Romeo y Julieta Untold: La última congregación 7. Julieta
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7. Julieta

Julieta

En silencio, cruzamos de nuevo Verona bajo la lluvia que cae fragorosamente.

No me importa que se me haya caído la capucha ni que esté empapada.

Netria anda a mi lado, medio paso por detrás.

Lo suficiente para darme a entender que no me va a perder de vista.

En ocasiones, tengo la sensación de que quiere cogerme de la mano.

Pero no lo hace en ningún momento. Como si tuviese miedo.

Cuando llegamos frente al pesado portón del Palacio de los Capuleto, ya no puedo contenerme más.

—Tía… —empiezo.

Netria da un paso adelante y me lanza una mirada que no trasluce ninguna emoción.

—La Valfiero estará bien. Los Trasladores lo arreglarán todo y ella no dirá ni pío.

—No es eso… ¿Qué me ha sucedido? Lo que he hecho debería ser imposible. —Si no es con ella, ¿con quién puedo compartir lo que he sentido dentro de mí?

—Es tarde —responde—, la Congregación se acerca. No es el momento de hablar de ello.

Trago saliva despacio.

—Tú lo sabías, ¿verdad?

—¿A qué te refieres? ¿A los propósitos de Laurela Valfiero? No, no tenía conocimiento.

Tengo un nudo en la garganta. No quiere responderme.

Me siento ignorada, relegada, como si me cerraran una puerta de plomo en las narices y yo no tuviera manera de cruzarla.

Puedo aceptarlo de todo el mundo, incluso de mi madre, pero de Netria no.

No de la única persona que, junto con Teobaldo, siempre me ha tratado como una igual y nunca ha temido decírmelo todo.

—No —contesto—. Tú sabías lo que habría podido hacer. Si no, ¿por qué me seguiste? —El corazón me martillea en el pecho, y noto que esa cosa se asoma de nuevo en mi interior.

Pero Netria me sonríe y por fin me toma la mano.

—El futuro es un prado yermo y desconocido, Julieta. No desesperes: sabrás hacerlo florecer.

Me apaciguo y noto un peso que poco a poco empieza a derretirse. Y su tono me tranquiliza, el tono que me habría gustado oír de mi madre esta tarde. Si me hubiera hablado, en lugar de huir, tal vez no habría sucedido nada. Sin embargo, nunca ha sido propio de ella hablar con enigmas.

—¿Qué significa, tía?

Netria aparta la mirada y se pone seria. Parece culpable, casi.

—No lo sé —dice—. Pero lo que sea que yo pueda hacer para ayudarte lo haré.

Aunque en la Academia será diferente, y yo seré diferente, intentaré siempre ayudarte, Julieta, no lo olvides jamás.

—Hurga en su bolsillo, casi con torpeza, y luego me tiende el objeto que tiene en la mano—.

Esto es para ti, te buscaba para dártelo. Esperaba no llegar demasiado tarde.

Sostiene entre los dedos una esfera perfecta, un pelín menos grande que mi puño.

Parece hecha de madera, pero muy lisa, pulida y del color de los huesos, recubierta de vetas azuladas que me recuerdan a las olas del mar, o a las brisas celestes.

Ningún artesano Rápido sería capaz de tallar una obra similar. Debe de ser muy antigua.

—Es preciosa —murmuro—. Pero ¿qué es? —Parece una joya, y sé que los reyes de los Rápidos usan las esferas para simbolizar el poder sobre el mundo, pero para nosotros, los Edenitas, eso es un sinsentido, porque sabemos que hay un solo poder que gobierna Edén: Alyaster.

—Tómala —me dice Netria—. Observa.

Cuando, indecisa, cojo la esfera con la mano, me percato de que no está compuesta por una única pieza: son cuatro secciones que encajan perfectamente una sobre otra para formar la esfera, y en la parte superior hay grabado un minúsculo cuadrado negro que resalta sobre el blanco del hueso.

Cuando la acaricio, con un pequeño chasquido, una de las secciones se desliza al empujarla con el dedo. Retiro la cabeza, confusa.

—¿Es un… juguete?

—Para que siempre recuerdes de dónde vienes, en lo bueno y en lo malo.

Cuando sientas que estás a punto de perderte a ti misma como ha ocurrido esta noche, concéntrate en esta esfera y encontrarás un modo de regresar a casa —dice, mientras me cierra con dulzura los dedos alrededor de la esfera—.

Ahora estás lista para dejar atrás la vida de Iniciada y empezar tu camino como Extrema Sangre: con el tiempo, todas las respuestas que buscas llegarán.

En mi mano, el peso de la esfera me conforta. Me siento completamente vaciada. Es como si lo que he sido hasta ahora se hubiese cerrado en un sobre y se hubiera sellado con lacre. Como si un nuevo capítulo estuviese a punto de empezar en un pergamino virgen.

—Y también está esto —me dice Netria, arrancándome de mis pensamientos—. Más práctico, supongo.

Me deposita en la mano un puñal. De la funda de piel penden dos largas cintas de cuero.

—Está impregnado del poder de los Arquitiempos. Nunca se desafilará… o, al menos, no durante los tres próximos centurios.

Ladeo la cabeza.

—¿Pero no está prohibido llevar armas en la Congregación?

—Por eso deberás ceñírtelo bien bajo la camisa.

Y, antes de que pueda rebatir, Netria me empuja hacia dentro.

Respecto a hace poco, parece que estoy en otro mundo: el palacio está abarrotado de sirvientes y parientes más o menos importantes, y todos acarrean ropa y paquetes, andan y ordenan que se preparen los caballos, envían a los mayordomos y camareros en busca de las joyas, hacen ruido y discuten, repiten las etiquetas y memorizan las posiciones que deberán adoptar cuando Escalo, la Primera Voz, empiece a hablar.

Hoy es el día más importante para todos los Edenitas.

Hoy se abandonan viejas vidas y se infligen nuevas cicatrices. Ciertos destinos nacen y otros se cumplen.

Cuando los sirvientes me ven vestida para la ceremonia, se apresuran a apartarse y a abrirme paso. Parece que mi padre me está esperando en la sala de las audiencias para partir.

Sin embargo, a mi llegada oigo palabras firmes y violentas al otro lado de la puerta cerrada:

—Debíais permanecer allí y concluir el trabajo, y en cambio habéis demostrado que sois unos cobardes. Tenía que morir, pero no solo —sentencia mi padre.

Me quedo petrificada, como si de pronto me hubiera caído en un lago helado.

No distingo la respuesta, pero es la voz de Teobaldo. Mi primo. El hermano de Florencia.

Me acerco a la puerta y la entreabro sin hacer ruido.

Afortunadamente, nadie repara en mí: aunque me asomo al interior, mi vista queda tapada por las gruesas cortinas azules recogidas a lado y lado de la entrada.

Sin embargo, logro ver a mi padre frente al estrado, en el lado opuesto de la sala, en lo alto de tres peldaños.

Está de pie, furioso. Si no supiera controlarse, me imagino que la misma tierra empezaría a temblar por su rabia.

No lleva puesto el traje de ceremonia hecho de terciopelo y seda, sino el de combate.

La armadura de los Extrema Sangre es muy similar a nuestro uniforme, solo que desprovista de las florituras más ceremoniales, como las colas o las hombreras de punta para los grabados y símbolos de las casas.

Allí donde nosotros contamos con protecciones de piel más gruesa, ellos tienen revestimientos de un material extraído de las rocas que emergen del corazón de los volcanes.

Usamos lo que el Enemigo genera para defendernos de él.

Trabajada para que sea más dura que el hierro, pero mucho más ligera, la armadura de llamacero le cubre los hombros, el centro de la espalda y el pecho.

A pesar de que ha pisado todos los campos de batalla, el rostro de mi padre mantiene una juventud que no corresponde con sus centurios.

Sé que obliga a los Trasladores no solo a guarecer sus heridas, sino también a conferirle una lozana e innatural vitalidad.

Me imagino que las demás casas lo sospechan, pero nadie dice nada.

Él siempre quiere mostrarse como el arquetipo ideal del guerrero Edenita.

El comandante al que no se puede desobedecer.

Más abajo, frente a él, se encuentra Teobaldo.

Está de espaldas, pero veo que él también va vestido con cuero.

Está ligeramente agachado, como si estuviese herido.

Le han rapado el pelo hasta la mitad de la cabeza, dejando en la parte posterior del cráneo el dibujo de una rosa.

En los lados hay dos triángulos. Aspira a convertirse en un Esencial, como todos los Capuleto —como yo también esperaba, antes de descubrir que estaba destinada a ser una Arquitiempo y decepcionar a mi familia—.

Quizá es justamente esta seguridad la que, ahora, le permite replicar a mi padre.

—Los demás no tienen nada que ver con esto, la culpa recae solo en mí —dice mi primo—. Fui yo el que ordenó la retirada.

—¿Tú? Tú, arrogante mocoso, tú que te llenas la boca de duelos y victorias, ¿ordenaste la retirada? —estalla mi padre—. Para eso podríamos haber evitado todo el tinglado y dejar que Folco no encontrara jamás la gracia de Alyaster.

—Estáis siendo injusto conmigo.

Mi padre desciende el primer peldaño, hacia Teobaldo.

—No eres tú quien decide si yo soy justo o injusto.

Todo lo que hago lo hago por esta familia.

Tu hermano es un inepto, pero sigue siendo un Capuleto.

—Mi padre hace una pausa; incluso desde esta distancia logro percibir su rabia.

Lo he visto actuar así en muchas ocasiones: aprieta los labios y estrecha los puños hasta que los nudillos se vuelven blancos—.

Te has dejado llevar por el pánico como una niñita de los Rápidos.

Mi padre respira hondo, como un toro a punto de envestir. Quisiera intervenir, pero el miedo me tiene paralizada.

El silencio se rompe con la respuesta de Teobaldo.

—No habría cambiado nada. —Debería haber mantenido la boca cerrada, pero, como decía, Teobaldo es arrogante: le gusta tener razón. Ahora bien, contra mi padre nadie puede salir victorioso.

En un batimiento, recorre la distancia que los separaba y asesta un puñetazo en el estómago de Teobaldo.

Mi primo se dobla hacia delante sin respiración, ni siquiera tiene tiempo de caer.

Mi padre lo agarra por la frente y le empuja la cabeza hacia atrás.

Y ahora Teobaldo cede bajo su fuerza, enarca la espalda y dobla la rodilla.

—No eres tú quien decide lo que habría cambiado —gruñe mi padre con los dientes apretados—.

Desobedeciste mis órdenes, pusiste en peligro el futuro de esta familia y mereces un castigo.

—Empuja más: le basta una mano para obligar a mi primo a arrodillarse.

Luego, con un último empujón lo tira al suelo y le propina una patada. Oigo el gemido de Teobaldo.

Mi padre lo golpea de nuevo, y una tercera vez.

No es la primera vez que le zurra: sucede a menudo, porque es así como mi padre se dedica a la instrucción de quien tomará las riendas de la casa en el futuro, cuando él dé el Último Paso. Porque los Capuleto no fracasan, y es mucho más fácil entenderlo si a cada equivocación le sigue el dolor.

—A partir de mañana procurarás remediar tus errores —dice mi padre—. Cueste lo que cueste.

Y sin embargo, a pesar de eso, creo que jamás he visto semejante furia en sus ojos.

Una rabia que ahora reverbera en mí, mientras Teobaldo gime en el suelo.

Una rabia que se impacienta como un semental que piafa, que ruge como una bestia del Sur, que saca las garras como una Selfiera. Se me empieza a nublar la vista.

No puedo permitirlo.

Mi mano corre a mi bolsillo, a la esfera que mi tía me ha dado hace un rato. Las yemas recorren las vetas, los contornos. Hago que esa bola lisa y a la vez porosa se convierta en todo mi mundo.

Dejo que la puerta vuelva a cerrarse. Respiro a duras penas y me apoyo en la pared.

Poco después, Teobaldo sale cojeando, no solo por los golpes de mi padre: un hilo de sangre se abre camino entre las correas de cuero de su uniforme.

Minúsculo, casi inexistente, pero suficiente: me ve, y yo veo su vergüenza.

Quisiera abrazarlo y decirle que lo lamento, pero no logro hacer nada.

Porque él, a pesar de todo, esboza una sonrisa.

—Tú no eres como él —me dice.

Recuerdo lo que he hecho esta noche, y sé que se equivoca.