8. Romeo
Romeo
—¡Capuletos, sucios canallas! —Benvolio escupe su nombre. Terencio le responde algo que ni entiendo ni siquiera me interesa. Discuten, se dan la razón y se llevan la contraria al mismo tiempo. Siempre lo hacen.
Todavía estoy sentado junto al Rápido, le estrecho la mano, aunque él ya no puede sentirme.
Intento recordar algo de él, lo que sea, pero no se me ocurre nada.
Ha pasado por mi vida como los relámpagos que siguen atravesando el cielo, solo que de él ni siquiera recuerdo el resplandor.
Sigo preguntándome quién era Abraham en realidad, ¿de veras era un Rápido?
Hay cosas que indican que sí y otras que me dicen lo contrario.
No tiene Marca, para empezar, y por lo tanto no cuenta con la Pertenencia; de lo contrario, aunque sacrificando un poco de su Tiempo, la habría usado.
En cambio, no me explico cómo se las ha arreglado para seguir vivo tanto rato con la garganta cortada, sin ser un Extrema Sangre.
Rondaría los treinta solasterios, más o menos, y sin el Vínculo debería haberse transformado.
Por otro lado, la complexión es una fuerte señal distintiva de los mejores de nuestra raza, por no hablar de la habilidad con la espada, la velocidad y la destreza.
Además, hablaba en Extremoidioma y conocía nuestras oraciones.
Pero si no era un Rápido ni un Extrema Sangre, entonces ¿quién era?
Solo hay un modo de descubrirlo, pero me horrorizo solo con pensarlo.
Alguien se agacha a mi lado, es el Iniciado que nos ha salvado de una muerte certera. Observa el cadáver. Le explico que estaba a nuestro servicio desde hacía poco sin lograr apartar los ojos de esa garganta abierta en canal.
Y luego le digo que me ha hablado en Extremoidioma. No sé por qué lo hago, pero hay algo en este joven Iniciado, de presencia tan elegante, que me hace pensar que podríamos ser amigos.
Me mira dubitativo, tratando de comprender el sentido de mis palabras.
—¿Estás seguro? —Su voz es cálida. Habla el Extremoidioma con un acento más suave que el nuestro; las palabras resbalan por su lengua como lo hacen las de los poetas. Su tono es familiar, amistoso.
Asiento.
Él mueve el rostro del Rápido examinándole el cuello. Desliza los dedos por su piel. Cavila. A mí se me ha ocurrido la misma idea.
—¿Podría haberse eliminado la Marca voluntariamente? —pregunta, dudoso.
—¿Con qué finalidad? —respondo mientras el otro levanta la camisa cubierta de sangre para buscar otras señales de la Marca. Nada.
Suelta un poco de aire por la boca.
—No sé qué pensar…
—¿Cuántos Rápidos conoces que sepan hablar Extremoidioma?
Ninguna respuesta.
—Exacto —continúo yo—. Además, ha muerto recitando los últimos versos de la Extremacción. —Los ojos del joven se abren con un poco de asombro.
Me pasa el puñal con el que la Rápida ha degollado a mi sirviente.
—Hay un modo de saberlo. Ábrele el pecho y comprueba cuántos corazones tiene.
Cojo el puñal, pero me tiembla la mano al acercarla al tórax. No me gusta la idea de herirlo con la misma hoja, me parece que es como matarlo de nuevo.
Son excusas.
En realidad, me siento culpable por esta muerte. Debí de haber entendido antes que la mujer estaba con los Capuleto. Podría haberlo salvado.
—Ha luchado por salvarme la vida, por eso ha perdido la suya. Quisiera guardarle el respeto que merece y no destriparlo como a un ciervo.
—No puedes salvar a todo el mundo —me dice el joven, intuyendo mis pensamientos.
Lo miro. No tiene razón.
—¿No es para eso para lo que hemos nacido?
Me coge el puñal y lo guarda en su casaca. Nos quedará la duda sobre quién era el Rápido.
Terencio y mi primo han subido el tono. Y el primero está perdiendo la cabeza. Lo veo andar de un lado a otro señalando el cuerpo del Morenito.
Me levanto y me dirijo hacia ellos. Si siguen así despertarán a toda la ciudad, y estamos aquí con unos cuantos cadáveres. Una situación difícil de explicar.
—¡Esta es una declaración de guerra! —grita Terencio al verme llegar.
No entiendo de qué está hablando hasta que no estoy a un paso del cadáver.
Cuando lo miro, se me cierra la garganta y por unos batimientos se me corta la respiración.
El tórax está abierto en dos, le han arrancado los ojos de las órbitas y en su lugar hay dos testículos.
A la altura de la ingle, el miembro yace inmóvil cubierto de sangre mezclada con orina y excrementos.
Creo que la decencia nos abandona mucho antes que la vida.
La lluvia ha lavado en parte la sangre, mas no la crueldad.
En la frente, dibujado con la punta de la hoja, está el símbolo de mi casa: un lirio.
A ojos de todo el mundo, esta será una escabechina perpetrada por la familia Montesco.
No solo era una trampa para nosotros, era una condena para mi casa.
Capto la cruel ironía del suplicio al que la Seca ha sometido al Morenito; lo ha torturado exactamente como Terencio había amenazado con hacer a los sicarios.
Nos está diciendo: en el fondo, vosotros habéis decidido resolverlo de esta manera.
Otra culpa que recae sobre nuestros hombros.
Lo giramos con demasiada delicadeza para ser un cadáver, pero en todos nosotros hay respeto por ese fin atroz.
Alzamos la capa y con renovado horror vemos la flor bordada en el uniforme: es una primavera, el escudo de la casa de los Valfiero, la más cercana a los Capuleto.
De todo lo que podía sucedernos, esto es lo peor.
Los Valfiero son una familia de alto linaje y su influencia llega a todos los rincones de Edén: política, sociedad, incluso en los repliegues del Culto.
No les gusta hacer ostentación del poder, prefieren controlarlo de lejos, susurrando, manipulando, urdiendo.
Son llamas que bailan huidizas en la sombra de la noche, ocultando las verdades tras sutiles velos, revelando solo pequeños destellos de luz en el mar de los engaños, de los que son maestros.
No han tenido Primeras Voces, pero han cosido sus hilos a muchas de ellas, haciéndolas bailar a su son.
Resultan más peligrosos que los Capuleto, que en cambio hacen alarde de su soberbia, proclaman sus victorias y luchan por el cetro.
A los segundos los puedes matar; a los primeros debes encontrarlos.
Nuestra raza cree estar por encima de la mezquindad, nos creemos los Elegidos para proteger Edén, arrogándonos el derecho a sentirnos semejantes a nuestra diosa, y sin embargo no somos tan distintos de los Rápidos: la mezquindad se contagia tan rápidamente como la misma peste, solo que no mata, sino que envenena y se perpetúa.
María Eleonora Valfiero jamás perdonará la carnicería infligida a un miembro de su casa.
—¿Lo conocéis? —nos pregunta el muchacho que nos ha prestado ayuda.
Niego con la cabeza. En realidad, está tan desfigurado que no lo reconocería ni su propia madre. No tengo ni idea de quién es. Y los Valfiero paren tanto que desparraman sus víboras por todas partes; todos vástagos de la misma deplorable prole.
Benvolio despotrica. No lo había oído nunca hacerlo.
—¡Por la diosa! Tendríamos que habernos quedado al margen. Tendríamos que haber ido de putas, tendríamos que haber hablado de peinados. ¡Todo habría sido mejor que esto!
—Yo ya lo había dicho, que teníamos que irnos de putas —responde Terencio entre dientes.
—Todo por un maldito Rápido. —Benvolio está pálido, todavía más pálido que de costumbre, y se lamenta. Soy consciente de que es la rabia la que habla por él, pero al mismo tiempo sé cómo considera a los Rápidos: alimento.
—Alguien les ha dicho que estaríamos aquí. —Terencio habla más para sí mismo que para nosotros. Yo evito responder. La única conocedora de este hecho es Rosalina. Pero tengo la certeza de que su lealtad es para mí, junto con su amor.
—Tenemos que denunciar a esa escoria de Capuletos —suelta Benvolio—. Este delito no puede recaer sobre nosotros.
—Es nuestra palabra contra la suya. Y los Valfiero son sus amigos. ¿A quién piensas que atribuirán su fin? —Terencio señala al Morenito.
Por un batimiento pienso en la figura que he vislumbrado en el puente. Me pregunto quién era. Y creo que podría exculparnos. Lo más probable es que fuera un Rápido que ha huido despavorido.
Benvolio mira al joven a mi lado.
Él alza las manos.
—Podemos intentarlo. Pero diría que no creerán en nuestra palabra. Nos interrogarán. Y todos nos saltaremos la Congregación.
Benvolio resopla, pero sabe que el Iniciado tiene razón.
—Tú no te lo puedes permitir. Si no entras en esta, estás perdido —digo.
—Han actuado contra la Ley. Y la Ley nos protegerá. —Benvolio no se da por vencido, es tozudo como una mula.
—Esos con la Ley se limpian el pene —gruñe Terencio—.
¿Todavía no te entra en la cabeza que todo estaba premeditado?
Solo se puede hacer una cosa: responder a la sangre con sangre.
—Le brillan los ojos mientras se imagina ensartando a los Capuleto como pinchos de perdiz.
No es un Montesco, pero esta guerra familiar también se ha convertido en la suya.
—La Primera Voz… —Benvolio intenta hablar, pero Terencio lo interrumpe.
—Escalo no es más que un arrogante presuntuoso que emplea la elocuencia para ocultar su estupidez. ¿Crees que esos canallas de los Capuleto respetarán la Ley, allí dentro? ¿De qué sirvió la Ley cuando asesinaron a Bastiano?
El nombre de mi hermano me deja petrificado. Nadie lo nombra, jamás. Terencio me mira. Suspira y en su aliento oigo el sonido de una disculpa.
—No quería. Lo siento… Pero miremos la realidad a los ojos: contra los Capuleto no se vence.
Se muere. Muchos vieron lo que hizo Reinaldo, pero a pesar de las acusaciones y los testigos, los Inquisidores lo absolvieron.
Y si creéis que los Capuleto no irán a los Tribunales a jurar que el asalto de esta noche ha sido una venganza por Bastiano, sois idiotas.
Benvolio, con el nombre de mi hermano, se calla. Tiene razón. Durante demasiados latelunas deambulamos clamando venganza.