estoy hablando de la Nada.

De la verdadera muerte. Debes olvidarte de leyes y pactos y de la confianza en que ellos los respetarán; de lo contrario, estarás muerto antes de que Marangona toque el mediodía.

Benvolio baja la cabeza. Yo coloco mi frente contra la suya, luego tomo la mano de Terencio y lo acerco a nosotros, para que su frente también quede junto a las nuestras.

—Nosotros tenemos nuestra amistad. Confío en ella, que vale más que casas, guerras familiares, incluso que el Coro, el culto de los Pentra y sus Leyes.

—Ahora mi voz es sosegada porque sé que tengo razón.

Miro a Terencio intentando que él también entienda hasta dónde se puede tensar—.

Y NO nos los cargaremos: procuraremos que ellos no lo hagan con nosotros —digo.

Responde con un gruñido, lo ha entendido y no está contento.

—¡Está bien! Esperamos a que hagan ellos el primer movimiento. Y cuando Benvolio esté seco, los devolveré allí de donde han venido, pero esta vez por los pies.

Mi primo lo mira con los ojos entrecerrados.

—A lo mejor mueres tú antes: los Malvecio, se sabe, son altos y corpulentos, ¡pero un poco gilipollas!

—Oh, princesa, quizá tú ya estés muerta; no creo que tu sangre corra por tu cuerpo, vista la palidez. —Terencio se ríe con su característico sonido, que es el de un oso que ronca. Se empujan las frentes una contra otra de nuevo.

—Bien. ¿Ahora os dais un beso en la boca o pensamos cómo arreglar este desastre? —El nuevo tiene las manos en las caderas y espera una decisión nuestra.

A Terencio le encanta la ironía, pero cuando él es el objeto del escarnio ríe mucho mucho menos.

—¿Nos estás vacilando? —Su mano ya está en la empuñadura de la espada.

—Terencio… —Intento detenerlo, pero el nuevo se me adelanta. Ladea la cabeza y mira a mi amigo con una sonrisa un tanto torcida.

—Si alguien os estaba vacilando seguro que no era yo; digamos que os he salvado. Apreciaría un poco de sana gratitud.

—¿Salvado? —Mi amigo pone unos ojos como platos—. Yo solo me estaba divirtiendo. Y tú has interrumpido mi dicha.

—No sabía que sangrar como un cerdo fuera una dicha.

Alzo los ojos al cielo. No puedo con otra pelea.

El aire se enfría unos grados. El rostro de Terencio se ensombrece. Me coloco delante de él, no para salvar al joven, sino para salvar a mi amigo. El nuevo parece un ángel rubio, pero apuesto a que, si existiera el infierno, sería el rey. No por maldad, sino por astucia y destreza en el combate.

—Tienes razón. No te hemos dado las gracias. Permite que nos presentemos. Yo soy Romeo Montesco, este a mi lado es mi primo Benvolio y la susceptible montaña a mi espalda es Terencio Malvecio. —Oigo un gruñido, pero no le doy importancia. Tiene que calmarse si quiere volver a casa sano y salvo.

—Mercucio Volterra, para serviros. —Se inclina mientras lo dice, con gracia, y sé que ese «para serviros» no es irónico.

—¿Volterra? ¿Los emparentados con la casa de la Primera Voz? —pregunta un poco sorprendido mi primo.

—Sí, tengo la mala suerte de ser su sobrino.

Mi tío puede ser muy pedante la mayoría de las veces, y sí, también es arrogante y presuntuoso —dice guiñando un ojo a Terencio, que gruñe de nuevo, pero esta vez creo que es una especie de carcajada.

Mercucio suspira—. Bien. Yo sugiero que los tiremos al río —dice—, especialmente al que lleva vuestra firma.

Benvolio asiente.

—Dejemos al Rápido aquí. Pensarán que se han matado entre ellos. Y la familia podrá al menos enterrar el cuerpo según sus costumbres.

Yo titubeo. Intercambio una mirada con el Volterra. Ambos sabemos lo que nos estamos diciendo. ¿El Rápido es de veras un Rápido? Él se mete una mano en la casaca para sacar el puñal.

—Si quieres, lo hago yo —dice.

—No —respondo raudo.

Benvolio se gira hacia mí.

—¿Qué pasa?

Valoro por un batimiento si decirles la verdad, si contarles que tengo dudas sobre el Rápido que trabajaba para mi casa. Luego veo en mi cabeza a Benvolio volverse loco. Decido guardar silencio.

—Quería decir… Mejor que no. Era un Rápido al servicio de mi casa. No quiero problemas.

Mercucio lo agarra por las piernas.

—¿Alguien me ayuda?

Cogemos el cadáver por los pies y las manos.

—Si los Inquisidores ponen en marcha una investigación… —farfulla Benvolio.

—No habrá investigaciones si no hay ningún cuerpo. Creerán que se ha fugado —dice Mercucio.

Lo lanzamos desde la orilla y miramos cómo desaparece mientras la corriente lo engulle. Durante unos esimios nos quedamos quietos, en silencio, bajo la lluvia que cae con fuerza.

—Eso no ayudará. Tarde o temprano, la verdad saldrá a flote —dice serio Terencio mientras observa el río, que corre impetuoso.

Benvolio echa a reír, Mercucio y yo detrás, y Terencio nos mira estupefacto: su juego de palabras ha sido involuntario, pero hay algo de verdad en lo que ha dicho.

Los cuerpos saldrán a flote junto con los problemas.

Deberíamos llorar en vez de reír, pero no conseguimos parar.

Terencio se une a nosotros. Nos reímos con la lluvia que nos azota y oculta nuestras lágrimas.

La campana vuelve a sonar, pero no es Marangona midiendo las cadencias, sino Rengo. Para los Rápidos es la llamada a las armas, pero hoy no pueden oírla, hoy suena solo para nosotros: la Congregación ha empezado.

Corremos a más no poder hacia el Teatro Romano, corremos y seguimos riendo, corremos con el viento que nos acompaña, con el sonido de las carcajadas, persiguiéndonos unos a otros.

Corremos y los cuatro sabemos que este será el último momento de despreocupación.

Esta morirá allí, junto a la sangre, junto a los muertos que el río se está llevando.

Muere la despreocupación, como muere la juventud, como muere nuestra infancia.

La Congregación nos aguarda.